El Coronavirus a los ojos del historiador

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Estimados radioyentes

Italia continúa siendo el país más golpeado por el coronavirus, no sólo por el número de fallecidos, sino también por las consecuencias del confinamiento forzado de la población.

Lo que naturalmente lleva a los italianos a interrogarse sobre las consecuencias que tendrá la pandemia para la sociedad y su significado visto desde las perspectivas de la historia y de la teología.

Uno de  los comentarios más agudos provino del profesor Roberto de Mattei, conocido historiador católico  y ex vicepresidente del Centro nacional de Investigación Científica, responsable del área de las ciencias humanas.

Reproducimos su ponencia titulada: “Nuevos escenarios en la era del coronavirus, consideraciones políticas, históricas y teológicas.

El tema de mi conferencia es: «Los nuevos escenarios en Italia y Europa con y después del coronavirus”. No hablaré sobre este tema desde un punto de vista médico o científico pues no tengo competencia en esos campos. En lugar de ello, trataré de los asuntos desde otros tres puntos de vista: el del estudioso de las ciencias políticas y sociales, el del historiador y el del filósofo de la historia.

Estudioso de las ciencias sociales.

Las ciencias políticas y sociales son aquellas que estudian el comportamiento del hombre en su contexto social, político y geopolítico. Desde este punto de vista, no me pregunto sobre los orígenes del coronavirus y su naturaleza, sino sobre las consecuencias sociales que está teniendo y que tendrá.

Una epidemia es la difusión a escala nacional o mundial (en este caso se llama pandemia) de una enfermedad infecciosa que afecta a un gran número de individuos de una determinada población en un lapso de tiempo muy corto.

El coronavirus, renombrado Covid-19 por la Organización Mundial de la Salud (OMS), es una enfermedad infecciosa que comenzó a extenderse por todo el mundo desde China. Italia es aparentemente el país occidental más afectado.

¿Por qué Italia está hoy en cuarentena? Porque, tal como los observadores entendieron desde el primer momento, el problema del coronavirus no está representado tanto por la tasa de mortalidad de la enfermedad, sino por la rapidez de la infección en la población. Todos están de acuerdo en que la letalidad de la enfermedad en sí misma no es muy alta. Un paciente puede recuperarse si es asistido por personal especializado en instalaciones de salud bien equipadas. Pero si debido a la rapidez de la infección, que puede afectar simultáneamente a millones de personas, el número de pacientes creciera al galope, faltarán las instalaciones y el personal: en este caso los pacientes mueren porque se les priva de la atención necesaria Para tratar casos graves, se necesitan cuidados intensivos para ventilar los pulmones. Si falta este apoyo, los pacientes mueren. Si aumenta el número de personas infectadas, los hospitales ya no podrán ofrecer tratamientos intensivos a todos y un número creciente de pacientes sucumbirá.

Las proyecciones epidemiológicas son inexorables y justifican las precauciones tomadas.“Si no se lo controla, el coronavirus puede afectar a toda la población italiana; pero supongamos que al final solo el 30% resulten infectados, unos 20 millones. Si de estos, haciendo un cálculo por lo bajo, un 10% entrara en crisis, esto significa que sin cuidados intensivos estarían destinados a sucumbir. Serían dos millones de muertes directas, a las que habría que sumar todas las muertes indirectas resultantes del colapso del sistema de salud y del orden social y económico.«

El colapso del sistema de salud también tiene otras consecuencias. El primero es el colapso del sistema de producción del país.

Las crisis económicas generalmente surgen de la falta de demanda o de oferta. Pero si quienes desean consumir deben permanecer en casa y los negocios están cerrados y quienes podrían ofrecer productos no los pueden llevar a los clientes, porque las operaciones de logística, el transporte de mercancías y los puntos de venta están en crisis, las cadenas de suministro, las supply chains, colapsan. Los bancos centrales no logran salvar la situación: «Las crisis posteriores al coronavirus no tienen una solución monetaria«, escribe Maurizio Ricci en La Repubblica el 28 de febrero ppdo. Stefano Feltri, a su vez, observa: «Las recetas típicamente keynesianas (creación de empleos y demanda artificial con dinero público) no son viables cuando los trabajadores no salen de sus casas, los camiones no circulan, los estadios están cerrados y la gente no hace reservas para viajes de vacaciones o de negocios porque en sus casas hay enfermos o temen contagios. Además de evitar crisis de liquidez para las empresas al suspender los pagos de impuestos e intereses a los bancos, la política es impotente. Un decreto del gobierno no es suficiente para reorganizar la cadena de suministros.»

