Aniversario de la Coronación de la Virgen del Carmen y deber católico del voto

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Coronación de la Virgen y criterios del voto

Estimados radioyentes:

Fue un 19 de diciembre del año 1926, que en el actual parque O’Higgins, se realizó la solemne coronación de la Imagen de la Virgen del Carmen, como Reina y Patrona de Chile, por manos del legado pontificio, Monseñor Aloisi Masella, frente a más de 400 mil chilenos provenientes de todas las regiones del país siendo el acto más grande que la ciudad había presenciado hasta entonces.

Más tarde el Papa Juan Pablo II en su histórica visita a Chile, dirigió a la Virgen del Carmen esta oración: “¡Santa María de la Esperanza, Virgen del Carmen y Madre de Chile! Tú, que en cada hogar chileno tienes un altar familiar, que en cada corazón chileno tienes un altar vivo, acoge la plegaria de tu pueblo, que ahora, con el Papa, de nuevo se consagra a Ti.

“Estrella de los mares y Faro de luz, consuelo seguro para el pueblo peregrino, guía los pasos de Chile en su peregrinar terreno, para que recorra siempre senderos de paz y de concordia”.

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La historia de Chile ha estado profundamente entrañada a la Virgen del Carmen, y Ella le hizo sentir su maternal predilección en las situaciones más difíciles, incluso antes de ser proclamada patrona del Ejército Libertador.

Por eso resulta particularmente oportuno volvernos hacia Ella por ocasión de la segunda vuelta de la elección presidencial, que tendrá lugar el mismo día en que Ella fue coronada, con 95 años de distancia, lo que, en la historia de una nación, es un cercano ayer.

¿Qué pedirle en esta ocasión?

La principal ayuda de una Madre es orientar a sus hijos en las grandes decisiones.

La pregunta que hoy debemos formularle es si es lícito dar el voto al candidato Gabriel Boric, aliado del Partido Comunista. Su respuesta materna no puede ser otra que aquella que nos proporcionan las enseñanzas perennes de la Iglesia, pues sólo el respeto de los Mandamientos de Dios permite transitar por los “senderos de paz y de concordia” evocados por S.S. Juan Pablo II.

Nunca más habrá paz ni concordia si pasamos a ser gobernados por un régimen comunismo ateo.

Nunca más habrá paz ni concordia si el poder del Estado queda en las manos de una secta que a lo largo de toda su historia sólo ha promovido la lucha de clases y la violencia.

Nunca más habrá paz ni concordia si los nuevos Herodes de esa alianza política facilitan todavía más la matanza de los inocentes en el seno de sus madres.

Nunca más habrá armonía social bajo el gobierno de un Partido que ha felicitado al dictador de Nicaragua por haber triunfado en elecciones con opositores presos y se regocija de las dictaduras de Cuba y Venezuela.

Jamás podrán “reconciliarse los hermanos en un abrazo fraterno; desaparecer odios y rencores, superar divisiones y barreras, unir rupturas y sanar heridas”, como pedía Juan Pablo, II si una coalición asume el Poder predicando “ni olvido ni perdón”.

Porque no puede haber paz en un país que, en sus leyes, niega la existencia de Dios, Autor del orden, y cuyas autoridades le dan las espaldas a Su Madre Santísima.

El comunismo es la negación más radical del orden cristiano pues niega todos los Mandamientos de la Ley de Dios, comenzando por el Primero: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

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En consecuencia de lo anterior:

Como católicos y amantes de nuestra Patria nos debemos comprometer a concurrir a la votación presidencial y contribuir con nuestro voto a impedir que el comunismo se implante en Chile.

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Todos nuestros actos y máxime aquellos que tengan graves consecuencias para el bien común de nuestra querida nación deben ser iluminados por la Fe. Si el voto es uno de los más serios actos que un católico puede practicar en su vida civil, él también debe orientarse por la Fe.

Y por eso no es lícito participar en una campaña de opinión a favor de una ley de aborto, ni darle el sufragio del propio voto porque “nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante”, como Juan Pablo II confirmó con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia católica.

La Imagen que nos acompaña en esta conversación es la Virgen de Fátima vestida con el hábito del Carmen, como Ella apareció a los tres pastorcitos, en su última aparición en Fátima. Fue en esas apariciones en Fátima, en 1917, que la Virgen pidió la conversión de las costumbres corruptas y profetizó que, si los hombres no hacían penitencia, Dios iría “castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre”. Uno de esos castigos, tal vez el mayor, era que Rusia esparciría sus errores por el mundo y que varias naciones serían aniquiladas.

Es lo que están sufriendo nuestros hermanos cubanos, nicaragüenses y venezolanos, cuyas naciones están siendo aniquiladas porque cayeron bajo las garras de los “errores de Rusia”, hoy rotulados de Revolución bolivariana.

El 19 de diciembre tenemos que escoger entre la fidelidad a la identidad cristiana del Chile que coronó a la Virgen del Carmen o la aniquilación como nación bajo las garras del comunismo.

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