El Incendio de Notre Dame de Paris

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Esta semana Santa comenzó con un hecho que dejó anonadada las almas de todos los fieles del mundo entero.

El incendio de la Basílica dedicada a la Madre de Dios, conocida y visitada por peregrinos y turistas de los cuatro Continentes: Notre Dame de Paris.

Quizá Ud. estimado radioyente que escucha estos comentarios habrá tenido oportunidad de visitarla o de contemplar alguna tarjeta postal en algunos de los ángulos de esta incomparable maravilla de la Fe, hecha en piedra, pero reflejo de lo que existía en las almas que la construyeron.

Hay aquí una primera consideración que es necesario hacer. Los monumentos de una nación son el reflejo de lo que ella tiene en lo más profundo de las almas de los que la constituyen. Así, por ejemplo, el Big Ben de Londres, es un reflejo de la puntualidad británica o la famosa puerta de Bradeburgo en Berlín es un reflejo del orgullo militar prusiano. Podríamos recorrer todos los países europeos y sus monumentos y ver cómo ellos representan algo que brilló en los connacionales de ese país.

Notre Dame, construida hace más de ocho siglos, es un reflejo perfecto de aquello que caracteriza el alma francesa, en aquello que tiene de mejor. Un equilibrio en todas sus partes y una belleza que encanta a todos los que la visitaron.

Se podría decir de ella, lo que la Iglesia dice de sí misma: “iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada parecido, sino santa y perfecta”.

Viéndola nadie pensaba en las arrugas de ochocientos años, entrando todo parecía cantar las glorias eternas del Creador. Hasta las manchas dejadas por las velas que ardían por las intenciones de los fieles, constituía un testimonio de su perennidad.

Templo glorioso, sin mancha ni arruga, sino santo y perfecto, dedicado por los franceses de Paris a la Madre de Dios, cuando esa ciudad no era sino una pequeña ciudad. Pequeña en sus dimensiones humanas, pero grande, muy grande en la Fe de las almas que ahí vivían.

¿Qué ocurrió en estos siglos que van de su construcción hasta su incendio, ocurrido el lunes pasado?

No pretendemos hacer una reseña histórica de ocho siglos en ocho minutos, pero sí destacar un hecho incontrovertible.

Alrededor de Notre Dame, todo creció menos la Fe. Ella no ha hecho sino disminuir en el alma de los descendientes de aquellos que la construyeron.

Se diría que las llamas que consumieron con una rapidez asombrosa la flecha que se erguía a 93 metros y con posterioridad todo el techo de la basílica, amenazando consumir hasta los muros laterales, era un reflejo del pavoroso incendio espiritual que ha consumido la fe de incontables franceses.

Cuando veíamos las imágenes de esas llamas no podíamos dejar de asociarlas a las llamas que quemaron intencionalmente a la imagen de la Patrona de Chile, la Virgen del Carmen, en la Iglesia Catedral de Santiago; al Cristo de la Iglesia de la Gratitud Nacional, pisoteado y roto por encapuchados a la salida de esa Iglesia; a las profanaciones del Santísimo Sacramento a lo largo de todo el País; a los grafitis escrito en paredes de varias iglesias, “la iglesia más bonita es la que arde”.

Sí, no se puede ofender a Dios y al mismo tiempo mantener incólumes los edificios consagrados a su culto. Se diría que las propias piedras se vengan de la indiferencia de las almas que por ahí pasan, sin siquiera rezar una Ave María.

Aún es temprano para decir si el incendio fue meramente accidental o fruto de un atentado intencional.

Duele decirlo, pero es tiempo de reconocer, que intencional o accidental, las almas de la gran mayoría de los franceses ya se habían distanciado de lo que esa basílica simbolizaba. Notre Dame sólo no cayó en el olvido por la afluencia de los turistas, pero no por la devoción de sus propios hijos.

Quizá al ver las consecuencias del incendio en la maravilla arquitectónica que ayer pasaban sin prestar mayor atención, puedan llamar a una reflexión y a una enmienda. Así como las llamas destruyeron el equilibrio y la gracia de ese monumento sin manchas ni arrugas, así la pérdida de la Fe, consumió el equilibrio y la elevación de buena parte de los que descienden de sus constructores.

El Presidente Macron, se hizo presente a pocas horas de comenzado el incendio. Y con voz trémula por la emoción, prometió que desde el día siguiente “la reconstruiremos. Yo me comprometo a ello.”

Una bella expresión del alma de muchos franceses contemplando las ruinas de su Basílica.

Pero, ¡cómo es más difícil reconstruir las almas incendiadas por la falta de Fe!

Estas consideraciones las hacemos, no por ser pesimistas ni por disminuir la enorme importancia de la promesa de la reconstrucción. Sino para aprovechar esta tragedia para considerar que la causa principal no está en los accidentes o la intencionalidad que puede haberla provocado, sino –repetimos- en la pérdida de la Fe y, peor aún, en el odio a la religión de la cual Francia es la “Hija Primogénita”.

La semana anterior a este incendio estuvo marcada por la profanación y saqueo de una docena de iglesias en el territorio francés, de acuerdo a información proporcionada por el portal Infovaticana:

En Nimes, cerca de la frontera española, los profanadores se han ensañado especialmente con Nuestra Señora de los Niños, informa el diario ABC de España. Los perpetradores, cuya identidad se desconoce, pintaron una cruz con excrementos humanos, saquearon el altar mayor y el sagrario y robaron las hostias, que fueron descubiertas más tarde entre montones de basura.

En Dijon, en la Borgoña, la iglesia de Nuestra Señora sufrió el saqueo del altar mayor y las hostias fueron extraídas también del tabernáculo, esparcidas por el suelo y pisoteadas.

En Lavaur, en el departamento meridional del Tarn, la iglesia del pueblo fue asaltada por jóvenes al parecer borrachos. El brazo de una representación de Cristo crucificado fue «torcido» para hacer creer que hacía un gesto obsceno.

En la periferia de París varias iglesias han sufrido daños de diversa importancia, en Maisons-Laffitte, en Houilles.

Sorprende el carácter aparentemente espontáneo y aislado de estos ataques, y que hayan coincidido todos en una misma semana, como si fuera un estallido satánico o el aviso de una nueva persecución generalizada en Occidente contra los cristianos”.

***

Para concluir nuestras consideraciones, digamos sólo que estos hechos nos hacen considerar la Pasión de Nuestro Divino Redentor en esta Semana Santa, no como un hecho lejano en el tiempo y distante de la pequeñez de nuestra existencia cotidiana.

Ellos nos acercan por así decir “aquí y ahora” a los sufrimientos de Jesús. Quizá no falte mucho tiempo para que ir a la Iglesia en cualquier país del mundo sea un riesgo a correr. Ahí conoceremos quienes son los que iban por mera convención y los que iban por autentica Fe.

Pidamos la gracia a la Madre de Dios de hacer parte de los que vamos por la Fe en Aquél que dijo: “Yo soy el camino, la Verdad y la Vida”. Sólo así seremos llamados a su Diestra a contemplarlo eternamente.

Para concluir, le deseamos a Ud. y a toda su familia, una Santa Pascua de Resurrección.

Y recuerde que nos puede seguir en wwwaccionfamilia.org o en esta SU emisora, semana a semana.

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