La expresión «tempestad perfecta» fue acuñada hace varios años por el economista Nouriel Roubini, para indicar una combinación de condiciones financieras que podrían conducir a un colapso del mercado. «Habrá una recesión mundial debido al coronavirus«, dice Nouriel Roubini, quien agrega: «La crisis explotará y producirá un desastre«. Las previsiones de Roubini se confirmaron por la caída de los precios del petróleo después del fracaso de la OPEP para llegar a un acuerdo con Arabia Saudita desafiando a Rusia y decidiendo aumentar la producción y reducir los precios. Probablemente serán ratificadas por la evolución de los acontecimientos.

Pero hay otro punto que comienza a vislumbrarse: no es tan solo el colapso del sistema de salud; no solo existe la posibilidad de un quiebre económico, sino que también puede haber un colapso del Estado y de la autoridad pública, en una palabra, anarquía social. La rebelión en las cárceles de Italia se inscribe en esa dirección.

Las epidemias tienen consecuencias psicológicas y sociales por el pánico que pueden causar. La Psicología Social nació entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Uno de sus primeros exponentes es Gustave Le Bon (1841-1931), autor de un famoso libro titulado Psychologie des foules (Psicología de las masas) (1895).

Al analizar el comportamiento colectivo, Le Bon explica cómo, en medio de la multitud, el individuo experimenta un cambio psicológico mediante el cual los sentimientos y las pasiones se transmiten de un individuo a otro «por contagio», como en las enfermedades infecciosas. La teoría moderna del contagio social, inspirada en Le Bon, explica cómo, protegido por el anonimato de la masa, incluso el individuo más pacífico puede volverse agresivo, actuando por imitación o sugestión. El pánico es uno de esos sentimientos que se transmiten por contagio social, como sucedió durante la Revolución Francesa en el período llamado «Gran Miedo».

Si a la crisis económica se suma la crisis de salud, una ola descontrolada de pánico puede desencadenar impulsos violentos en la multitud. El Estado es substituido por tribus, pandillas, especialmente en los suburbios de los grandes centros urbanos. La anarquía tiene sus agentes y la guerra social, que fue teorizada por el Foro de San Pablo (una conferencia de organizaciones latinoamericanas ultra izquierdistas) ya se practica en Bolivia, Chile, Venezuela y Ecuador, y en breve puede expandirse a Europa.

Ese proceso revolucionario ciertamente corresponde al proyecto de los lobbies globalistas, los «maestros del caos», como los define el profesor Renato Cristin. Pero si esto es verdad, también es verdadero que quien sale derrotado por esta crisis es precisamente la utopía de la globalización, presentada como el principal camino destinado a conducir a la unificación de la humanidad. De hecho, la globalización destruye el espacio y pulveriza las distancias: hoy, por el contrario, la regla para escapar de la epidemia es la distancia social, el aislamiento del individuo. La cuarentena se opone diametralmente a la «Sociedad Abierta» defendida por George Soros. La concepción del hombre como una relación, típica de cierto personalismo filosófico, entra en ocaso.

El coronavirus nos devuelve a la realidad. No es el fin de las fronteras, anunciado después de la caída del Muro de Berlín. Es el fin del mundo sin fronteras. No es el triunfo del nuevo orden mundial: es el triunfo del nuevo desorden mundial. El escenario político y social es el de una sociedad que se desintegra y se descompone. ¿Fue todo planificado? Es posible. Pero la historia no es una sucesión determinista de eventos. El maestro de la historia es Dios, no los maestros del caos. Es el fin de la «aldea global». El asesino de la globalización es un virus global llamado coronavirus.

