Sobre el libro La Crítica al Discurso de los Derechos Humanos

0 377

Dice G. K. Chesterton en el primer capítulo de su obra Herejes:

“Supongamos que se produce en la calle una gran agitación por alguna cosa, digamos por un farol de gas que muchas personas de influencia desean hacer desaparecer. A un fraile franciscano, que es el espíritu de la Edad Media, se le pide opinión sobre el particular, y él empieza a decir en la forma árida de los escolásticos: «Consideremos ante todo, hermanos míos, el valor de la Luz. Si la Luz es buena en sí…» Al llegar a este punto, lo echan, algo disculpablemente, al suelo. Toda la gente quiere ganar el farol, el farol queda derribado en diez minutos, y todos se felicitan mutuamente por su practicidad nada medieval. Pero resulta que después las cosas no marchan tal fácilmente. Algunos habían derribado el farol porque querían la luz eléctrica; otros, porque necesitaban hierro viejo; otros, porque deseaban la obscuridad, porque sus actos eran malvados. Algunos no dieron suficiente importancia al farol, otros le dieron demasiada; unos actuaron sólo porque querían inutilizar un servicio municipal, los demás por destruir algo. Y se produjo la guerra en la noche, dándose palos de ciego. Así, gradual e inevitablemente, hoy, mañana o el día siguiente, vuelve la convicción de que el fraile franciscano estaba al fin y al cabo en lo cierto, y que todo depende de cuál es la filosofía de la Luz. Sólo que aquello que habríamos podido discutir a la luz del farol de gas, ahora vamos a tener que discutirlo en la oscuridad.”

Vivimos tiempos oscuros. La posmodernidad nos sitúa en un horizonte absurdo. Y esa atmósfera algo lúgubre, fría, solitaria, disolvente, es el escenario presente donde se discursea –pues no se discurre- sobre los derechos humanos.

No fue siempre así. Siglos atrás, en la cristiandad latina, la filosofía de la Luz iluminaba todos los ámbitos de la vida en comunidad: la familia, el trabajo, los gremios, la autoridad y su ejercicio. Sin caer en la melancolía de un pasado estético, y aun considerando las inevitables imperfecciones de lo humano y las limitaciones de la contingencia, existía orden, un orden luminoso. Pero vino la Revolución.

La Revolución tuvo y tiene un objetivo claro y premeditado: dejar al hombre a oscuras y en soledad, desligado de todo lazo humano, de toda relación oblativa, de toda experiencia tradicional, de todo atisbo de normalidad, de toda subordinación al ser y al deber.

El proceso fue inteligentemente planificado y ejecutado: una verdadera reingeniería política y social que, vestida de ángel de luz, fundada en abstracciones ilustradas, de la mano de la violencia, sirviéndose del derecho como instrumento de poder, logró subvertir el orden vigente en Occidente.

Numerosos fueron los artilugios y sofismas utilizados; entre ellos destaca un discurso particular; rimbombante, grandilocuente, incuestionable, axiomático, sofista: el discurso de los derechos humanos, la principal herramienta para la construcción –previa destrucción- de un mundo sin Dios.

El libro que tengo el honor de presentar, del profesor Julio Alvear, nos enfrenta al problema del discurso de los derechos humanos, desde una perspectiva jurídica –en cuanto las proclamas de libertad e igualdad universales no coinciden con las exigencias de justicia en concreto-; desde una perspectiva política –mostrando como el Estado moderno, hijo de las declaraciones racionalistas y emancipadoras de los derechos del hombre, concentra la totalidad del poder y sus limitaciones no son más que las que él mismo decida darse en representación de la soberanía de una nación donde unos son más iguales que otros-; y desde una perspectiva metodológica –en que los derechos son abstracciones ideales y utópicas, meramente ideológicas, muy distantes de la ciencia de lo justo y lo injusto que siempre es encarnada en la realidad de la persona en relación; en que el ius clásico es sustituido por la facultad subjetiva; en que deseos y aspiraciones, por ser tales, se revisten de exigibilidad jurídica-.

