El hombre hormiga

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En estos pensamientos, escritos en julio de 1981 y hoy de total actualidad, Plinio Correa de Oliveira describe las raíces psicológicas del relativismo e del igualitarismo, contrarios a la grandeza y a lo sublime, que socavan y demuelen la sociedad contemporánea.

 

 El hombre hormiga

 

Conozco el caso de un antiguo agricultor paulista, señor de grandes cafezales y de una espaciosa mansión; cuadrilátero con dos pisos, puerta al centro y ventanas de guillotina iguales a lo largo de toda la fachada. Ningún ornamento externo. El agricultor, según el estilo tradicional, era también abogado y político.

 

Familia unida, títulos de propiedad seguros, tierra de primera, casa firme, colonos sumisos, vecinos pacíficos, nada faltaba al sosiego de aquel laborioso agricultor. Pero un adversario inopinado le atacó, en la médula, el feudo tan sólido. En la médula, digo, pues irrumpió inopinadamente dentro de la propia casa. Y – aún más sorprendente – ese adversario venía de abajo para arriba. Era un solo adversário? No, más exactamente millares. Talvez millones. Pequeños, conquistando terreno a los milímetros, en el silencio, desapercibidos, dominaron el subsuelo, mientras encima, en la casa, el agricultor y su familia trabajaban, comían, bebían, dormían y se divertían. Um bello día, unos pocos irrumpieron en el repostero. El agricultor los mato y ordeno una investigación. El percibió que ya eran numerosos al punto de ser inútil cualquier resistencia. Las hormigas – pues eran ellas – habían construido por todo el subsuelo un laberinto tan vasto que inútil seria destruirlo. Para resumir la historia, el agricultor se mudó, la casa quedó abandonada, el cafezal comenzó a ser invadido. Ese agricultor, que juzgaba nada temer de cualquier potentado, fue arruinado por esos millares de adversarios pequeños, oscuros y silenciosos.

 

* * *

 

Me acorde de esto cuando comencé a escribir el presente articulo. Pues el tema sobre el cual quería escribir era el triunfo de los homúnculos en la sociedad moderna.

 

Por homúnculos entiendo aquí los hombres de espíritu pequeño, que caben, cada cual por entero, en uno de los mil alvéolos de la vida cotidiana. Los que quieren una vida hecha por la banalidad de cada día. Para los cuales ayer fue incoloro, inodoro e insípido, como hoy es y como mañana será. El oxigeno que respiran es la banalidad. El placer de las cosas está esencialmente en la repetición.

 

Para homúnculos así, incómodo es todo cuanto es grande, venerable por la antigüedad o magnífico por el futuro que abre; todo, en fin, que sale de las dimensiones cotidianas: holocausto, valentía, genialidad, delicadeza, “exquise”, infortunios trágicos, e tantas otras cosas. Es preciso acabar con todo esto. Con todos los que son así, o que algo de eso se refleje en su espíritu, en sus maneras, su lenguaje, su modo de ser o su conducta.

 

Las incontables mudanzas ocurridas en nuestro siglo, en casi todos los dominios de la vida, constituyen victorias de los homúnculos, pues ellos siempre diminuyen algo o alguien. La sociedad humana se va aficionando cada vez más al gusto de las almas-hormiga. Lo que tiene como conseqüência que las almas grandes se sienten, en este mundo minado en torno de ellas, como mi agricultor. Quien hoy aspira a cualquier forma de grandeza, máxime de la  virtud, o se disfraza, o sobre el se precipitan inmediatamente las hormigas salidas de los vastos y obscuros subterráneos de la mediocridad. Y lo expulsan para las regiones de la incomprensión, de la indiferencia y del aislamiento, en las cuales la mediocridad reduce a vivir cuantos no caben en los padrones de ella.

 

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Veo en este gigantesco fenómeno socio-patológico, en esa insurrección universal de los homúnculos contra los que los sobrepasan, una de las causas del entreguismo de Occidente. El homúnculo, el hombre hormiga, detesta a lucha más que todo. Esta acarrea grandes esfuerzos, solo entusiasma a las grandes almas, ocasiona la fulguración de grandes desgracias. El hombre hormiga lucha, por eso, contra todas las formas de lucha. Singular batalla, que el trava cediendo, huyendo (para abajo, bien entendido), capitulando: dejándose hasta aplastar, se no hubiera otra solución.

 

A esta familia de almas pertenecen los incondicionales del ecumenismo. Temiendo el acceso a las disputas entre las religiones, el hombre hormiga quiere fundir todas en una sola pan-religión, más o menos atea. Para el hombre hormiga, todas las creencias y todas las descreencias deben confundirse en el mismo ralo del ecumenismo.

 

Por la misma razón, el hombre hormiga está listo a dar de barato su patria, como hace  con sus creencias. Al enemigo, el prefiere no lo ver. Si es obligado a verlo, lo imagina en vías de conversión: desestalinisado, de cara humana, transformado en pacato (e ambiguo…) socialismo. Si el enemigo penetra en los sectores políticos del país, el le sonríe, y lo rotula de “para-frente” e “en el  viento”. Si se infiltra en los medios católicos, cualifícalo análogamente de “progresista”. Cuando el enemigo crece tanto que se torna amenazador, el hombre hormiga proclama irreversible al peligro, y tienta, como medio termino, una estrategia de “convergencia”, inspirada en el lema “se van los anillos y quedan los dedos. Y, por fin, si el enemigo, después de tomados los anillos, exige los dedos, el hombre hormiga susurra: “se van los dedos y queda la vida”.

 

* * *

Pero, todas esas concesiones, el hombre hormiga solo las hace a la izquierda. Toda  su acción silenciosa e inexorable, de infiltración, de corrosión, de erosión, el la hace en la derecha y en el centro, donde acostumbra instalarse. Y, entonces no cede, no huye, no converge, el mina.

 

Por quê? Detestando todo cuanto es elevado, noble y harmoniosamente desigual, para el hombre-hormiga, cuanto más igualdad mejor. Es para una igualdad totalmente rasa, totalmente plana, para allá van sus anhelos pacifistas. Rumbo al comunismo, o al anarquismo.

 

Vivimos en una época de revolución. Es una cosa banal decirlo. De la revolución de los hombres hormiga, contra todo cuanto tenga cualquier grandeza…

 

Plínio Correa de Oliveira

“Folha de S. Paulo”, 11 de julho de 1981

 

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