De la lucha de clases a la lucha de sexos

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Estimado radioyente:

Hace pocas semanas atrás todo el mundo celebró el “Día de la Madre” y tuvimos ocasión de comentar con Ud. en este mismo programa, las razones que a todos nos mueven para celebrar a las propias madres.

A bien decir, no hay título más honorífico que un ser humano pueda tener que el de ser madre. Y esto por la sencilla razón que en la maternidad se encuentra un reflejo del Divino Creador. En efecto, la madre es llamada a dar a luz una nueva vida, y en esto se asemeja a Quien dijo, “Hágase la luz, y la luz se hizo”.

Pero la maternidad, para que alcance su más alta dimensión y su verdadero significado, nace del amor de los esposos. De ahí que el otro título que dignifica a la mujer sobre todos los otros títulos o diplomas  que ella pueda poseer, es el de ser esposa.

Esposa y madre, es donde la mujer alcanza su realeza. Ella es la que da el calor al hogar y ella es la que principalmente educa a los hijos.

Todos estos títulos le confieren una dignidad que nadie les puede quitar.

Por esta razón llamó la atención que en las marchas que se organizaron hace una semana en Santiago y regiones para protestar contra los abusos y la violencia contra las mujeres, no se hiciera ninguna mención a estos aspectos, los más dignificantes y los más propios a evitar cualquier tipo de abusos.

Al contrario, las consignas proclamaban todo menos el matrimonio y la maternidad.

Leamos algunas de las consignas que se veían en los carteles de las jóvenes que marchaban y las consignas que se oían desde el proscenio.

“Las mujeres vamos a seguir abortando con o sin protocolo, con o sin leyes. Vamos a dejar la (xxx), cabras… vamos a quemarlo todo”,  declaraba la vocera de la ACES, y alumna del Liceo Experimental Manuel de Salas,  el pasado miércoles 16 de mayo, desde el escenario central de la manifestación feminista, que –según sus organizadores- reunió a más de cien mil estudiantes.

Similares consignas vociferaba la portavoz de la Coordinadora Feminista Universitaria, Amanda Mitrovich: “Este es un llamado a que nos tomemos nuestras universidades, nuestros colegios, hagamos cortes de calle (…) organicémonos y tomémonos Chile y hasta La Moneda, por el feminismo total”.

¿No le suena conocido este lenguaje?

Obviamente que sí. Son los mismos eslóganes que en la década de los 60’ se gritaban contra  los patrones de fundo o los empresarios: “vamos a tomarnos todos los fundos”. “Nos comimos el champion”.

La similitud no es casual. Las reivindicaciones de los 60’ contra los patrones, así como las protestas de la semana pasada contra “el machismo y la sociedad patriarcal”, tienen de común la visión marxista de la historia.

Para Marx, el progreso de la humanidad se funda en la dialéctica, es decir en la lucha permanente de la “tesis” contra la “antítesis”, de la cual surge una “síntesis”, que a su vez será contestada por nueva “anti síntesis”. Y así, sin parar.

Marx tomó esta concepción del filósofo alemán Hegel, y la aplicó a la lucha entre capitalistas, (“tesis”) contra los obreros, (“antítesis”). Fue la lucha de clases, en nombre de la cual se derrumbaron gobiernos y se esclavizó a buena parte de la humanidad. Hasta el día de hoy China, Corea, Cuba y muchas otras naciones gimen bajo esa “síntesis”.

Pero, como la dialéctica no para en su afán de derribar desigualdades naturales y armónicas, mientras se apagaban los focos de la añeja lucha de clases obreros contra patrones, se encendían nuevas luchas con otras reivindicaciones, promovidas por los que el Partido Socialista Obrero Español, pionero en esta materia, llamó del “nuevo proletariado”.

Éste sería compuesto por las llamadas “minorías visibles”, víctimas de alguna supuesta discriminación y representando alguna “antítesis” contra la respectiva “tesis” de la sociedad actual: los LGBT contra hetero-normatividad sexual, las mujeres contra el machismo y la sociedad patriarcal, los ecologistas contra el desarrollo industrial y la racionalidad, los pueblos originarios contra los colonizadores, los inmigrantes contra la población local, los jóvenes contra los adultos, etc., etc.

Este coctel de nuevas “antitesis” fue el que estalló la semana pasada en el centro de Santiago, en nombre del feminismo. Lo que se “denunciaban” las féminas que marchaban era la violencia machista, pero muchas de ellas lo hacían con el torso desnudo promoviendo el nudismo y exigían también cambios estructurales “para refundar la visión de la educación y formar a las niñas y los niños con una perspectiva no sexista”, exigiendo inclusive dispensadores de preservativos para mujeres y hombres en los liceos.

¿Qué tiene que ver el respeto a la mujer y el rechazo a la violencia con esas reivindicaciones de nudismo, aborto y promiscuidad sexual a través de preservativos gratuitos?

Lo que se leía en los lienzos de la manifestación era la supuesta “liberación” de la mujer en clave marxista: “Unidas somos más fuertes”, “Por una educación no sexista”, “Macho no se nace, la educación chilena lo hace”, “Somos las nietas de las brujas que no pudiste quemar”, “Somos la resistencia”, “Quiero ser libre no valiente”, “La revolución será feminista o no será” y otras frases del mismo naipe.

No sorprende que el diario comunista “El Siglo” haya descrito con entusiasmo la marcha, con las siguientes palabras: “Las estudiantes de la Universidad Católica optaron por ir vestidas de monjas; estuvieron aquellas que prefirieron un pasamontañas emulando al movimiento zapatista mexicano; algunas con pañoletas verdes reivindicando la lucha por el aborto libre de Argentina; y hubo otras que simplemente se sacaron las blusas y con capuchas y senos al aire demostraron su repudio a la cultura machista”.

En conclusión, lo que se debe preguntar es si con este tipo de manifestación la mujer saldrá más dignificada, y en ese sentido, los actos de abusos serán más escasos, o, si al contrario, ella perderá su propia dignidad, y los abusos serán más repetitivos.

La respuesta es fácil de encontrar. Hace 20 o treinta años atrás, cuando la el concepto de familia todavía era comúnmente acopetado por la sociedad, los abusos eran mucho menores que hoy. Mientras más se erosionó el principio de la familia, más crecieron los abusos. Estas manifestaciones que buscan acabar definitivamente con la idea cristiana de familia, prepara una verdadera guerra de sexos.

Una noticia reciente informa que de acuedo a datos de la Fiscalía Nacional, en 2014, llegaron al organismo público 222 denuncias por este tipo de acciones, mientras que en 2017 la cifra creció a 850, un aumento del 282%.

Y, lo que se puede prever es que en esta guerra de sexos, como en cualquier guerra, los abusos serán el pan diario.

La armonía que proporciona la familia cristiana, monogámica y abierta a la vida, es donde el hombre cuanto la mujer encuentran la plenitud que es posible en este “Valle de lágrimas”.

 

Gracias por su audición y recuerde que nos puede seguir en wwwaccionfamilia.org, o en esta su emisora a la misma hora.

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