Sobre héroes y tumbas

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Escribir una gran novela tiene un valor incalculable, pero, además, dar con un título que anticipe su profundidad amplifica el talento de la prosa. En Sobre héroes y tumbas, Sábato anuncia en el título la profundidad de la reflexión que viene. Los héroes encarnan los valores que sostienen una sociedad; en las tumbas se representa el juicio a nuestra historia. Los personajes de la Ilíada expresan el ideal de los antiguos griegos y basta visitar la tumba de Napoléon para comprender la vocación nacional de Francia.

Cuando un pueblo deja de tener héroes comunes y de peregrinar a las mismas tumbas es que se ha fracturado y que el quiebre se interna en sus entrañas. Es muy distinta una sociedad plural, con diferentes proyectos que postulan la mejor manera de realizar ideales comunes; con otra en que coexisten grupos que disputan en medios y en fines. En este segundo caso, incluso la democracia es amenazada, porque ella es una buena forma de resolver las disputas sobre los medios, siempre que exista acuerdo respectos de los fines.

Recientemente han hecho noticia dos delincuentes: el asesino de Jaime Guzmán, que logró eludir la justicia por el asilo que le dio Francia; y el asesino del cabo de Carabineros Osvaldo Reyes Reyes, de 28 años, que gracias a la prescripción de la pena pudo volver a Chile impune. Ambos se fugaron de la cárcel donde cumplían condena, en el famoso escape en helicóptero, y sobre ambos se ha tejido un aura de aventureros, “personajes de película”, cuya proeza es la impunidad alcanzada venciendo el poder formal de la sociedad y de sus normas. Casi todas las notas de prensa referidas al regreso del homicida del cabo Reyes hablan solo de que éste dio muerte “a un carabinero”, una persona indefinida que no merece siquiera el recuerdo de su identidad. Es que un cabo de Carabineros no es una víctima “cool”.

Así, como en el título de la novela de Sábato, los chilenos nos enfrentamos a dos “héroes” y a dos tumbas. Para mí, los héroes son los que murieron injustamente, uno por sostener sus convicciones en el debate público, en las instituciones democráticas; el otro, por cumplir su juramento de defender la ley hasta rendir la vida si fuere necesario. Para otros, parecen ser los fugados, los que escatimaron la justicia, los que sonríen con el puño en alto y expresión de triunfo.

Creo -y quiero creer- que todavía somos amplia mayoría los que admiramos al mismo tipo de héroes y honramos las mismas tumbas, pero el silencio ominoso sobre el nombre del cabo Reyes, esa frivolidad de algunos para convertir al delincuente en aventurero, y darle un germen de heroísmo, es una campanada de alerta. Algo se está fracturando nuevamente; se atisba en los héroes y las tumbas.

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