La Revolución

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En una carta dirigida en 1956, a propósito del Día Nacional de Acción de Gracias, a Su Eminencia el Cardenal Carlos Carmelo de Vasconcellos Motta, Arzobispo de San Pablo,

el Excmo. y Revmo. Mons. Angelo Dell’Acqua, Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, decía que, “como consecuencia del agnosticismo religioso de los Estados”, quedó “amortecido o casi perdido en la sociedad moderna el sentir de la Iglesia”. Ahora

bien, ¿qué enemigo asestó contra la Esposa de Cristo este golpe terrible? ¿Cuál es la causa común a éste y a tantos otros males concomitantes y afines? ¿Con qué nombre llamarla? ¿Cuáles son los medios, por los cuales actúa? ¿Cuál es el secreto de su victoria? ¿Cómo combatirla con éxito?

Este enemigo terrible tiene un nombre: se llama Revolución. Su causa profunda es una explosión de orgullo y sensualidad que inspiró, no diríamos un sistema, sino toda una cadena de sistemas ideológicos. De la amplia aceptación dada a éstos en el mundo entero, derivaron las tres grandes revoluciones de la Historia de Occidente: la Pseudo-Reforma, la Revolución Francesa y el Comunismo.

El orgullo conduce al odio a toda superioridad, y, por tanto, a la afirmación de que la desigualdad es en sí misma, en todos los planos, inclusive y principalmente en los planos metafísico y religioso, un mal. Es el aspecto igualitario de la Revolución.

La sensualidad, de suyo, tiende a derribar todas las barreras. No acepta frenos y lleva a la rebeldía contra toda autoridad y toda ley, sea divina o humana, eclesiástica o civil. Es el aspecto liberal de la Revolución.

Ambos aspectos, que en último análisis tienen un carácter metafísico, parecen contradictorios en muchas ocasiones, pero se concilian en la utopía marxista de un paraíso anárquico en que una humanidad altamente evolucionada y “emancipada” de cualquier religión, viviría en profundo orden sin autoridad política, y en una libertad total de la cual, sin embargo, no derivaría ninguna desigualdad.

La Pseudo-Reforma fue una primera revolución. Ella implantó el espíritu de duda, el liberalismo religioso y el igualitarismo eclesiástico, en medida variable según las diversas sectas a que dio origen.

Le siguió la Revolución Francesa, [la II Revolución] que fue el triunfo del igualitarismo en dos campos. En el campo religioso, bajo la forma del ateísmo, especiosamente rotulado de laicismo. Y en la esfera política, por la falsa máxima de que toda desigualdad es una injusticia, toda autoridad

un peligro, y la libertad el bien supremo.

El Comunismo [la III Revolución] es la trasposición de estas máximas al campo social y económico.

Estas tres revoluciones son episodios de una sola Revolución, dentro de la cual el socialismo, el liturgicismo, la “politique de la main tendue”, etc., son etapas de transición o manifestaciones atenuadas. Claro está que un proceso de tanta profundidad, de tal envergadura y de tan larga duración no puede desarrollarse sin abarcar todos los dominios de la actividad del hombre, como por ejemplo la cultura, el arte, las leyes, las costumbres y las instituciones. (…)

El panorama que así se presenta no sería completo si no nos refiriésemos a una transformación interna en la III Revolución.

Es la IV Revolución que de ella va naciendo. Naciendo, sí, a manera de refinamiento matricida. Cuando la II Revolución nació, requintó, venció y golpeó de muerte a la primera. Lo mismo ocurrió cuando, por proceso análogo, la III Revolución brotó de la segunda. Todo indica que ha llegado ahora para la III Revolución el momento, al mismo tiempo supremo y fatal, en que ella genera la IV Revolución y se expone a ser muerta por ésta…

Es imposible prever, dentro de la perspectiva marxista, cómo sería una Revolución número XX o número L. No es imposible, empero, prever cómo será la IV Revolución. Los propios marxistas ya hicieron esa previsión.

Ella deberá ser el derrocamiento de la dictadura del proletariado como consecuencia de una nueva crisis, por fuerza de la cual el Estado hipertrofiado será víctima de su propia hipertrofia. Y desaparecerá, dando origen a un estado de cosas cientificista y cooperativista, en el cual —dicen los comunistas— el hombre habrá alcanzado un grado de libertad, de igualdad y de fraternidad hasta aquí insospechable. (…)

(*) “Revolución y Contra-revolución”; Plinio Correa de Oliveira.

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