La IV Revolución

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La IV Revolución

                                                                                              Revolución y Contra-Revolución
1ª edición peruana, julio de 2005(*)

 

La IV Revolución, si bien incluye también el aspecto político, es una revolución que a sí misma se califica de “cultural”, o sea, que abarca grosso modo todos los aspectos del existir humano. (Postfacio de 1992, p. 173)

 

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IV REVOLUCIÓN Y TRIBALISMO: UNA EVENTUALIDAD

 

¿Cómo? Es imposible no preguntarse si la sociedad tribal soñada  por las actuales corrientes estructuralistas-tribalistas da una respuesta a esta indagación. El estructuralismo ve en la vida tribal una  síntesis ilusoria entre el auge de la libertad individual y del colectivismo consentido, en la cual este último acaba por devorar la libertad.

En tal colectivismo, los varios “yo” o las personas individuales, con su pensamiento, su voluntad, su sensibilidad y sus modos de ser, característicos y discrepantes, se funden y se disuelven, según ellos, en la personalidad colectiva de la tribu generadora de un pensar, de un querer, de un estilo de ser densamente comunes.

Evidentemente, el camino rumbo al estado de cosas tribal tiene que pasar por una extinción de los viejos cánones de reflexión, volición y sensibilidad individuales, gradualmente sustituidos por modos de pensamiento, deliberación y sensibilidad cada vez más colectivos. Es en este campo, por tanto, donde debe darse principalmente la transformación.

¿De qué forma? En las tribus, la cohesión entre los miembros está asegurada, sobre todo, por un pensar y sentir comunes, del cual derivan hábitos comunes y un querer común. En ellas, la razón individual queda circunscrita a casi nada, es decir, a los primeros y más elementales movimientos que su estado atrofiado le consiente. “Pensamiento salvaje”, pensamiento que no piensa y se vuelve sólo hacia lo concreto. Tal es el precio de la fusión colectivista tribal. Al hechicero le incumbe mantener, en un plano místico, esta vida psíquica colectiva, por medio de cultos totémicos cargados de “mensajes” confusos, pero “ricos” en fuegos fatuos o hasta en fulguraciones provenientes de los misteriosos mundos de la transpsicología o de la parapsicología.

Por medio de la adquisición de esas “riquezas” el hombre compensaría la atrofia de la razón. De la razón, sí, otrora hipertrofiada por el libre examen, por el cartesianismo, etc., divinizada por la Revolución Francesa, utilizada hasta el más exacerbado abuso en toda escuela de pensamiento comunista, y ahora, por fin, atrofiada y hecha esclava al servicio del totemismo transpsicológico y parapsicológico…

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Estructuralismo – tendencias pre-tribales

 

Sea como fuere, en la medida en que se vea en el movimiento estructuralista una prefigura —más exacta o menos, pero en todo caso precursora de dicha Revolución—, determinados fenómenos afines con él, que se generalizaron en los últimos diez o veinte años, deben ser vistos, a su vez, como preparatorios y propulsores del propio ímpetu estructuralista.

Así, el desmoronamiento de las tradiciones indumentarias de Occidente, corroídas cada vez más por el nudismo, tiende obviamente hacia la aparición o consolidación de hábitos en los cuales se tolerará, como mucho, el cinturón de plumas de aves de ciertas tribus, alternado, donde el frío lo exija, con ropajes más o menos a la manera de los usados por los lapones.

La rápida desaparición de las fórmulas de cortesía sólo puede tener como punto final la simplicidad absoluta (para sólo emplear ese calificativo) del trato tribal.

La creciente ojeriza a todo cuanto es raciocinado, estructurado y metodizado sólo puede conducir, en sus últimos paroxismos, al perpetuo y fantasioso vagabundeo de la vida de las selvas, alternado, también él, con el desempeño instintivo y casi mecánico de algunas actividades absolutamente indispensables para la vida.(RCR: Tercera Parte – Veinte años después)

 

La aversión al esfuerzo intelectual, en especial a la abstracción, a teorizar, al pensamiento doctrinario, sólo puede inducir, en último análisis, a una hipertrofia del papel de los sentidos y de la imaginación, a esa “civilización de la imagen” acerca de la cual Pablo VI juzgó un deber advertir a la humanidad. .(RCR: Tercera Parte – Veinte años después)

 

Son sintomáticos también los idílicos elogios, cada vez más frecuentes, a un tipo de revolución cultural generadora de una futura sociedad post-industrial, aún mal definida, y de la cual el comunismo chino sería —conforme a veces es presentado— un primer destello. (RCR: Tercera Parte – Veinte años después)

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Una contribución sin pretensiones

 

Bien sabemos cuánto los cuadros panorámicos como éste, por su naturaleza vastos y sumarios, son pasibles de objeciones en muchos de sus aspectos. Necesariamente abreviado por las limitaciones de espacio del presente capítulo, este cuadro ofrece su contribución sin pretensiones para las reflexiones de los espíritus dotados de aquella osada y peculiar finura de observación y de análisis que, en todas las épocas, proporciona a algunos hombres prever el día de mañana.

