“Desprincesamiento”

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Estimado radioyente:

Es probable que Ud. haya oído la noticia de que el Servicio Nacional de Menores inició en este año un programa de talleres de educación a los niños que están bajo sus cuidados llamado: “Desprincesameinto”.

El término en cuestión se refiere al objetivo que persigue el proyecto educativo: acabar con el ideal de ser princesa en las niñitas menores de edad y con el de super héroes en los niños varones de la misma edad.

De acuerdo con estos talleres, los cuentos que terminan como: “Vivieron felices para siempre”. “El príncipe azul la despertó con un beso de amor verdadero”. Son frases de cuentos y juegos infantiles.

Creados por la Oficina de Protección de Derechos (OPD) de Iquique, los talleres de “desprincesamiento” se orientan a niñas de entre 9 y 15 años, y buscan reflexionar y sensibilizar sobre estereotipos de género en los juegos.

El taller comenzó a impartirse este año y consta de seis sesiones con actividades prácticas, videos, canciones y debates. El primero se hizo a niñas de un colegio de Iquique. Posteriormente se abrió al resto de la comuna y se pretende expandir al resto del país.

“El Sename busca que las niñas y los niños sean quienes quieran ser, que no se pongan límites”, explican desde el Sename.

¿De qué se trata este taller? De acuerdo a la noticia de prensa, se dice “Que las niñas tengan herramientas para crecer libres de prejuicios y estereotipos asociados al género. “El estereotipo de princesa que se busca romper,  tiene que ver con esperar que venga otro a salvarte, o bien que sola no se puede ser feliz. En el fondo, es generar empoderamiento y convicción de que por sí mismas son capaces de cambiar el mundo”, indican.

Camila Mella, socióloga de la U. de Chile, considera que “jugar es lo menos inocente de todo”, ella considera que “los juegos son relevantes para reproducir la desigualdad de género” y por lo tanto, de acuerdo a este criterio, el Estado debería intervenir también aquí.

“No es inocuo que niñas se vistan de rosado y se crean princesas, mientras que  los hombres se vistan de azul y se crean superhéroes. Es a través del juego que se naturalizan las diferencias de género, y el género es una construcción social: las características asociadas a ‘lo femenino’ y ‘lo masculino’ no son naturales”, dice Mella.

Niños y niñas por igual deberían tener la posibilidad de jugar a muchas cosas. Que no exista lo exclusivo de hombres o mujeres en lo lúdico, advierte la psiquiatra de la U. de Chile.

Es decir, de acuerdo a su criterio no debería existir una educación propia para niñas y otra diferente propia para varones.

¿Tienen razón estas especialistas en las cuales se basa el proyecto del Sename?

De acuerdo a otros especialistas, las respuestas se oponen a las primeras.  Por ejemplo, Bertrand Regader, graduado en Psicología por la Universidad de Barcelona con Especialidad en Psicología Educativa afirma que: “Por más que los padres, adultos y educadores intentan influir, se ha comprobado que las niñas tienden a jugar a juegos más tranquilos como las casitas o las muñecas, mientras los niños acostumbran a jugar a juegos de mayor movimiento, lucha y acción”.

Por su parte otra especialista en el ramo de educación infantil, Louann Brizendine, afirma que “en una guardería irlandesa, los investigadores observaron que los niños cogían los juguetes de cocina de las niñas e incluso desatornillaban la llave del grifo del fregadero en miniatura para utilizar sus piezas como armas de juguete. A su vez, convertían espátulas en espadas para luchar contra los malos y utilizaban alubias a modo de balas”.

Así pues, parece que la preferencia por unos u otros juguetes y juegos tiene mucho que ver (…) con algunas diferencias biológicas entre niños y niñas.

Incluso, de acuerdo al psicólogo español, el lenguaje de niños y niñas es naturalmente diferente: “El lenguaje masculino da preferencia a temas concretos referidos a cómo funcionan las cosas y al mundo exterior, el mundo objetivo. El lenguaje femenino es más cotidiano, más subjetivo, vinculado a los sentimientos y al mundo interior”.

