El apostolado no es ocultar la malicia, sino lavarlas en la misericordia de Dios

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Apostolado no es ocultar a las almas su malicia

Estimado radioyente:

La prensa y los medios informativos nacionales han informado poco o nada en relación a la situación de la Iglesia católica alemana y su llamado “camino sinodal”.

Hace parte de este “camino” una ruptura de las enseñanzas de la Iglesia de siempre, en especial en el campo de la moral familiar.

Para ningún católico debe ser sorpresa que Nuestro Señor elevó el sacramento del Matrimonio al estado sacramental y le otorgó la condición de indisolubilidad, cosa que en la ley antigua del pueblo judío no existía: “Lo que Dios unió no lo separe el hombre”, nos mandó nuestro Divino Redentor.

Otro punto fundamental de la moral católica ha sido siempre el que la familia debe estar constituida por un hombre y una mujer, cuya unión se ordena para la procreación y la educación de los hijos.

Tanto el Antiguo cuanto el Nuevo Testamento, ambos inspirados por el Divino Espíritu Santo, están llenos de citas en las que se condenan las relaciones llamadas homosexuales. San Pablo nos enseña al respecto, en su carta a los Corintios: “¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios” (1Co. 6, 8-9).

La lista de los vicios humanos es clara y ella se repite a lo largo de todos los tiempos, indicando cuáles son aquellos que son comunes a la naturaleza decaída.

Delante de esta realidad de todos los tiempos y de todos los hombres, la Iglesia nos ha enseñado que si bien es cierto que para todo hombre marcado por el pecado original es difícil el poder mantenerse duraderamente en la práctica de la ley natural y de los 10 Mandamientos, no por eso ellos dejan de ser nuestro norte permanente.

Más aún, conocedora de la debilidad humana, la Iglesia siempre enseñó no solo que para el hombre es difícil la práctica de la virtud, sino que, más aún, ella es imposible sin la ayuda sobrenatural de Dios.

De ahí que concomitantemente con la prédica de la práctica de la virtud, la Iglesia nos proporciona los medios que nos hacen posible practicarla, que son los sacramentos.

Todo esto ha constituido la base de la moral, de la catequesis, de las doctrinas y de las encíclicas pontificias desde el comienzo de la Iglesia hasta nuestros días.

Sin embargo, cada vez se va delineando con más nitidez una corriente eclesiástica, dentro de la cual se inscribe el actual sínodo de la Iglesia alemana. Esta corriente, sin negar de plano esas verdades, las considerada como un ideal inalcanzable, y por lo tanto, como si ellas, en la práctica, no pudiesen ser exigibles por Dios.

De ahí que, hace algunas semanas atrás, sacerdotes y obispos alemanes y de otras naciones europeas promovieran una bendición “masiva” a las uniones homosexuales, como siendo igualmente lícitas y queridas por Dios, como las naturales entre hombre y mujer.

Por nuestras latitudes también existen eclesiástico y católicos en general que, al igual que los nuevos teólogos alemanes, adhieren a esta corriente laxista de los Mandamientos de la Ley de Dios y de la moral.

Ellos pretenden adecuarse a las máximas del mundo, y consideran que todas son igualmente buenas, desde que ellas cuenten con el respaldo de la propia conciencia y no hagan daño a terceros.

Por esto nos parece oportuno dar a conocer un análisis realizado al respecto, hace ya más de medio siglo, por el Profesor Plinio Corrêa de Oliveira, egregio líder católico que inspiró movimientos en defensa de la tradición, familia y propiedad en los cinco Continentes.

Pasamos la palabra al Profesor Plinio Corrêa de Oliveira.

 

“(La) constante preocupación de fidelidad eximia, de exactitud precisa (en el cumplimiento de la moral católica), a muchos espíritus puede parecer imprudente, y quizá antipática. Se les figura que el deber de la compasión, el espíritu de clemencia hacia los infieles, a quienes es tan difícil –máxime en nuestros días– abrazar la verdadera Fe; y hacia los fieles, cuya perseverancia exige luchas cada vez mayores, debería inducir al periodista católico y al católico en general, a una posición extremamente conciliatoria.

“En lugar de fustigar el error y el mal, debería guardar silencio sobre uno y otro. En lugar de desplegar la bandera de la perfección, atrayendo a los que leen o escuchan hacia las cimas arduas pero deslumbrantes de los altos ideales, debería enseñar apenas lo indispensable para la salvación, haciéndose pregonero de una corrección minimalista, que en último análisis no es sino mediocridad. A quien concibiese así la misión del periodista católico –y no falta quien piense de esta forma– nuestra posición podría pasar por intransigente, por intolerante, por incomprensiva.

 

“Somos los primeros en reconocer que, si estas objeciones no son verdaderas, tienen sin embargo mucho de verosímil. A primera vista, lo que llama la atención es que la Doctrina Católica es extremamente difícil de ser practicada por los hombres. (…)

“En realidad, la solución del problema se encuentra en otro orden de ideas.

“Si es verdad que la flaqueza de la naturaleza humana es tal, que la observancia de los Mandamientos es absolutamente superior a ella, debemos entre tanto considerar la infinita misericordia divina. No para deducir de ella que Nuestro Señor cohonesta el pecado y el crimen, Él es la perfección infinita. La misericordia de Dios no puede consistir en dejarnos yaciendo desamparados en nuestra corrupción, sino en sacarnos de ella.

“Delante de los ciegos, de los cojos, de los leprosos, Él no se limitaba a sonreír y seguir adelante. Él los curaba. Delante de nuestros pecados, su compasión no consiste en dejarnos presos, sino en sacarnos de ellos amorosamente y llevarnos sobre los hombros. (…)

Símbolo expresivo de ese amor misericordioso de Dios, de la abundancia de sus perdones, y de la insistencia con que Él está constantemente convidando al hombre a que se arrepienta, a que pida las gracias necesarias para practicar la virtud (…) es el Sagrado Corazón de Jesús. Es, pues, en el Sagrado Corazón de Jesús que toda verdadera intransigencia tiene su norma y su explicación.

(…)

“En esta convicción profunda y alegre de que el hombre todo puede con la gracia, está la razón profunda de la santa virtud de la intransigencia cristiana. Toda misericordia constituye un gran don. Pero constituye también una gran responsabilidad. Puesto que el hombre, por la oración y por la fidelidad a la virtud, puede y debe practicar los Mandamientos, es bien evidente que no resta para él ninguna disculpa si se obstinare en el pecado.

“Por eso mismo, la formula del apostolado eficaz consiste, no en silenciar a los hombres su malicia, sino en convidarlos a lavarse de ella en la fuente divina de donde nacen los torrentes de la gracia”.

(fin del texto)

Concluimos entonces que no será dando bendiciones” a los impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores” como enseña San Pablo, que se les abrirá el Reino de los cielos, sino aquellos que ponen en práctica las enseñanzas de Nuestro Divino Redentor:

“No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

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