El filósofo de la historia

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Estimado radioyente:

Continuamos esta semana con la segunda parte a propósito del coronavirus visto a los ojos de la Fe y de la historia.

Roberto de Mattei

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Estas consideraciones nos introducen al tercer punto de vista desde el cual consideraré los acontecimientos no como un sociólogo o historiador, sino como filósofo de la historia.

 

La teología y la filosofía de la historia son campos de especulación intelectual que aplican los principios de la teología y de la filosofía a los acontecimientos históricos. El teólogo de la historia es como un águila que juzga a los acontecimientos humanos desde las alturas. Grandes teólogos de la historia fueron San Agustín (354-430), Jacques Bénigne Bossuet (1627-1704), que fue llamado el águila de Meaux, nombre de la diócesis de la que era Obispo, el Conde Joseph de Maistre (1753 -1821), el marqués Juan Donoso Cortés (1809-1853), el Abad de Solesmes Don Guéranger (1805-1875), el Profesor Plinio Corrêa de Oliveira (1908-1995) y muchos otros.

 

Hay una expresión bíblica que dice: Judicia Dei abyssus multa (Salmos, 35, 7): los juicios de Dios son un gran abismo. El teólogo de la historia se somete a estos juicios e intenta entender la razón.

 

San Gregorio Magno, invitándonos a investigar las razones de la obra divina, afirma: «Quien, en las obras de Dios, no descubra la razón por la cual Dios las hace, encontrará en su maldad y bajeza motivos suficientes para explicar por qué sus investigaciones son en vano.«

 

La filosofía y la teología modernas, bajo la influencia sobre todo de Hegel, substituyeron los juicios de Dios con los de la historia. El principio de que la Iglesia juzga la Historia se invierte. Según la Nouvelle théologie, no es la Iglesia la que juzga la Historia, sino la Historia la que juzga a la Iglesia, porque la Iglesia no trasciende la Historia sino que es inmanente, interna a ella.

 

Cuando el Cardenal Carlo Maria Martini afirmó, en su última entrevista, que «la Iglesia tiene 200 años de atraso» respecto a la Historia, tomó a la Historia como criterio de juicio de la Iglesia. Cuando el Papa Francisco, en sus saludos navideños del 21 de diciembre de 2019, hace suyas las palabras del Cardenal Martini, juzga a la Iglesia en nombre de la Historia, invirtiendo lo que debería ser el criterio del juicio católico.

 

La historia es realmente una criatura de Dios, como la naturaleza, como todo lo que existe, porque nada de lo que existe es substraído de Dios. Todo lo que sucede en la Historia es esperado, regulado y ordenado por Dios desde toda la Eternidad.

 

Por lo tanto, para el filósofo de la Historia, todo discurso solo puede comenzar con Dios y terminar con Dios: Dios no solo existe, sino que cuida a las criaturas y recompensa o castiga a los seres racionales, de acuerdo con los méritos y defectos de cada uno. El Catecismo de San Pío X enseña: «Dios recompensa el bien y castiga el mal porque es justicia infinita.»

 

La justicia, explican los teólogos, es una de las infinitas perfecciones de Dios. La infinita misericordia de Dios presupone su infinita justicia.

 

Entre los católicos, la idea de justicia, como la del juicio divino, frecuentemente es rechazada. Sin embargo, la doctrina de la Iglesia enseña la existencia de un juicio particular que sigue a la muerte de cada uno, con la retribución inmediata de las almas y un juicio universal en el que los ángeles y los hombres serán juzgados por pensamientos, palabras, obras, omisiones.

 

La teología de la historia afirma que Dios recompensa y castiga no solo a los hombres, sino también a las colectividades y grupos sociales: familias, naciones, civilizaciones. Pero mientras los hombres tienen su recompensa o su castigo a veces en la tierra, pero siempre en la eternidad, las naciones sin vida eterna son castigadas o recompensadas tan solo en la tierra.

 

Dios es justo y compensador y le da a cada uno lo que le corresponde: no solo castiga a las personas individuales, sino que también causa tribulación a las familias, a las ciudades y a las naciones por los pecados allí cometidos. Los terremotos, las hambrunas, las epidemias, las guerras, las revoluciones siempre fueron considerados castigos divinos. Como escribe el P. Pedro de Ribadaneira (1527-1611), «las guerras y las plagas, las sequías y las hambrunas, los incendios y todas las otras calamidades desastrosas son castigos por los pecados del pueblo«.

