Historia y Civilización verdadera

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El presente texto fue transcrito con algunas adaptaciones del ensayo “Autorretrato filosófico” de Plinio Corrêa de Oliveira, publicado en la revista “Catolicismo” N° 550 de Octubre de 1996.

Uno de los presupuestos de este ensayo es que, contra lo que pretenden tantos filósofos y sociólogos, el curso de la Historia no es trazado exclusiva o preponderantemente por las imposiciones de la materia sobre el hombre. Influyen, sin duda, en la obra humana. Pero la dirección de la Historia le pertenece al hombre, dotado de un alma racional y libre. En otras palabras, es él quien, actuando unas veces más profundamente y otras menos sobre las circunstancias en que se encuentra, y recibiendo asimismo, de manera variable, las influencias de éstas, comunica su curso a los acontecimientos.

Ahora bien, la acción del hombre se desarrolla, normalmente, en función de sus concepciones sobre el universo, sobre sí mismo y sobre la vida. Esto importa decir que las doctrinas religiosas y filosóficas dominan la Historia, y que el núcleo más dinámico de los factores de los que resultan las grandes transformaciones históricas está en las sucesivas actitudes del espíritu humano frente a la Religión y la Filosofía.

Civilización cristiana: en entera consonancia con los principios básicos y perennes de la Ley Natural y de la Ley de Dios

Paso a otro presupuesto de Revolución y Contra-Revolución. Una concepción católica de la Historia debe tener en cuenta el hecho de que la Ley Antigua y la Ley Nueva contienen en sí, no sólo los preceptos según los cuales el hombre debe modelar su alma para imitar a Cristo, preparándose de esa manera para la visión beatífica, sino también las normas fundamentales del procedimiento humano conformes al orden natural de las cosas.

Así, al mismo tiempo que el hombre se eleva en la vida de la gracia, va elaborando, por la práctica de la virtud, una cultura, un orden político, económico y social, en entera consonancia con los principios básicos y perennes de la Ley Natural y de la Ley de Dios. Es lo que se llama civilización cristiana.

Es obvio que la buena disposición de las cosas terrenas no se ciñe exclusivamente a estos principios básicos y perennes, que tienen mucho de contingente, transitorio y libre. La civilización cristiana abarca una incalculable variedad de aspectos y matices. Esto es tan verdadero que, bajo cierto punto de vista, se puede incluso hablar de civilizaciones cristianas, y no sólo de civilización cristiana. No obstante, dada la identidad de los principios fundamentales inherentes a todas las civilizaciones cristianas, la gran realidad que cubre a todas ellas es una poderosa unidad, la cual merece el nombre de Civilización Cristiana por antonomasia. La unidad en la variedad y la variedad en la unidad son elementos de perfección. La civilización cristiana continúa siendo una en toda la variedad de sus realizaciones, de manera que se puede decir, en el sentido más profundo de la palabra, que hay una sola civilización cristiana. Pero es tan prodigiosamente variada en su unidad que, haciendo uso de una legítima libertad de expresión, se puede afirmar, desde cierto punto de vista, la existencia de diversas civilizaciones cristianas.

Hecha esta aclaración – que, por otra parte, vale de modo análogo para el concepto de cultura católica – quiero dejar claro que voy a emplear las expresiones civilización cristiana y cultura cristiana en su sentido mayor, que es el de la unidad.

Me dispenso de fundamentar las susodichas afirmaciones en textos de Santo Tomás o del Magisterio de la Iglesia, pues son tan numerosos y tan conocidos por los que estudian seriamente estos asuntos, que el trabajo resultaría al mismo tiempo fastidioso y superfluo. Esta observación se aplica asimismo en otras consideraciones que aparecerán en esta primera parte de la presente exposición.
En función de los referidos presupuestos, es fácil definir el papel de la Iglesia y de la civilización cristiana en la Historia.

Las naciones sólo pueden alcanzar la perfecta civilización mediante la correspondencia a la gracia y a la Fe

Es verdad que, aunque el hombre pueda conocer con firme certeza y sin error aquello que en las cosas divinas no es de por sí inaccesible a la razón humana[2], debido al pecado original le es imposible practicar durablemente la Ley de Dios. Sólo lo conseguirá por medio de la gracia. Aún así, para resguardar al hombre contra su propia maldad y su propia flaqueza, Jesucristo dotó a la Iglesia de un Magisterio infalible que le enseñase, sin error, no solamente las verdades religiosas, sino también las verdades morales necesarias para la salvación.