El autor realiza un profundo y acabado análisis de los antecedentes históricos, jurídicos y filosóficos de la génesis y desarrollo del discurso revolucionario de los derechos humanos. La obra se estructura en 7 capítulos:

En primer lugar destruye el mito de que los derechos humanos hayan logrado limitar el abuso del poder en los estados constitucionales, mostrando que, al contrario, la concentración de todo el poder en el estado moderno, desligado de toda norma trascendente y distinta de la voluntad general contractualista, se tradujo en violencia, muerte, abuso y, principalmente, en secularización anti cristiana, disfrazada de una neutralidad que jamás fue ni será neutra.

Segundo, destaca que desde sus orígenes, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 fue cuestionada por quienes acertadamente vieron en la Revolución un esfuerzo demiúrgico destinado a romper todas las ataduras del hombre con algo distinto de su simple autonomía. Continúa, en tercer lugar, mostrando los efectos próximos de la Revolución analizando las sucesivas normas constitucionales que la abrazaron, como la violencia y represión contra los que osaron resistirse al Leviatán del Estado laico.

En cuarto y quinto lugar analiza los talismanes de la Igualdad y Libertad abstractas, desde sus presupuestos filosóficos, sus problemas lógicos y jurídicos, realizando un acabado examen del principio de igualdad ante la ley, el principio de no discriminación y, por otra parte, de las libertades modernas de pensamiento y de expresión, y de conciencia y religión. Critica el liberalismo filosófico fundado en la libertad negativa o de coacción, que reduce el libre albedrío o libertad “para” la consecución del fin último del hombre a una mera libertad “de” obstáculos exteriores que dificulten o impidan el autónomo desarrollo de la personalidad, sin mayor horizonte que la inmanencia materialista y pragmática que subordina la existencia a la eficiencia económica guiada por una mano invisible cuyo tacto mágico confirma que unos son más iguales que otros.

Con lo anterior, y en sexto lugar, conecta las libertades modernas antes referidas con el derecho público cristiano a partir del análisis crítico de las fuentes de la Declaración Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II.

Finalmente, en séptimo lugar, revela cómo es que los derechos humanos han constituido una herramienta para la Revolución desde el denominador de la filosofía de la emancipación ilustrada.

Es que el proceso revolucionario, como vemos a lo largo de toda la obra, es en realidad la concreción temporal de “la expulsión del principio teocrático, la ruptura con la Iglesia, con Jesucristo, con Dios, con todo reconocimiento, con toda injerencia y con toda apariencia de la idea de Dios en la sociedad humana”. Es a partir de ello que la idea del Estado se abre paso, enfrentando la autoridad espiritual del papado, la que se pierde, junto con su jurisdicción, a partir de la Reforma protestante; es a partir de ello que, gracias al racionalismo y la Ilustración, surge la idea del individuo soberano que se hace a sí mismo sin referencias ni dependencias; es a partir de ello que “avanza” el retroceso de la religión en la esfera pública, como proyecto inequívoco de reivindicación de una “metafísica de la autonomía” que excluye la vigencia social de la fe y, de este modo, legitima al Estado laico y dogmáticamente neutro –no neutro-, cuya manifestación paradigmática no es el Estado ateo sino el democrático y liberal; proceso, a fin de cuentas, que Rafael Gambra califica como auténtica apostasía que destruye todos los lazos comunitarios, y que De Maistre y Correa de Oliveira consideran que tiene un carácter auténticamente satánico.

De lo dicho hasta aquí podrá pensarse que la obra tiene un marcado énfasis religioso. Tal juicio sería errado. Pienso que se trata de un libro cabal en que no se disocia lo que en la realidad está unido: el derecho, la moral, la política y la historia, la que no se explica ni entiende ocultando el lugar de la Iglesia y el cristianismo.

El análisis que el autor nos entrega de estos sucesos y sus causas se inscribe en lo que él denomina la lectura no progresista –y no simplemente conservadora-, por su carácter no condescendiente con la utopía emancipadora del proceso revolucionario y la retórica sofista y quimérica –según la expresión de León XIII- de los derechos humanos.