Al respecto, la lingüista Deborah Tannen explica que desde la infancia, las mujeres utilizan el lenguaje básicamente para buscar la confirmación del otro y afianzar su intimidad. Los hombres, en cambio, lo usan sobre todo con la finalidad de mantener su autonomía, su independencia y su posición social.

Como Ud. puede constatar no existe una sola opinión al respecto, y mucho se discute al respecto. Lo que es claro es que los resultados de las políticas educativas del Sename no tienen ninguna autoridad pues los resultados han sido más que deficientes.

La primera evidencia al respecto es que los niños que llegan hasta un servicio estatal es porque sus familias no fueron capaces de asumir la responsabilidad de ellos. Por lo tanto ellos son el fruto del fracaso de una familia, o mejor dicho, de la ausencia de la familia.

En segundo lugar, la evidencia muestra que los niños en estas condiciones presentan profundas heridas en su psicología, por la falta de afectividad natural que sólo una madre y un padre son capaces de dar.

Por lo anterior, lo que el Estado debería hacer para evitar que esas heridas psicológicas se agraven es tratar de entregar a esos niños a una educación lo más parecido con la de una familia natural.

Lo que todo padre intenta hacer en la educación del niño es que ellos tengan altos ideales. Son precisamente los ideales corporizados en personajes, tanto masculinos cuanto femeninos, el príncipe valiente o Blanca Nieves, los que van haciendo crecer los ideales y con los cuales naturalmente niños y niñas se van identificando.

Si la educación de los niños les amputa estos ideales, “desprincipizando” (para servirnos del pedante término utilizado por los expertos del Sename)  los niños fatalmente  al no tener prototipos altos, los buscará en los bajos. Es decir en aquellos que en vez de representar virtudes, exaltan los vicios, como la ordinariez, el egoísmo, la grosería, etc.

De ahí, los niños comenzarán poco a poco a perder el gusto por la vida, pues se identificarán con ellos, con lo cual la vida se les irá haciendo  triste, gris y melancólica, pues nada es más triste que una vida sin ideales o sin personajes “buenos” para admirar.

Esta amputación de personajes ideales,  a la larga podrá  a algunos de esos niños así deformados,  al extremo de la pérdida de gusto de vivir, que es el suicidio.

En esta materia, el Sename tiene un triste record de suicidios infantiles. De acuerdo con una reciente fiscalización de la Comisión Interinstitucional de Supervisión de Centros (CISC) a los lugares administrados por el Servicio Nacional de Menores, arrojó que los intentos de suicidio de jóvenes internados aumentó en un 90.9% al compararlos con los segundos semestres de los años 2014 y 2015.

Entre julio y diciembre de 2014 se declararon 22 intentos de suicidio, un año después que comenzaron las visitas de las comisiones a los centros, detectaron 42 casos. Ese número tampoco contempla lesiones auto inferidas, simulaciones, descompensaciones o actos de presión de jóvenes internos para revertir decisiones disciplinarias.

Por lo tanto, concluimos nosotros: “Contra hechos no hay argumentos”. Si los resultados de la educación del Sename han sido tan desastrosos, que han producido el aumento del 90% de intentos de suicidios infantiles, quiere decir que la educación que imparte debe cambiar drásticamente, y que ella debe orientarse a impartir una que se parezca tanto cuanto posible a la que se imparte en una familia normal.

Es decir, que los haga crecer, facilitando aquello que es tan propio del niño. Idealizar la realidad, amar esos ideales e identificarse con ellos. Y el más cercano de esos ideales es el aquel que todos los niños aprendieron a conocer de chicos: El ángel de la guardia.

Que diferente serían los resultados de la educación  si en la noche se rezase aquella oración que los padres católicos enseñaban a sus hijos. “Ángel de mi Guarda, dulce compañía, No me desampares, ni de noche ni de día, hasta que descanse en los brazos de Jesús, José y María”.

Sí, el mejor de los “Príncipes” es Aquel que fue llamado “El Príncipe de la Paz”, Nuestro Señor Jesucristo que a todos vino a redimir. Para conocerlo y amarlo, debemos conocer a muchos otros tipos de “príncipes” que nos den un reflejo de Aquel que no vemos.

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