La adhesión del hombre al Magisterio de la Iglesia es fruto de la Fe. Sin ella, el hombre no puede practicar duradera e íntegramente los Mandamientos.

De ahí se sigue que las naciones sólo pueden alcanzar la perfecta civilización, que es la civilización cristiana, mediante la correspondencia a la gracia y a la Fe; lo que incluye un firme reconocimiento de la Iglesia Católica como la única verdadera y del Magisterio eclesiástico como infalible.

Así, el punto clave más profundo y central de la Historia consiste en que los hombres conozcan, profesen y practiquen la Fe católica.

Al decir esto, no niego, evidentemente, que hayan existido civilizaciones no cristianas de alta cualificación. Sin embargo, todas ellas fueron desfiguradas por estos o aquellos trazos que desentonaron de manera chocante con la propia elevación que presentaban en otros aspectos. Basta recordar la amplia difusión de la esclavitud y la condición servil impuesta a la mujer antes de Jesucristo. No hubo ninguna civilización que presentase la perfección excelsa propia de la civilización cristiana.

Del mismo modo, no niego el hecho de que, en países de población predominantemente cismática o herética, la civilización pueda contener importantes trazos de tradición cristiana. Sin embargo, la plenitud de la civilización cristiana sólo puede florecer con la Iglesia Católica, y sólo puede conservarse cabalmente en pueblos católicos.

“Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados…”

Pero preguntará alguien, ¿cuándo existió históricamente esa civilización cristiana perfecta? ¿Es realizable la perfección en esta vida?

La respuesta a estas preguntas chocará e irritará a muchos lectores. No obstante, debo afirmar que hubo un tiempo en el cual una gran parte de la Humanidad conoció ese ideal de perfección y tendió hacia él con fervor y sinceridad. Debido a esa tendencia en las almas, los trazos básicos de la civilización se volvieron tan cristianos cuanto lo permitían las circunstancias de un mundo que se iba irguiendo de la barbarie. Me refiero a la Edad Media, de la que, a pesar de esta o aquella falla, León XIII escribió con elocuencia: “Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el Imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer”[3].

Esta manera de ver la amplitud de la influencia de la Iglesia en la Edad Media la encontramos también en el siguiente texto de Pablo VI, referente al papel del Papado en la Italia medieval: “No olvidamos los siglos durante los cuales el Papado vivió su Historia [de Italia], defendió sus fronteras, guardó su patrimonio cultural y espiritual, educó a sus generaciones en la civilización, en las buenas costumbres, en la virtud moral y social, y asoció su conciencia romana y sus mejores hijos a la propia misión universal [del Papado]”[4]

De este modo, la civilización cristiana no es una utopía. Es algo realizable, que en determinada época floreció. Algo, en fin, que duró en cierta manera aun después de la Edad Media, hasta tal punto que el Papa San Pío X pudo escribir: “No, la civilización no se está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe, es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana, de la revolución y de la impiedad.”[5] Por lo tanto, la civilización cristiana posee grandes vestigios, todavía vivos en nuestros días.

Las crisis no nacen de la mente de algún pensador, sino de las pasiones desordenadas, atizadas por el Poder de la Tinieblas

Hay quien imagina que todas las crisis de la cultura y de la civilización nacen necesariamente de algún pensador, de cuya poderosa mente partiría siempre la centella esclarecedora — o destructora — que se comunicaría, en primer lugar, a los ambientes de alta cultura, ganando después a todo el cuerpo social. Está claro que, a veces, las crisis nacieron de este modo. Pero la Historia no confirma que así hayan nacido todas ellas. Y, en particular, no fue así como nació la crisis que hizo declinar la Edad Media y que suscitó el Humanismo, el Renacimiento y la Pseudo-Reforma protestante.

Por el propio hecho de pedirle al hombre una austeridad de costumbres penosa para la naturaleza humana decaída, la influencia de la Iglesia sobre cada alma, cada pueblo, cada cultura y cada civilización está continuamente amenazada. Las pasiones desordenadas, atizadas por la acción preternatural del Poder de las Tinieblas, solicitan continuamente a los hombres y a los pueblos hacia el mal. La debilidad de la inteligencia humana puede ser explotada por estas tendencias. Fácilmente, el hombre engendra sofismas para justificar las malas acciones que desea practicar, o que ya practica, así como las malas costumbres que contrajo o que está contrayendo. Lo dijo Paul Bourget: “Cumple vivir como se piensa so pena de, antes o después, acabar pensando como se vive”[6].