Desde tal mirada, la crítica, a mi juicio, es lapidaria, confirmando aquella enseñanza de Aristóteles en el Libro primero de la Retórica, que dice: “el argumento conforme a la verdad y la justicia es naturalmente de razonamiento mejor tramado”. En efecto, la trama argumentativa es completa, realizada a partir de fuentes históricas, desde un conocimiento filosófico profundo, fundado en el ser, con aquella erudición que no se jacta de sí misma sino que, con humildad y franqueza, comparte la verdad conocida como efecto natural de la difusividad del bien y, más importante aún, que no esconde la luz de la fe que lo inspira.

A lo largo de todo el libro se recuerda aquella frase de Cervantes: la pluma es lengua del alma: “cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos…” Es que no pude sino notar un agudo dolor en el autor al decir, con rigor y fundamento, las verdades que problematizan la ortodoxia de lo políticamente correcto, derribando mitos ampliamente difundidos y aún vigentes, sobre todo en el derecho constitucional, como el de la supuesta inexistencia de la Contra-Revolución. Ese dolor, a mi entender, no proviene de respetos humanos sino de un profundo amor a la verdad y al bien, de la fidelidad a Cristo y a Su Iglesia, quienes en el orden temporal han sido las “víctimas” principales del proceso revolucionario, arrastrando consigo a la persona.

Sin perjuicio de lo ya dicho, confieso que a lo largo de mi lectura, mientras más argumentos leía sobre los hitos del proceso revolucionario, más echaba en falta una explicación unitaria del por qué. El libro nos muestra el qué, cómo, cuándo y para qué en el discurso de los derechos humanos. No es sino hasta el último capítulo, además de una notable cita de Donoso Cortés en la página 123, en que llegamos al quid de la cuestión: el proceso revolucionario es rebelión del hombre contra Dios, es la respuesta a la tentación primigenia: “y seréis como dioses…”, es la desordenada aspiración de recrearlo y dominarlo todo, ex novo, desde cero. Es el engaño y ceguera de la pretendida autosuficiencia del soberbio, lo cual me lleva a pensar en la relación que existe entre esta causa y el hecho indesmentible de que el proceso revolucionario, en todo tiempo y lugar, ha sido promovido por una minoría burguesa para su propio beneficio.

Por otra parte, no debe pensarse que este libro desprecia el discurso de los derechos humanos sin distinguir. Distingue, distinguiendo bien, reconociendo que si se leyeran desde el orden del ser, o desde el sentido común, podrían ser interpretados y aplicados conforme a las exigencias de la justicia. Sin embargo, para no pecar de inocencia, el autor advierte que esta interpretación normalmente termina despreciada pues así como en la realidad no es posible conocer a cabalidad un efecto sino a partir de sus causas, así también los derechos humanos se leen desde la filosofía de la emancipación y el racionalismo que son sus padres.

De ahí que, por ejemplo, la justicia constitucional fundada en el paradigma de los derechos humanos, en el dogma de la soberanía y de la voluntad general expresada en la ley, persiga una igualdad igualitaria y una libertad emancipadora, y se vea atrapada en reivindicaciones de derechos subjetivos en abstracto que entran en conflicto -no podía ser de otro modo- sin más remedio o auxilio que recurrir su “ponderación” en clave nominalista, donde las categorías protegidas no históricas se imponen, indefectiblemente, ante las realidades históricas cuya legitimidad se ancla en la sana tradición social.

