Sin crecimiento, cero acuerdo

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El dilema económico entre bienestar ahora y bienestar a futuro es lo que distingue a la centroizquierda de la centroderecha. La centroizquierda -que desea igualdad pronto- se preocupa del ahora: mejores sueldos, menos horas de trabajo y mejores pensiones, entre un montón de otras demandas. Y están urgidos: debe ser ahora. ¿Cómo se financia eso? Con más impuestos, en particular a las empresas, que son las que más utilidades tienen y sus dueños son los más ricos.

La centroderecha, en cambio, cree que lo que pide la centroizquierda se puede lograr con más ahorro y más inversión, pero más adelante: ahorro, inversión productiva, traerán crecimiento, y así, más adelante -sin más impuestos- se llega a lo mismo que plantea la centroizquierda. Cuando las economías crecen es posible encontrar buenos acuerdos entre la centroizquierda y la centroderecha. Todos ceden un poco y ganan un poco.

Pero cuando no hay crecimiento, la discusión entre la centroizquierda y la centroderecha se endurece. El reparto de la torta es duro. No hay forma de entenderse. Y si la cosa se alarga, toman vuelo y espacio político las tendencias extremas y las fuerzas centrifugas de la sociedad. Recuerden el Chile mediocre de los 50 y 69 que llevó a la UP, y ésta derivó en el gobierno militar. La no resolución de los problemas económicos de Alemania entre guerras produjo al nacionalsocialismo. Y en casi toda Europa aparecieron líderes carismáticos, golpes militares y movimientos extremistas: Italia, Hungría, Polonia, y la más triste, España.

Pero en medio del caos apareció un destello de esperanza para las democracias y el modelo de mercado: Lord Keynes. En su famoso libro The General Theory of Employment, Interest and Money propone que si el sector privado deja de invertir (malas expectativas, desanimo, deflación) y se acaba la eficiencia de la política monetaria -la trampa de la liquidez-, el gobierno debe endeudarse, y hacer lo que el sector privado no está haciendo: invertir en proyectos interesantes y rentables.

Lamentablemente, los seguidores de Keynes trivializaron el rol de la inversión pública, confundiéndola con “gasto fiscal”. La rentabilidad ya no importaba; lo importante era gastar. Y así, en vez de invertir en infraestructura, muchos países se dedicaron a gastar, sin el menor interés en la rentabilidad del gasto. La magia de la receta de Lord Keynes desapareció.

Cuando los países crecen poco y hay un peligro de polarización política, hay baja inversión y desánimo entre los empresarios; esa “brecha” se puede cerrar endeudando al Estado para que éste realice proyectos de inversión rentables a largo plazo: carreteras, aeropuertos, embalses y puertos. Pero también -con la prudencia del caso- inversiones públicas bien hechas resultan un éxito, como es el caso de EE.UU. con el “new deal”, y la Alemania de Adenauer. Ese plan de inversiones públicas con deuda prudente sí puede lograr un acuerdo político similar al que resulta del crecimiento. Evitando la polarización y el estancamiento económico.

 

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