 

El 5 de marzo ppdo., el Obispo de una importante diócesis italiana, cuyo nombre no menciono, afirmó: “Una cosa es segura: este virus no fue enviado por Dios para castigar a la humanidad pecadora. Es un efecto de la naturaleza en su característica de madrastra. Pero Dios enfrenta este fenómeno con nosotros y probablemente nos hará comprender, finalmente, que la humanidad es una aldea global”.

 

Este Obispo italiano no renuncia al mito de la «aldea global» ni a la religión de la naturaleza de Pachamama y de Greta Thurnberg, aunque para él la «Gran Madre» pueda convertirse en «madrastra». Pero, sobre todo, el Obispo rechaza firmemente la idea de que la epidemia de coronavirus o cualquier otro desastre colectivo pueda ser un castigo para la humanidad. El virus, cree el Obispo, es solo un efecto de la naturaleza. Pero, ¿quién es el que creó, regula y dirige la naturaleza? Dios es el autor de la naturaleza, con sus fuerzas y sus leyes y tiene el poder de organizar el mecanismo de las fuerzas y las leyes de la naturaleza para producir un fenómeno de acuerdo con las necesidades de su justicia o su misericordia. Dios, que es la causa primera que todo lo que existe, siempre usa causas segundas para realizar sus planes. Quien tiene espíritu sobrenatural no se detiene en la superficie, sino que trata de comprender el plan de Dios oculto bajo la fuerza aparentemente ciega de la naturaleza.

 

El gran pecado contemporáneo es la pérdida de la fe de los hombres de la Iglesia: no de este o aquel hombre de la Iglesia, sino de los hombres de la Iglesia en su conjunto, con algunas excepciones, gracias a los cuales la Iglesia no pierde su visibilidad. Esta infidelidad produce la ceguera de la mente y el endurecimiento del corazón, la indiferencia frente a la violación del orden divino del universo.

 

Es una indiferencia que esconde el odio hacia Dios. ¿Cómo se manifiesta? No directamente. Estos eclesiásticos son demasiado cobardes para desafiar directamente a Dios: prefieren expresar su odio hacia aquellos que se atreven a hablar de Dios y aquellos que se atreven a hablar de castigo de Dios son apedreados: un río de odio se derrama contra ellos.

 

Esos hombres de la Iglesia, pese a que profesan verbalmente creer en Dios, de hecho viven sumergidos en el ateísmo práctico. Ellos despojan a Dios de todos sus atributos, reduciéndolo a puro «ser», es decir, a nada. Para ellos todo lo que sucede es fruto de la naturaleza, emancipada por su Autor, y solo la ciencia, no la Iglesia, es capaz de descifrar sus leyes.

 

Sin embargo, no es solo la sana teología, sino que el mismo sensus fidei enseña que todos los males físicos y materiales que no provienen del hombre dependen de la voluntad de Dios «Todo lo que sucede aquí contra nuestra voluntad– escribe San Alfonso María de Ligorio- sabed que no ocurre si no es por la voluntad de Dios, como dice San Agustín».

 

La liturgia de la Iglesia conmemora el 19 de julio al Obispo de San Lupo de Troyes (383-478). Era hermano de San Vicente de Lerins, cuñado de San Hilario de Arles, perteneciente a una familia de la antigua nobleza senatorial, pero sobre todo de una gran santidad.

 

Durante su largo episcopado, 52 años, la Galia fue invadida por los hunos. Atila, al frente de un ejército de 4000 mil hombres, cruzó el Rin, devastando todo lo que encontró en su camino. Cuando llegó frente a la ciudad de Troyes, el Obispo Lupo, ataviado con las vestimentas pontificias y seguido por el clero en procesión, enfrentó a Atila y le preguntó: «¿Quién eres tú que amenazas a esta ciudad?». La respuesta fue: «¿No sabéis quién soy? Soy Atila, rey de los hunos, llamado el azote de Dios”. “Entonces sea bienvenido el flagelo de Dios, porque merecemos los flagelos divinos, por nuestros pecados. Pero si fuera posible, asesta tus golpes solo en mi persona y no en toda la ciudad.»

 

Los hunos entraron en la ciudad de Troyes, pero por voluntad divina fueron cegados y la cruzaron sin darse cuenta y sin lastimar a nadie.

 

Hoy los Obispos no solo no hablan de flagelos divinos, sino que tampoco invitan a los fieles a orar a Dios para que los libere de la epidemia. Existe una coherencia en ello. De hecho, quien reza pide a Dios que intervenga en su propia vida y, por lo tanto, en las cosas del mundo, para ser protegido del mal y obtener bienes espirituales y materiales. Pero, ¿por qué Dios escucharía nuestras oraciones si no está interesado en el universo creado por él?

