¿Derecho de los animales y no de los hombres no nacidos?

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Estimados radioyentes:

Como debe ser de su conocimiento, la Convención Constitucional aprobó el artículo 23 en el borrador de la nueva Constitución. Este artículo trata del reconocimiento de los animales como seres sintientes y con derecho a vivir una vida sin maltrato.

En concreto, el artículo aprobado dice que “los animales son sujetos de especial protección. El Estado los protegerá, reconociendo su sintiencia y el derecho a vivir una vida libre de maltrato”.

El tema no deja de ser altamente discutido y puede dar margen a interpretaciones equívocas, como la de prohibir el rodeo o el consumo de carne animal, o la cría de aves en jaulas y así por delante.

Sin embargo, hay un aspecto que es profundamente contradictorio en las decisiones que viene aprobando la Convención Constitucional.

Se trata de la forma de proteger a los animales y a los seres vivos en general y, al mismo tiempo, promover el aborto de los seres humanos en gestación, sin ningún tipo de derechos ni protección por parte del Estado.

Varios comentaristas han hecho ver el absurdo que significa esta completa omisión delante de la vida de los seres humanos y la protección llevada a obligación del Estado a los animales.

El abogado Hernán Corral opina que “La prohibición de prácticas que los sujeten a tratos crueles puede implicar que queden prohibidos los establecimientos que crían animales para la alimentación: pollos, gallinas, pavos, cerdos, vacas, cabras, salmones, etc., o la producción de leche de vaca o de miel de abejas en colmenas. Se discutirá también el uso de insecticidas para matar hormigas, arañas o zancudos o si fumigar plantaciones para suprimir plagas de caracoles u otros insectos serán admitidas”.

Y agrega: “No contentos con ello, los convencionales aprobaron otra norma para consagrar los derechos sexuales y reproductivos. Se incluye en ellos “el derecho a decidir de forma libre, autónoma e informada sobre el propio cuerpo, sobre el ejercicio de la sexualidad, la reproducción, el placer y la anticoncepción”.

“Lo más inquietante viene en el párrafo siguiente: se dispone que el Estado garantiza el ejercicio de dichos derechos sin discriminación, con enfoque de género, así como el acceso a la información, educación, salud, y a los servicios y prestaciones requeridos para ello, “asegurando a todas las mujeres y personas con capacidad de gestar, las condiciones para… una interrupción voluntaria del embarazo…”. Se agrega que se “garantiza su ejercicio libre de violencias y de interferencias por parte de terceros, ya sean individuos o instituciones”.

“Ya es curioso que se hable de mujeres y personas con capacidad de gestar, aunque lo más grave es que se haya aprobado que el Estado debe asegurar la interrupción voluntaria del embarazo en cualquier momento y libre de interferencias de terceros, lo que denota que no se podrá oponer ni siquiera objeción de conciencia”.

(fin de la cita))

Así las cosas, para el Estado de Chile, en el caso de aprobarse este texto en redacción, será más importante la vida de los animales que la de los seres humanos.

Pero hay más. La Convención aprobó también el artículo 23B, que indica que el Estado debe proteger la biodiversidad, “debiendo preservar, conservar y restaurar el hábitat de las especies nativas silvestres, en tal cantidad y distribución que sostenga adecuadamente la viabilidad de sus poblaciones y asegure las condiciones de supervivencia y no extinción”.

Ahora, como se sabe, existe una corriente importante de personas que considera que las plantas y vegetales en general, también son “seres sentientes”.

Hoy el argumento antivegano “las lechugas también sufren” gana en adhesiones.

Un estudio de 2016 de la Universidad de Australia Occidental sugería que las plantas eran reactivas al contacto físico. “Unas gotas de agua o un golpecito suave” podían provocar distintas reacciones que mejoraban su adaptabilidad al contexto.

Si esta interpretación de la protección a los seres sintientes gana terreno, como todo lleva a pensar, entonces los hombres serán menos protegidos que las lechugas.

Este absurdo nos llevó a ver qué dice la doctrina católica al respecto y consultamos el estudio: “La cuestión animal: El Magisterio de la Iglesia católica en el contexto del debate actual” de autoría de Rodrigo Frías Urre, Doctor en Filosofía (Pontificia Universidad Católica de Chile) y Máster en Bioética por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma, Italia. Profesor de Filosofía Clásica en el Centro de Estudios Clásicos Giuseppina Grammatico Amari de la UMCE y de Ética en la P. U. Católica de Chile.

Le pasamos la palabra:

“El animal no es una persona. Tenemos, entonces, que la primera, y fundamental, afirmación del Magisterio católico sobre el animal es que éste forma parte de la Creación, de modo que posee una naturaleza propia. Esto no quiere decir, sin embargo, que esa vida propia que tiene el animal él se la haya, además, apropiado. Tener una vida propia y apropiársela son cosas distintas, que en el animal no coinciden (…). Los animales, para decirlo brevemente, no son personas, como sí lo son, en cambio, los seres humanos, que, según declara el Catecismo (n.357), «no es solamente algo, sino alguien, capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y de entrar en comunión con otras personas» . Esta es la segunda tesis fundamental del Magisterio sobre los animales.

“El animal está al servicio justo del hombre. El animal, entonces, es una creatura de Dios, que posee una naturaleza propia, dada por Dios, y que, en principio, merece ‘respeto’, ‘aprecio’, ‘benevolencia’ y a la cual, incluso, se puede ‘amar’ (aunque de un modo distinto, inferior diríamos, al ‘amor’ debido a otro ser humano [Catecismo, n.2418]). No es, sin embargo, una persona; por lo tanto, es perfectamente legítimo usarlos aunque no de un modo arbitrario o por razones frívolas. El Catecismo habla, concretamente, de los animales al servicio de la justa satisfacción de las necesidades del hombre.

“La doctrina magisterial sobre los animales puede resumirse así: el animal es una realidad ‘viva’ que, como tal, forma parte del orden natural de la Creación. No es, sin embargo, una ‘persona’, de modo que puede ser usada por el hombre, aunque con los límites que éste se autoimpone por respeto a su propia dignidad. En síntesis: para un Magisterio humanista, centrado en la dignidad de la persona humana, el animal tiene sólo un interés indirecto o reflejo”.

(fin de citación)

La cita en cuestión, deja el tema del afecto a los animales perfectamente equilibrado y apoyado en la Fe y la razón. No desprecia, muy por el contrario, la relación del hombre con los animales, pero, lo coloca en su justa proporción. Sólo el hombre fue creado a la imagen y semejanza de Dios y sólo él tiene vida eterna. A él también le corresponde el cuidado de todos los seres criados, entre los cuales, animales y vegetales.

Dejamos para otro programa responder a por qué motivos está creciendo tanto la valoración de animales y plantas y, al mismo tiempo, se trata con tanta indiferencia el valor de la vida humana.

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