2020; Un año que se fue

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Estimado radio oyente, éste será nuestro último programa del año 2020.

Un año que se acaba y otro que comienza. Es un marco en la historia de la humanidad, del País, de la familia y de cada individuo, de cada uno de nosotros.

Sí, cada uno tendrá una mirada para lo que quedó atrás en este año, y una mirada incierta sobre un futuro que se abre tan lleno de incógnitas y preocupaciones.

Y junto con esa mirada para atrás es lógico que cada uno haga su propio examen de conciencia si lo que hizo estuvo de acuerdo a lo que debería haber hecho. Si dio de sí todo lo que debería haber dado, si ayudó a quienes lo rodean como debería haber ayudado.

Ahora, tales preguntas, que son muy lógicas desde el punto de vista individual, también lo son desde el punto de vista de los conjuntos de individuos; de las familias, de los países, de los conjuntos de naciones.

Se puede decir que el año transcurrió estuvo marcado por el coronavirus y sus consecuencias. Pocas veces el mundo entero se sintió simultáneamente tan agredido y tan indefenso como en este año, frente a un virus microscópico.

Todas las grandezas científicas, todos los adelantos técnicos, todos los Premios Nobel, debieron doblar su cabeza delante de este agente infeccioso microscópico acelular que solo puede replicarse dentro de las células de otros organismo.

El virus nos dejó aislados, encerrados, más pobres, menos libres, más dependientes del Estado, y, sobre todo, nos hizo dudar de una máxima a la cual casi todos daban fe. El mundo está siempre progresando.

Nos dimos cuentas que este mundo tiene un enorme “talón de Aquiles” y que él es mucho más vulnerable de lo que pensábamos.

Y, en medio de todas esas preocupaciones para evitar el contagio y la quiebra económica, nos quedó poco espacio para pensar, poco tiempo para meditar, poco tiempo para degustar los placeres ordenados de la vida, poco tiempo para compartir con nuestros seres queridos, poco tiempo para observar las cosas que nos rodean.

En una palabra, poco tiempo para vivir nuestra propia vida interior, con nuestra propia alma.

Ud. me preguntará, si esto lo consideramos bueno o malo. Si no es natural que la vida esté principalmente vuelta para las cosas que nos rodea. O si, por el contrario, debemos vivir antes que nada, atentos a nuestra propia vida interior.

Como en todas las cosas, la respuesta correcta a esta pregunta -de mucha importancia para saber cómo enfrentaremos el próximo año que comienza- está en el equilibrio de ambas características de la vida: la vida interior y la vida de las obras.

Comencemos por decir que las dos vidas, la de la acción y la vida interior, no son entre ellas de igual importancia. Al contrario, una es la causa de la otra.

Es de la abundancia de la vida interior que se alimenta la vida de las obras.

Así lo enseña Nuestro Señor Jesucristo: “El reino de Dios está dentro de Vosotros”. No es por lo tanto en la agitación y en el ruido, propio de la vida de acción, donde encontraremos las fuerzas para enfrentar con sabiduría y prudencia las distintas opciones que deberemos tomar.

Tan cierto es que la vida interior es la parte más importante de las dos vidas, la activa y la interior, que Nuestro Señor nos enseñó: “Sin Mí, nada podéis hacer” y que su Reino está en nuestro interior.

Sin embargo, si bien es cierta la preminencia de la vida interior sobre la activa, no es menos cierto de que debemos comprometernos en las cosas concretas, en las responsabilidades individuales, en los trabajos diarios, en la construcción de nuestras propias familias, en su seguridad y prosperidad, como si sólo dependiese de nosotros.

Pero no sólo debemos preocuparnos de las cosas que nos son más inmediatas, sino también, en la medida de nuestras posibilidades, de todas aquellas que interesan el bienestar de la institución de la familia. De la mantención del matrimonio natural y cristiano en nuestra legislación. Del derecho a nacer de los niños, de la sana educación moral de los jóvenes y de todo aquello que puede hacer más fuerte la institución de la familia.

Si fuéramos a preguntarnos la causa final de los azotes que la sociedad chilena sufrió a partir de los últimos meses de este año ciertamente que la encontraremos en que la familia no está pudiendo cumplir con fortaleza sus fines propios.

Le corresponde a ella, es decir a Ud. como padre de familia, o a Ud. como mamá, hacer suyo la máxima de San Ignacio de Loyola: “haced todo como si únicamente dependiese de ti, sabiendo que todo depende de Dios”,

Aquí está el perfecto equilibrio entre la vida interior y la vida activa. Encontrar ese equilibrio, vivir de acuerdo a él en cada una de las etapas y momentos del año 2020 que comienza, ahí estará el secreto la sabiduría y el acierto como deberemos enfrentar los difíciles acontecimientos, grandes, pequeños o medianos, con los cuales nos enfrentaremos.

Este año que comienza nos dará excelentes oportunidades para ejercer ese apostolado. No será en el compromiso partidario ni político, sino en la defensa de las instituciones cristianas de nuestra Nación, que deberán quedar plasmadas en las disposiciones de la próxima Constitución.

Para ello, deberemos elegir representantes idóneos, verdaderamente hombre de Fe, que sepan sin temor defender esas instituciones básicas, comenzando por la integridad de la familia cristiana, por la permanencia del derecho a poseer sin injerencia del Estado y en general en la vigencia de nuestras tradiciones más sagradas.

Y así, al finalizar el próximo año, podremos decir como el Apóstol: “He luchado el buen combate, he concluido la carrera, he guardado la fe; y desde ahora me espera la corona de justicia que el Señor, justo Juez, me entregará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”.

Es esta gracia que Credo Chile pide a la Santísima Virgen, medianera de todas las gracias, para Ud. estimado radioyente, para su familia y para todos sus seres queridos a lo largo de este año que está por comenzar.

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