El historiador

A esta altura, el historiador reemplaza al observador político e intenta ver las cosas desde una perspectiva de larga distancia. Las epidemias han acompañado la historia de la humanidad desde sus comienzos hasta el siglo XX y siempre se han entrelazado con otros dos flagelos: las guerras y las crisis económicas. La última gran epidemia, la gripe española de la década de 1920, estaba estrechamente relacionada con la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión de 1929, también conocida como the Great Crash, una crisis económica y financiera que sacudió la economía mundial a fines de la década de 1920, con graves repercusiones también durante la siguiente década. A estos eventos les sucedió la Segunda Guerra Mundial.

Laura Spinnay es una periodista científica inglesa que escribió un libro titulado Pale Rider: The Spanish Flu of 1918 and How it Changed th World traducido al italiano como: 1918. La influencia española. La pandemia que cambió el mundo. Su libro nos informa que entre 1918 y 1920 el virus español infectó a aproximadamente 500 millones de personas, alcanzando incluso a habitantes de islas remotas del Océano Pacífico y del Océano Ártico, causando la muerte de 50 a 100 millones de personas, diez veces más que la Primera Guerra Mundial. La Gran Guerra contribuyó a propagar el virus en todo el mundo. Laura Spinnay escribe: «Es difícil imaginar un mecanismo de contagio más eficaz que la movilización de grandes cantidades de tropas en el auge de la ola epidémica de otoño, que después llegó a los cuatro rincones del planeta donde fueron recibidos por multitudes festivas. Básicamente, lo que la gripe española nos enseñó es que otra pandemia de gripe es inevitable, pero que causará diez o cien millones de víctimas dependiendo tan solo de cómo será el mundo en el cual se desencadenará«.

En el mundo interconectado de la globalización, la facilidad de contagio es ciertamente mayor que hace cien años. ¿Quién podría negarlo?

Pero la mirada del historiador se remonta más atrás en el tiempo.

El siglo XX fue el siglo más terrible de la historia, pero hubo otro siglo terrible, que la historiadora Barbara Tuchman, en su libro A Distant Mirror –Un espejo lejano– llama «El calamitoso siglo XIV».

Quiero detenerme en este período histórico que marca el final de la Edad Media y el comienzo de la Era Moderna. Lo hago con fundamento en los trabajos de historiadores no católicos, pero serios y objetivos en sus investigaciones.

Las Rogativas son las procesiones convocadas por la Iglesia para implorar la ayuda del Cielo contra las calamidades. En Rogativas rezamos A fame, peste et bello libera nos, Domine: «del hambre, de la peste y de la guerra libradnos, Señor». El hambre, la peste y la guerra siempre fueron consideradas por el pueblo cristiano como castigos de Dios. La invocación litúrgica presente en la ceremonia de Rogativas, escribe el historiador Roberto López, «volvió a tomar toda su dramática relevancia durante el siglo XIV«. “Entre los siglos X y XII, observa López, ninguno de los grandes flagelos que matan a la humanidad parece haberse difundido en gran proporción; ni la peste, de la que no oimos hablar en este período, ni la penuria, ni la guerra, que causó un número muy pequeño de víctimas. Además, las potencialidades de la agricultura fueron ampliadas por una mejora gradual del clima. Tenemos prueba de ello en el retroceso de los glaciares en las montañas y de los icebergs en los mares del Norte, en la extensión de la viticultura en regiones como Inglaterra, donde ya no es practicable, en la abundancia de agua en los territorios del Sahara después recuperados por el desierto«.

Muy diferente fue la imagen del siglo XIV que vio converger catástrofes naturales y graves convulsiones religiosas y políticas.

El siglo XIV fue un siglo de profunda crisis religiosa: comenzó con la bofetada de Anagni (1303), una de las mayores humillaciones del Papado en la historia; después ocurrió la transferencia de los Papas, durante setenta años, a la ciudad de Avignon en Francia (1308-1378) y terminó, entre 1378 y 1417, con los cuarenta años del Cisma de Occidente, en el que la Europa Católica se dividió entre dos y después tres Papas opuestos entre sí. Un siglo después, en 1517, la Revolución protestante rompió la unidad en la fe del Cristianismo.

