Abusos sexuales, “siembra vientos y cosecharás tempestades”

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Estimado radioyente:

Como Ud. debe haber oído en las noticias, la semana pasada hubo una verdadera ola de alarmas, anuncios y medidas relativos a la “epidemia del acoso sexual”.

En las Universidades, en los colegios, en las Municipalidades, en los Ministerios, las denuncias de víctimas crecen en proporción geométrica, y parece no haber ninguna institución que se libre de esta plaga.

Sin embargo, para un observador atento, tales manifestaciones de sorpresa y escándalo delante de los acosos sexuales, no dejan de llamar la atención.

En efecto, las políticas públicas vienen, desde inicio de la década de los 90’ -¡más de una generación!- diciendo que todas las personas tienen derecho a practicar las conductas sexuales que considere placenteras, sin límite de edad. Hubo incluso un concurso del Instituto Nacional de la Juventud, llamado de los Derechos sexuales, en donde los participantes deberían redactar un texto sobre el siguiente tema: “Has lo que quieras, donde quieras, con quien quieras”. Este era el llamado que un Gobierno hacía a todos los jóvenes chilenos, a través de la institución oficial para los jóvenes.

Más tarde, la “píldora del día siguiente” se aprobó, como un método para impedir los embarazos, después de las relaciones libres.

Por su parte, las teleseries, de amplia audiencia, proyectan en el espacio público, lo mismo que estas políticas favorecen en el orden legal. Es decir el adulterio, la homosexualidad y un etcétera de nunca acabar.

Ahora, como no podía dejar de ser, todas estas iniciativas, han terminado implantando en la sociedad la idea subconsciente de que en materia de comportamiento sexual no debe existir ninguna inhibición de carácter moral, social, ni religiosa.

Y que, al contrario, las personas se deben guiar sólo por sus propios instintos. Es lo que se podría llamar, “la ley de la selva”.

Pero, lo que no se repara, es que en la selva también se aplica otra ley: la “del más fuerte”. Y, en materia de fuerzas físicas, el mamífero macho siempre tiene más fuerzas que la hembra.

Por eso, en todas las sociedades paganas y en las sociedades actuales sin moral ni religión, vigoró siempre la ley “del más fuerte”, en materia de relaciones entre varones y mujeres. Y fue precisamente gracias a la religión católica que, por la cristianización gradual del Imperio Romano y más tarde la conversión de los bárbaros al cristianismo, la situación de la mujer comenzó a cambiar en el área de la civilización occidental.

Antes de esto, para el romano, la mujer no tenía derechos y era una cosa del “pater familias”; y, para el bárbaro, ella era una propiedad del “hombre-guerrero”, de la cual podía disponer a su libre antojo.

No hablemos de los pueblos musulmanes, donde la mujer hasta hoy está relegada casi a un objeto. El Corán establece al respecto: “¡Amonestad a aquellas de quienes temáis que se rebelen, dejadlas solas en el lecho, pegadles! Si os desobedecen, no os metáis más con ellas.” Y, en China, a las mujeres se les mata antes de nacer, pues la política del “hijo único” establecida por el régimen comunista ha llevado a la práctica del “aborto selectivo” en donde se eliminan a los bebés de sexo femenino.

La idea del respeto a la mujer sólo comenzó a existir en el pueblo judío y después floreció con el Cristianismo por causa de la abolición de la poligamia y alcanzó su plenitud en la Edad Media, con el homenaje a la dama, como un fruto de las enseñanzas de la Iglesia católica y, en particular, de la devoción a la Santísima Virgen, modelo de todas las mujeres, a quienes se les debía consideración y respeto.

Así, la idea de fidelidad matrimonial, de veneración por la maternidad, y de reinado de la mujer en el propio hogar comenzaron a ser atributo de los pueblos ya catequizados. Y esta idea duró, más o menos, hasta que las naciones dejaron de respetar el matrimonio cristiano indisoluble.

Con la introducción de las relaciones pre-matrimoniales, del concubinato y del divorcio, o sea con la desaparición gradual del casamiento, de la familia y de la moral católica en general, era más o menos forzoso que el hombre volviese a seguir la ley “de la selva”. Y, peor aún, pues al menos los animales se guían por instintos ordenados, no así los hombres, que pervierten sus propios instintos.

Baste ver al respecto, los debates parlamentarios de la semana pasada para aprobar el “matrimonio homosexual”, lo que, de acuerdo a San Pablo, no es sino mudar contra la naturaleza el uso natural de la sexualidad.

Por eso llama la atención que en el Manual de las “Políticas de prevención y apoyo a las víctimas de violencia sexual en contextos universitarios”, de la Universidad Católica, no aparezca la palabra castidad, ni se haga ninguna mención a la virtud de la pureza. Tampoco, ninguna de las instituciones que han salido a pronunciarse a respecto del acoso sexual hace mención a la necesidad de la virtud moral. Ni siquiera las estudiantes que han hecho paros y huelgas por esta causa.

En sentido opuesto, hace exactamente 50 años atrás, el Papa Paulo VI entregó al mundo una Encíclica, llamada Humane Vitae, (Vida Humana) en la que daba las líneas generales por las cuales las sociedades y las naciones se deberían orientar.

Entre sus valiosas enseñanzas, el Pontífice recordaba que:

“Queremos en esta ocasión llamar la atención de los educadores y de todos aquellos que tienen incumbencia de responsabilidad, en orden al bien común de la convivencia humana, sobre la necesidad de crear un clima favorable a la educación de la castidad, es decir, al triunfo de la libertad sobre el libertinaje, mediante el respeto del orden moral.

“Todo lo que en los medios modernos de comunicación social conduce a la excitación de los sentidos, al desenfreno de las costumbres, como cualquier forma de pornografía y de espectáculos licenciosos, debe suscitar la franca y unánime reacción de todas las personas, solícitas del progreso de la civilización y de la defensa de los supremos bienes del espíritu humano. En vano se trataría de buscar justificación a estas depravaciones con el pretexto de exigencias artísticas o científicas [25], o aduciendo como argumento la libertad concedida en este campo por las autoridades públicas”.

Lamentablemente el mundo hizo oídos sordos a estos sabios y oportunos consejos, y prefirió continuar en la senda del libertinaje completo, dejando cada vez más impunes todas las conductas desordenadas en materia sexual.

Continúa la encíclica:

“Decimos a los gobernantes, que son los primeros responsables del bien común y que tanto pueden hacer para salvaguardar las costumbres morales: no permitáis que se degrade la moralidad de vuestros pueblos; no aceptéis que se introduzcan legalmente en la célula fundamental, que es la familia, prácticas contrarias a la ley natural y divina.”

Hasta aquí las palabras del Papa Paulo VI.

Ahora, le preguntamos a Ud., estimado radioyente:

¿Puede entonces, honestamente,  llamar la atención que se produzcan, como una verdadera plaga, hechos de la naturaleza de lo que está siendo denunciado en todas las instituciones?

Obviamente que no.

Por esta razón y en conclusión, no habrá solución, prevención ni leyes capaces de evitar esta plaga de los abusos sexuales, mientras impere, al mismo tiempo, la ley de la selva.

Y para que esta ley no impere, el único remedio es la auténtica moral católica de siempre, basada en el VI Mandamiento: “No cometerás acciones impuras”. El premio para los que lo respetan es el que enunció Nuestro Señor en el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios”.

Todo lo demás no pasa de lágrimas de cocodrilo.

Muchas gracias por su audición y recuerde que nos puede seguir en www.accionfamilia.org.

O en este mismo dial, en su emisora, la próxima semana.

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