 

Si, por el contrario, Dios puede, con milagros, cambiar las leyes de la naturaleza, evitando el sufrimiento y la muerte de un hombre, o la hecatombe de una ciudad, Él también puede decidir el castigo de una ciudad o de un pueblo, porque los pecados colectivos atraen castigos colectivos. «Por los pecados– dice San Carlos Borromeo- Dios permitió que el incendio de la peste se difundiera en cada sector de Milán«. Y Santo Tomás de Aquino explica: “Cuando todo el pueblo peca, se debe tomar venganza de él, totalmente, como en el caso de los Egipcios que persiguiendo a los hijos de Israel, quedaron sumergidos en el Mar Rojo, y también en el de los Sodomitas, que perecieron todos- lo cual se lee en las Sagradas Escrituras. O, en gran parte del pueblo, como en el caso de quienes adoraron el becerro«.

 

En vísperas de la segunda sesión del Concilio Vaticano I, el 6 de enero de 1870, San Juan Bosco tuvo una visión en la que se le reveló que «la guerra, la peste, el hambre son los azotes con los que el orgullo y la malicia de los hombres serán alcanzados.» Así dice el Señor: “Pero vosotros sacerdotes, ¿por qué no corréis a llorar entre el vestíbulo y el altar, pidiendo que cesen los castigos? ¿Por qué no tomáis el escudo de la fe y no vais por los tejados, por las casas, por las calles, por las plazas y por todo lugar, incluso al inaccesible a llevar la semilla de mi palabra? ¿Ignoráis que es terrible la espada de dos filos que abate a mis enemigos y que rompe la ira de Dios y de los hombres?».

 

Hoy los sacerdotes están callados, los obispos están callados, el Papa está callado.

 

Estamos acercándonos a Semana Santa y a Pascua. Y por primera vez, quizás en muchos siglos en Italia, las iglesias están cerradas, las Misas están suspendidas, incluso la Basílica de San Pedro está cerrada. Las ceremonias religiosos de la Pascua urbe et orbi no reunirán peregrinos de todo el mundo. Dios también castiga por «sustracción», dice San Bernardino de Siena, y hoy Dios parece haber casi substraído a las iglesias, a la Madre de todas las iglesias, de la mano del supremo Pastor, mientras el pueblo católico anda confundido en la oscuridad, desprovisto de esa verdad clara que la Basílica de San Pedro debe iluminar el mundo. ¿Cómo no ver, en lo que el coronavirus está produciendo, un resultado simbólico de la auto-demolición de la Iglesia?

 

Judicia Dei abyssus multa. Debemos tener certeza de que lo que sucede no prefigura el éxito de los hijos de las tinieblas, sino su derrota, porque, como explica el P. Carlo Ambrogio Cattaneo de la Compañía de Jesús (1645-1705), el número de pecados, de un hombre o de un pueblo es contado. Venit dies iniquitate praefinita dice el profeta Ezequiel (21, 2): Dios es misericordioso pero hay un último pecado que Dios no tolera y que provoca su castigo.

 

Además, según un principio de la teología de la historia cristiana, el centro de la historia no son los enemigos de la Iglesia, sino los santos. Omnia sustineo propter electos (II Tim. 2, 10) dice San Pablo. La historia gira en torno a los elegidos. Y la historia depende de los designios impenetrables de la Divina Providencia.

 

En la historia actúan hombres, grupos, sociedades organizadas, públicas o secretas, que se oponen a la Ley de Dios, que se esfuerzan para destruir todo lo que está ordena según Dios. Pueden lograr éxitos aparentes, pero siempre serán derrotados.

 

El escenario que tenemos ante nosotros es apocalíptico, pero Pío XII nos recuerda que en el Apocalipsis (6, 2), San Juan «no apuntó solo a las ruinas causadas por el pecado, la guerra, el hambre y la muerte; también vio por primera vez la victoria de Cristo. Y, de hecho, el camino de la Iglesia a través de los siglos no es más que un via crucis, pero también es una marcha triunfante en todo momento. La Iglesia de Cristo, de los hombres de fe y de amor cristianos, son siempre aquellos que traen luz, redención y paz a la humanidad sin esperanza. Iesus Christus heri et hodie, ipse et in saecula (Hebr.13, 8). Cristo es vuestro guía, de victoria en victoria. Síguelo«.

 

Nuestra Señora de Fátima profetizó el escenario de nuestro tiempo y nos aseguró su triunfo Con la humildad de quien siente que nada puede con sus propias fuerzas, pero también con la confianza de quien sabe que todo puede con la ayuda de Dios, no retrocedemos y nos consagramos a María en la hora trágica de los acontecimientos anunciados por el mensaje de Fátima.

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