Orgullo y sensualidad: su importancia culminante en el proceso de rebelión contra la Iglesia

Dos son las pasiones que pueden suscitar especialmente la rebelión del hombre contra la Moral y la Fe cristianas: el orgullo y la sensualidad.

El orgullo le lleva a rechazar cualquier superioridad existente en otro, y genera en él un apetito por la preeminencia y por el mando que fácilmente llega al paroxismo. Pues el paroxismo es el punto final hacia el que tienden todos los desórdenes. En su estado paroxístico, el orgullo adopta todos los coloridos metafísicos: no se contenta ya con sacudirse en concreto de esta o aquella superioridad, esta o aquella estructura jerárquica, sino que desea la abolición de toda y cualquier superioridad en cualquier campo que exista. La igualdad omnímoda y completa se le presenta como la única situación soportable y, por eso mismo, como la suprema regla de justicia. De esta manera, el orgullo termina por engendrar una moral propia. Y, en la médula de esta moral orgullosa, radica un principio metafísico: el orden del ser postula la igualdad y todo lo que es desigual es ontológicamente malo.
La igualdad absoluta es, para el que llamaríamos de orgulloso integral, el supremo valor al que ha de conformarse todo.

La lujuria es otra pasión desordenada de importancia capital en el proceso de rebelión contra la Iglesia. En sí, ella induce al libertinaje, convidando al hombre a hollar toda ley y a rechazar como insoportable todo freno. Sus efectos se suman a los del orgullo, suscitando en la mente humana toda especie de sofismas capaces de minar en su interior el propio principio de autoridad.

Por eso, la tendencia que despiertan el orgullo y la sensualidad se dirige hacia la abolición de toda desigualdad, de toda autoridad y de toda jerarquía.

Dos procesos opuestos: la Fe convida al amor hacia la jerarquía; la corrupción, al igualitarismo anárquico

Claro está que estas pasiones desordenadas, aun cuando el hombre capitule ante ellas, pueden encontrar en un alma, o en el espíritu de un pueblo, contrapesos representados por convicciones, tradiciones, etc.

En ese caso, el alma, o la mentalidad del pueblo, queda dividida en dos polos opuestos: por un lado la Fe, que invita a la austeridad, a la humildad, al amor de todas las jerarquías legítimas; y, por otro lado, la corrupción, que convida al igualitarismo completo, anárquico en el sentido etimológico de la palabra. Como se verá dentro de poco, la corrupción acaba por inducir a la duda religiosa y a la negación completa de la Fe.

La mayor parte de las veces, la opción entre estos polos no se hace de repente, sino poco a poco. Mediante sucesivos actos de amor a la verdad y al bien, una persona o una nación pueden ir progresando gradualmente en la virtud hasta convertirse por completo. Fue lo que sucedió con el Imperio Romano bajo la influencia de las comunidades cristianas, de las preces de los fieles en las catacumbas y en los yermos, del heroísmo que revelaban en la arena y de los ejemplos de virtud que daban en la vida cotidiana. Es un proceso de ascensión.

Pero el proceso puede ser también de decadencia. Debido al embate de las pasiones desordenadas, las buenas convicciones van siendo minadas, las buenas tradiciones pierden su savia, las buenas costumbres son sustituidas por costumbres picantes, que degeneran en lo francamente censurable llegando, por fin, a lo escandaloso.

Notas
[2] Cfr. Denzinger-Schoenmetzer, 33ª ed., n° 3005
[3] Encíclica Inmortale Dei de 1 de noviembre de 1885, in Doctrina Pontificia, vol. II, p.202. B.A.C., Madrid, 1958.
[4] Alocución al Presidente de la República Italiana, 11 de enero de 1964. Insegnamenti di Paolo VI, Tipografia Poliglotta Vaticana, vol. II. p. 69.
[5] Carta Apostólica Notre Charge Apostolique, de 25 de agosto de 1910, in Doctrina Pontificia, vol. II. p.408. B.A.C., Ma¬drid, 1958.
[6] Le Démon du Midi, vol II, p.375. Plon, París, 1914.

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