 

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La oposición de los banales

 

Los otros harán, a ese propósito, lo que en todas las épocas hicieron los espíritus banales y sin osadía. Sonreirán y tacharán de imposibles tales transformaciones, porque éstas son propias a alterar sus hábitos mentales. Porque ellas son aberrantes al sentido común, y a los hombres banales el sentido común les parece la única vía habitual del acontecer histórico. Sonreirán incrédulos y optimistas ante esas perspectivas, como León X sonrió a propósito de la trivial “querella de frailes”, que fue lo único que consiguió discernir en la I Revolución naciente. O como el feneloniano Luis XVI sonrió ante las primeras

efervescencias de la II Revolución, las cuales se le presentaban  en espléndidos salones palaciegos, mecidas a veces al son argentino del clavicordio, o luciendo discretamente en los ambientes y en las escenas bucólicas a la manera del Hameau de su esposa. Como

sonríen, aun hoy, optimistas, escépticos, ante los manejos del risueño comunismo post-staliniano, o las convulsiones que presagian la IV Revolución, muchos de los representantes —y hasta de los más altos— de la Iglesia y de la sociedad temporal en Occidente.

Si algún día la III o la IV Revolución dominaren la vida temporal de la humanidad, acolitadas en la esfera espiritual por el progresismo ecuménico, lo deberán más a la incuria y colaboración de estos risueños optimistas profetas del “sentido común” que a toda la saña de las huestes y de los servicios de propaganda revolucionarios. ¡Extraños

profetas éstos, cuyas profecías consisten en afirmar invariablemente que “nada ocurrirá”!

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Tribalismo eclesiástico — Pentecostalismo

 

Hablemos de la esfera espiritual. Por cierto la IV Revolución también quiere reducirla al tribalismo. Y el modo de hacerlo ya se puede notar claramente en las corrientes de teólogos y canonistas que tienen en vista transformar la noble y ósea rigidez de la estructura eclesiástica, tal como Nuestro Señor Jesucristo la instituyó y veinte siglos

de vida religiosa la modelaron magníficamente, en un tejido cartilaginoso, muelle y amorfo, de diócesis y parroquias sin circunscripciones territoriales definidas, de grupos religiosos en los que la firme autoridad canónica va siendo substituida gradualmente por el ascendiente de los “profetas” más o menos pentecostalistas, congéneres ellos mismos de los hechiceros del estructuralismo-tribalismo, con cuyas figuras acabarán por confundirse. Como también con la tribucélula estructuralista se confundirá, necesariamente, la parroquia o la diócesis progresista-pentecostalista.

La “desmonarquización” de las autoridades eclesiásticas En esta perspectiva, que tiene algo de histórico y de conjetural, ciertas modificaciones de suyo ajenas a ese proceso podrían ser vistas como pasos de la transición del statu quo pre-conciliar al extremo

opuesto aquí indicado. Por ejemplo, la tendencia a la colegialización como el obligatorio modo de ser de todo poder dentro de la Iglesia y como expresión de cierta “desmonarquización” de la autoridad eclesiástica, la cual ipso facto quedaría, en cada grado, mucho más condicionada que antes al escalón inmediatamente inferior.

Todo esto, llevado a sus extremas consecuencias, podría tender a la instauración estable y universal, dentro de la Iglesia, del sufragio popular, que en otros tiempos fue adoptado a veces por la Iglesia para llenar ciertos cargos jerárquicos; y, en un último lance, podría

alcanzar, en el cuadro soñado por los tribalistas, una indefendible dependencia de toda la Jerarquía con relación al laicado, presunto portavoz necesario de la voluntad de Dios.

De la “voluntad de Dios”, sí, que ese mismo laicado tribalista conocería a través de las revelaciones “místicas” de algún brujo, gurú pentecostalista o hechicero; de modo que, obedeciendo al laicado, la Jerarquía supuestamente cumpliría su misión de obedecer la voluntad del propio Dios.

(*) El texto aquí publicado, es una montaje con transcripciones textuales de diferentes trechos sobre el tema que figuran a lo largo del libro.

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