Esto permite reconocer el cinismo endémico del discurso de los derechos humanos: bajo su advocación es justo matar directa y deliberadamente a un inocente no nacido; es justo obligar a quien en conciencia se opone a igualmente participar en ese acto; es justo que los niños desconozcan la autoridad paterna; es justo desechar a los enfermos terminales; es justo que los adultos homosexuales tengan los mismos derechos que hombre y mujer unidos en matrimonio; es justo el incesto; es justo que quien no se identifica con su corporeidad y sexualidad biológica sea tratado por todos conforme a su percepción subjetiva; es justo que toda reunión afectiva sea reconocida como familia; es justo congelar y manipular personas humanas indefensas para satisfacer los deseos de terceros o de la ciencia; es justo usar el cuerpo de otro como un simple medio; es justo realizar todo lo que la ley, como declaración de la voluntad soberana, no prohíba; es justo, en consecuencia, el enriquecimiento de uno a costa del empobrecimiento del otro pues basta la voluntad exenta de vicios; es justo legitimar las conductas a partir de ellas mismas pues la regla y medida no es otra que la propia autonomía; es justo, en definitiva, que cada cual escriba el guión de su propia vida –como pontifica con recurrencia un conocido columnista- sin más límite que el daño a terceros y lo que disponga la ley.

Pero, curiosamente, el mismo discurso de los derechos humanos considera injusto prohibir los actos contrarios a los antes referidos, e incluso, respecto de varios de ellos, considera injusto pensar y expresar el pensamiento en la dirección contraria. ¿Libertad de pensamiento y expresión? Sí, pero sólo conforme a la ortodoxia dominante. ¿Libertad de conciencia y religión? Sí, también, pero recluida al ámbito estrictamente privado, pues los monoteísmos auto convencidos de su verdad son incompatibles con la razón pública.

Se ve que la retórica de los derechos humanos es servil y funcional a una sola agenda. No existe neutralidad. No existe imparcialidad. No existe igual consideración y respeto, ni siquiera al mismísimo Dworkin. Como dice Villey, los derechos humanos son falsas promesas cuya abstracción los convierte en “irreales, impotentes, indecentes, indeterminados, inciertos e inconsistentes”, salvo, claro está, que quien los reclame e invoque suscriba la direccionalidad unívoca y maniquea del pensamiento revolucionario, y pertenezca o represente a una minoría que repite, con fórmulas y consignas diversas, el mantra de la Igualdad y la Libertad.

En síntesis, la lectura de esta obra lleva de modo contundente a la siguiente conclusión: los derechos humanos son herramientas de la revolución y, así, son creadores de injusticias.

El autor, hacia el final de la obra, nos advierte que el proceso revolucionario no ha concluido. Nos encontramos, dice, en la mutación post marxista, en la era de la disgregación y reivindicación imperiosa de lo anómalo, donde la hermenéutica de los derechos humanos es abierta y directamente subversiva de todo lo normal y natural. G. K. Chesterton lo advirtió en 1905, en el último capítulo del libro ya citado:

La gran marcha de la destrucción mental proseguirá. Todo será negado. Todo se convertirá en credo. Es una postura razonable negar los adoquines de la calle; será dogma religioso afirmar su existencia. Es una tesis racional que todos pertenecemos a un sueño; será sensatez mística asegurar que estamos todos despiertos. Se encenderán fuegos para testificar que dos y dos son cuatro. Se blandirán espadas para demostrar que las hojas son verdes en verano. Permaneceremos en la defensa, no sólo de las increíbles virtudes y de la sensatez de la vida humana, sino de algo más increíble aún, de este inmenso e imposible universo que nos mira a la cara. Lucharemos por sus prodigios visibles como si fueran invisibles. Observaremos la imposible hierba, los imposibles cielos, con un raro coraje. Seremos de los que han visto y, sin embargo, han creído.”

Esta Crítica a los derechos humanos nos permite comprender con lucidez cómo hemos llegado, a través de lo que el autor, siguiendo a Ayuso, denomina “subversión metafísica, a invisibilizar los prodigios visibles y evidentes” del orden natural y moral anterior al Estado, de la solidaridad familiar y asociativa, del hombre de carne y hueso en relación con sus semejantes; nos explica cómo se ha llegado a defender lo indefendible y, peor aún, por qué hoy resulta indefendible el mismo sentido común.

En efecto, la obra nos muestra el proceso por el cual el racionalismo ha devenido en total irracionalidad, aquella del hombre incapaz de reconocer que lo más radicalmente suyo, su acto de ser, es lo más radicalmente dado: participado gratuitamente por Dios. La exclusión de Dios es la pérdida del fundamento. Esta es la subversión metafísica. Un mundo sin Dios es un mundo contra el hombre, por más cautivadora que resulte la experiencia de proclamar y consagrar sus derechos al son del canto de sirenas que esconden la utopía y la ideología.