Si el siglo XIII había sido un período de paz en Europa, el siglo XIV fue una era de guerra permanente. Basta pensar en la «Guerra de los Cien Años» entre Francia e Inglaterra (1339-1452) y en la invasión de los turcos en el Imperio Bizantino con la conquista de Adrianópolis en 1362.

En este siglo, Europa sufrió una crisis económica debido a los cambios climáticos causados no por el hombre, sino por el enfriamiento. El clima de la Edad Media era ameno y dulce, como sus costumbres. El siglo XIV, por el contrario, experimentó un fuerte endurecimiento de las condiciones climáticas.

Las lluvias e inundaciones de la primavera de 1315 provocaron una hambruna general que irrumpió en toda Europa, especialmente las regiones del norte, causando la muerte de millones de personas. El hambre se extendió por todas partes. Las personas de edad rechazaban voluntariamente la comida con la esperanza de que los jóvenes sobrevivieran y los cronistas de la época escribieron sobre muchos casos de canibalismo.

Una de las principales consecuencias del hambre fue la desestructuración agrícola. Durante ese período hubo grandes movimientos de despoblación en las regiones agrícolas caracterizadas por la fuga de la tierra y el abandono de las aldeas; el bosque invadió campos y viñedos. Como consecuencia del abandono del campo hubo una fuerte reducción en la productividad del suelo y una disminución de los rebaños.

Si el mal tiempo provoca hambruna, esto debilita el cuerpo de las poblaciones y abre el camino a las enfermedades. Los historiadores Ruggero Romano y Alberto Tenenti muestran como en el siglo XIV se intensificó el círculo vicioso entre hambrunas y epidemias. La última gran peste había estallado entre los años 747 y 750; casi seiscientos años después reapareció, repitiéndose cuatro veces durante una década.

La plaga vino del Oriente y llegó a Constantinopla en el otoño de 1347. En los tres años siguientes infectó a toda Europa hasta Escandinavia y Polonia. Es la peste negra de la que habla Boccaccio en el Decamerón. Italia perdió aproximadamente la mitad de sus habitantes. Agnolo di Tura, cronista de Siena, se quejó de que ya no encontraba a nadie para enterrar a los muertos, y de que tuvo que enterrar a sus cinco hijos con sus propias manos. Giovanni Villani, un cronista florentino, fue abatido por la peste de una manera tan repentina que su crónica se detuvo en medio de una frase.

La población europea que a principios de 1300 había alcanzado más de 70 millones de habitantes, después de un siglo de guerras, epidemias y hambrunas, bajó a los 40 millones; disminuyó por lo tanto más de una tercera parte.

El hambre, la peste y las guerras del siglo XIV fueron interpretadas por el pueblo cristiano como signos del castigo de Dios.

Tria sunt flagella quibus dominus castigat: tres son los azotes con los que Dios castiga a los pueblos: guerra, pestes y hambre, advirtió San Bernardino de Siena (1380-1444). San Bernardino de Siena pertenece a ese número de santos, como Catalina de Siena, Brígida de Suecia, Vicente Ferrer, Luis María Grignion de Monfort, que explicaron cómo, a lo largo de la Historia, los desastres naturales siempre acompañaron a las infidelidades y las apostasías de las naciones. Esto que sucedió al final de la Edad Media cristiana, parece estar sucediendo con las calamidades de hoy. Santos como Bernardino da Siena no atribuyeron esos eventos a la actuación de los agentes del mal, sino a los pecados de los hombres, tanto más graves si fueran pecados colectivos y aún más graves si fueran tolerados o promovidos por los gobernantes de los pueblos y por las autoridades de la Iglesia”.

Hasta aquí la primera parte de la exposición del profesor de Mattei. En el próximo programa veremos si es posible que efectivamente el coronavirus sea un castigo de Dios.

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