Seis tesis sobre el conflicto mapuche

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1.- Es un tema de nuestro tiempo; no surgió de la historia de Chile como pecado único y definitivo. No hay persona, país o civilización que no esconda alguno en lo recóndito de su conciencia, condición básica de la existencia. En lo básico, el conflicto existe porque en el mundo estos debates surgieron con el fin de la Guerra Fría y revierten por aquí. No se trata de una planta criolla u “originaria”, sino de temáticas de la modernidad, ya sean serias o fashionables .

2.- El grueso de la población mapuche se fundió con la sociedad mestizo-criolla, en un proceso que se inició en los siglos coloniales. Una minoría, que conserva elementos sustanciales de una tradición precolombina -lengua, religión en parte, usos culturales-, es la que vive en La Araucanía, pero en lugares donde al menos desde hace siglo y medio interactúa con una muy amplia mayoría mestizo-criolla, que también merece protección y respeto de la nación toda frente al intento de efectuar una limpieza étnica con ellos.

3.- La expansión -imparable hasta ahora desde los 1990, bajo todos los gobiernos- de una rebelión larvada, agitando grietas reales como siempre las hay en la sociedad humana y que se deben tratar como tal, prosigue la tradición del conflicto de (muy) baja intensidad en comparación con lo fulminante de las guerras entre ejércitos, y se le debe tratar como tal. Sin embargo, si toda guerra solo puede tener una solución racional si se la orienta a un objetivo político, los conflictos de este tipo “irregular” son más políticos todavía. Eso sí, atención a esto, que muchas veces estas revueltas buscan que la acción de la autoridad provoque víctimas en medio del enredo factual y emocional de las bataholas; para no pisar el palito, como para no creer en el “buen salvaje” oprimido.

4.- En estas páginas se han dado buenas ideas para una política de largo plazo. Sin embargo, no creo que sea de mucha utilidad seguir el modelo de Nueva Zelandia (lo conozco poco), Australia o Canadá (hay críticas), donde economías desarrolladas se permiten mantener a poblaciones indígenas en un limbo de seguridad. Quizás solo son una mera modernización de las antiguas “reducciones” del XIX. Cuestionable, entre otras razones porque es una vida de la cual no surge la espontaneidad de la sabiduría de la sociedad primigenia; se parece más bien a una utopía del pasado, mecánica, fabricada; y porque la atención actual -lo global que revirtió en estas costas-, que tiene algo de “onda”, como tantos fenómenos de la historia, puede desvanecerse en pocas décadas y ser sustituida por otras ondulaciones que dejarán a estas poblaciones a la intemperie, desprovistas de la habilidad para insertarse en su entorno, única fuente de donde puede emerger una creación particular.

5. El traspaso de tierras ha sido un sonoro fracaso. No existe consigna más mendaz, ya que, más allá de una suma de casos puntuales que se podrían discutir, el problema no reside allí. Además, desde hace ya mucho tiempo la tierra no alcanza para todos, aquí o en cualquier parte; el amor a la tierra y la cultura que de ella emana no van a provenir de la propiedad de este o aquel número de hectáreas. Surgirá de un cultivo del espíritu, de la educación por el respeto a la naturaleza, por la inteligencia y energía en organizarnos, etcétera.

6.- La fuente del furor se condensa en el estribillo de “deuda histórica”, falacia acatada cual consigna, exacerbando las grietas del presente. Como en el caso con Bolivia, hay que repetir aquello de que reparar el siglo XIX destruye al siglo XXI. Mejor emprender el largo camino de construir una coexistencia e integración fecunda, que no es tarea imposible.

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