Otra novela de Chesterton, “La esfera y la cruz”, aplica a la perfección en este punto: ésta abre con un diálogo entre un científico (profesor racionalista) y un monje de nombre Miguel. Ambos viajan en globo y chocan contra la cúpula de la Catedral de san Pablo, presidida por una esfera y una cruz. El profesor aprovecha para hacer un discurso sobre los dos símbolos: la esfera, símbolo de perfección; la cruz, de contradicción y paradoja, lo llamado a ser superado. El discurso del científico se cierra con un reproche al arquitecto de la catedral por haber puesto los dos símbolos de un modo inverso al que les correspondería: la cruz debería estar debajo y la esfera encima, como lo perfecto supera a lo imperfecto.

“—¡Oh— dijo el monje Miguel. ¿De suerte que, según usted, en un esquema simbólico del racionalismo la esfera estaría encima de la cruz?

—Eso resume por completo mi alegoría— dijo el profesor.

—Bien; todo esto es ciertamente muy interesante —contestó Miguel muy despacio—, porque, a juicio mío, en tal caso, vería usted el efecto más singular, efecto a que generalmente han llegado todos los sistemas potentes y hábiles que el racionalismo, o la religión de la esfera, ha producido para guía o enseñanza de la humanidad. Vería usted, creo yo, ocurrir una cosa que es siempre la salida lógica de ese sistema lógico.

—¿De qué estás hablando? —preguntó el científico—. ¿Qué sucedería?

—Que la esfera se caería”.

El libro que presentamos muestra con claridad la salida lógica del sistema lógico de los derechos humanos, de la religión de la esfera: la caída de nuestro mundo que ha pretendido erigirse no sólo por sobre la cristiandad sino, más bien, prescindiendo de ella.

Finalmente, cabe advertir que este libro no entrega soluciones. Es una crítica. Sin embargo, al final, en lo que el autor denomina un cierre personal, nos sugiere un camino para soportar el agobio… dice él para las horas de estudio…, pero que yo interpreto como el modo de volver la mirada a lo esencial, a lo que vale por sí mismo y no por su utilidad; nos recuerda, de modo sutil pero inequívoco, la radical primacía de la contemplación sobre la praxis, sea o no revolucionaria; nos invita a la contemplación de la belleza: a invocar a la Madre de Dios. Dostoievski proféticamente exclamó que la Belleza salvará al mundo, y es cierto: Nuestra Señora, en Fátima, ya nos dijo que su Inmaculado Corazón triunfará.

Por ello, si bien esta Crítica a los derechos humanos nos enfrenta sin anestesia a la oscuridad postmoderna, a la grosera irracionalidad de los sacrosantos derechos del hombre como instrumentos para realización de actos injustos, para la validación de situaciones injustas y, desde ellas, para la consolidación de estructuras injustas -estructuras de pecado, como advertía San Juan Pablo II en Evangelium Vitae (cuya memoria celebramos hoy)- asimismo nos recuerda, como dijimos con Chesterton al inicio, que “todo depende de cuál es la filosofía de la Luz”…

En tal entendido, y realizando también un cierre personal, al terminar la lectura de este libro recordé aquella extraordinaria obra de León Bloy, “La mujer pobre”; concluyo esta presentación repitiendo las palabras finales de la bienaventurada Clotilde -la mujer más sufrida del mundo- que, para mí, son -como dijo Chesterton- “el farol cuya influencia no debe desaparecer”; son la síntesis de la filosofía de la Luz que debe iluminar y llenar de entusiasmo y esperanza nuestro caminar por este mundo extraviado donde el hombre herido, por una Misericordia infinita e inmerecida, ya fue redimido: “sólo existe una tristeza, es la de no ser santos”.

Querido Julio, muchísimas gracias por esta magnífica obra.

Ayúdenos a llegar a miles de personas como usted.