Un mundo raro

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José Alfredo Jiménez es un personaje que vale la pena conocer, se dice que no sabía absolutamente nada de música, ejerció diferentes oficios y murió antes de los 50 años producto de su alcoholismo. Sin embargo, es autor de las que, para mí, son las mejores canciones mexicanas del siglo XX, allí están “el rey”, “la media vuelta”, “si nos dejan”, “no me amenaces” y “un mundo raro”, todas interpretadas por los cantantes más famosos de habla hispana, hasta el mismísimo Luis Miguel.

Como todo artista excepcional, Jiménez era capaz de traducir al lenguaje de los sentimientos las pulsiones más primarias del ser humano, entre ellas, la existencia de un mundo arcádico, en que no hay sufrimiento y el amor es una realidad que se alcanza solo por el hecho de quererlo. Pero, consciente que tal mundo no existe, él lo llama un mundo raro, ese en el que no se sabe del dolor y en el que nunca se llora.

Con frecuencia me parece que algunos políticos viven en ese mundo, pues demandan medidas con convicción de profeta, pero rechazan sus efectos naturales. La pandemia que sufrimos ha sido pródiga en ejemplos: con la misma energía que exigen cuarentena total, reclaman que no haya desempleo y que no bajen los salarios; demandan la continuidad de los servicios básicos, pero promueven proyectos de ley para que no se cobre por ellos; exigen atención para todos, pero se escandalizan por el arriendo del espacio para instalar parte de las camas que se necesitan.

Lamentablemente, en el mundo real tenemos que asumir las consecuencias de lo que sucede, el virus traerá el mismo dolor que está causando en los países a los que llegó antes, perderemos personas queridas, tendremos una recesión económica, se perderán puestos de trabajo y muchas empresas quebrarán. La norma que establece que, habiendo fuerza mayor, el trabajador está eximido de prestar sus servicios y el empleador de pagar la remuneración protege al trabajador, pues si se aplicara la regla general procedería el despido. La obligación del empleador deriva de la prestación de los servicios; si no hay tales servicios, no hay causa que haga exigible el pago.

Obviamente esto es doloroso y es injusto, porque a veces es injusta la vida misma, por eso es bueno el proyecto de acudir excepcionalmente al fondo de cesantía, suspendiendo la relación laboral, obligando al empleador a pagar solo las cotizaciones y permitiendo al trabajador acudir a ese subsidio transitoriamente. Así, empresas y trabajadores tienen un alivio respecto de las alternativas propias del mundo real, que son la quiebra y el desempleo.

Pero algunos políticos nos dicen que no es necesario elegir, que se puede vivir en un mundo raro, en que no hay costos, no se conoce el dolor y nunca se llora.

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