¿Secreto de confesión?

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SEÑOR DIRECTOR
Los abusos cometidos por clérigos han puesto en tela de juicio el secreto de la confesión. ¿Debe la ley civil obligar a un sacerdote a denunciar a una persona si toma conocimiento de un delito grave a través de su confesión, como la ha establecido la Cámara? El tema merece reflexión.
En una sociedad laica y plural se deben respetar la libertad de conciencia y la libertad religiosa. Así lo establece la Constitución. Esas libertades, en el catolicismo, se materializan en la confesión mediante el cual el creyente narra sus pecados a un ministro de culto que lo absuelve bajo ciertas condiciones y, como contrapartida, está obligado por el Derecho Canónico (Canon 983) a guardar secreto inviolable sobre lo que le fue confiado. Si se rompiera o resquebrajara la discreción se pondría término a uno de los sacramentos de la religión católica. ¿Quién iría a confesarse sabiendo que el cura puede revelar sus ilícitos morales o legales? Santo Tomás afirma que lo que un sacerdote conoce por confesión es como si no lo supiera. Si lo viola queda excomulgado (Canon 983).
Además de la garantía constitucional nuestra legislación asimila el secreto de confesión al secreto de carácter profesional, que tienen por ejemplo los médicos, abogados, sicólogos y periodistas. En el caso de los médicos su deber de silencio viene desde el juramento de Hipócrates del siglo IV AC. Luego el secreto de confesión se asimiló al del médico. La razón de ser del sigilo es resguardar un ámbito de intimidad de las personas, que solo ellas pueden revelar libremente. Si por necesidad física o moral se acude a un profesional y se le cuenta conductas que pueden ser incluso reprochables, ese profesional debe guardar secreto sobre las mismas. En el caso de la confesión no hay ninguna excepción.
¿Qué sería de la libertad de expresión sin el secreto de la fuente de la información que ampara al periodista? ¿O de la defensa en juicio si el abogado defensor debiera denunciar a su cliente? Todo parece indicar que el secreto profesional – y con mayor razón el de confesión – debe ser mantenido. Esperemos que el Senado tenga un criterio diferente al respecto.
José Antonio Viera-Gallo

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