Democracia y soborno

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Estimado radioyente:

Un tipo de noticia que se viene repitiendo a lo largo del tiempo en todos los medios de comunicación, es el escándalo del financiamiento ilegal de los candidatos y partidos políticos nacionales. Decimos nacionales porque, de un lado, el fenómeno afecta a todos los partidos chilenos, sin excepción y, de otro lado, porque esa anomalía afecta a casi todas las democracias de occidente y no sólo de ahora sino desde hace muchos años atrás.
Tanto es así, que recientemente la asociación TFP del Reino Unido publicó un interesante análisis del problema, basándose en una conferencia dada por el Profesor Plinio Correa de Oliveira, en Brasil, en 1993.
Como Ud. ve, ya hace más de 20 años que el fenómeno de las irregularidades en el financiamiento de la política viene produciendo comentarios y merecidas críticas. Sin embargo el análisis del pensador católico brasileño es enteramente original en sus conclusiones.
Pasamos la palabra al Profesor Plinio Correa de Oliveira con la certeza de que sus comentarios van a interesarle, porque son muy claros y el problema que analiza es perfectamente actual:
“En principio no existe nada de censurable en que un empresario o una persona rica realice la donación de una cantidad importante de dinero para que un político que tenga las ideas iguales a las suyas sea electo.
Un hombre puede ser rico, y siéndolo él está en su derecho al financiar la propaganda de aquellos con los que los que está de acuerdo. Esto puede ser incluso considerado, en tesis, como una acción patriótica.
Daría pruebas de mucha tacañería un hombre que no colaborase con su dinero para facilitar el acceso a un cargo público importante a una persona que tiene un programa que él considera capaz de salvar al país.
De esa manera y considerando la cuestión en tesis, una persona rica que dona dinero para permitir la elección de un candidato pobre, no hace un acto deshonesto. Puede ser visto incluso como un acto de virtud, un acto de generosidad.
La cuestión comienza a quedar menos clara cuando se nota que no es por afinidad ideológica que el empresario X o el banquero Y va a apoyar al candidato Z a la presidencia o a cualquier cargo político importante. Sino que lo hace porque el candidato o su partido le prometen que, en caso de ser elegidos, le retribuirán mediante la adjudicación de tales y tales licitaciones para trabajos públicos. Ahí la cosa deja de ser un acto de idealismo y pasa a ser un negociado. El mandatario o los representantes del partido vencedor atribuyen negocios a un empresario porque éste les facilitó el acceso a los cargos que conquistaron.
Aquí hay una solidaridad de intereses en perjuicio del bien común, porque será contratado para un trabajo o servicio público, no aquel que es más capaz, sino aquel que facilitó la conquista del cargo.
Además, sucede frecuentemente que el que recibió el contrato obtiene condiciones más favorables, cobrando cantidades mayores y ganando lucros desproporcionados con el trabajo o servicio, de manera irrecusablemente deshonesta.
En tesis, se podría objetar que este género de falseamiento de la libre competencia no es intrínseco a la democracia, porque las dos partes, los empresarios que hacen las donaciones y los políticos que las reciben, pueden actuar honestamente y sin perjudicar al Estado y a los intereses públicos. Por lo que esta corrupción de la democracia no es forzosa, no es fatal. Ella se da cuando hay políticos y empresarios deshonestos. Pero si los políticos y los hombres de negocios fuesen honestos, esto no ocurriría. Lo que prueba que este no es un falseamiento peculiar de la democracia.
Se podría igualmente alegar que el sistema económico tampoco está involucrado en estos negociados deshonestos, que pueden ocurrir tanto en un régimen capitalista de economía libre como en un régimen socialista de economía dirigida.
La historia muestra que en los regímenes de economía dirigida esas anomalías también existen y son más frecuentes y de mayor monto, precisamente porque todo el aparato productivo es un monopolio en las manos de un partido. Es de conocimiento público que, después de la caída de la Cortina de Hierro, cuando fueron privatizadas las empresas públicas de los antiguos países comunistas de Europa Central, éstas fueron compradas por la antigua nomeklatura comunista que dirigía el país, pues eran los únicos que tenían dinero suficiente o que conseguían con los bancos los préstamos necesarios en condiciones ventajosas.
Quiere decir, que el problema de la corrupción política, en lo que él tiene de más central, no está ni en el régimen político ni en el sistema económico en sí mismos, sino que está en el grado de moralidad pública. Donde existe moralidad pública, donde existe gente que toma en serio la existencia de Dios, cree en Dios, cree en los mandamientos de la ley de Dios y los cumple, estas cosas no ocurren. Por lo tanto, es una cuestión que evidentemente tiene reflejos económicos y políticos, pero que es fundamentalmente una cuestión religiosa y moral. Donde no hay religión ni moral, las cosas caminan para la demolición completa de todo orden económico, político y social.
Entonces para solucionar los problemas políticos y las crisis económicas lo más urgente es resolver la actual crisis moral. Y para eso es necesario tener apóstoles que practiquen las virtudes contrarias a los vicios actuales.
Apóstoles de auténtica vida interior, que buscan el Reino de Dios y su justicia antes de todas las cosas, que luchan para que se haga la voluntad de Dios así en la tierra como en el cielo, que practican estas virtudes y que, con su ejemplo y por la palabra, arrastran a los demás a cambiar de actitud. Si no hay una conversión moral de ese calibre, no sirve la pura represión del Estado para los recalcitrantes.”
Hasta aquí las palabras de Plinio Correa de Oliveira, un apóstol católico que dio ejemplo de lo que enseñó.

Gracias por su audición y recuerde que nos puede seguir en www.accionfamilia.org. Hasta la próxima semana en esta misma SU emisora.

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