Roberto de Mattei habla de la conferencia ¿Adónde vas, Iglesia Católica?

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El renombrado historiador y erudito Roberto de Mattei se encuentra actualmente en los EE.UU. para hablar en la Conferencia Las armas de nuestra milicia, entre el 6 y el 8 de abril en Deerfield (Illinois). Bendan Young, director de la web Catholic Family News, entrevista al profesor De Mattei con relación al simposio Iglesia Católica, ¿adónde vas?, celebrada hoy sábado 7 de abril en Roma.

Dr. De Mattei, hoy se ha celebrado en Roma un encuentro con el nombre de Iglesia Católica, ¿adónde vas?, para tratar de la crisis que la afecta. En ella han participado varios cardenales. ¿Qué nos puede decir de este simposio?

Por encontrarme este fin de semana en Estados Unidos, no he tenido oportunidad de participar en el encuentro de Roma, pero puedo decir que me gustó mucho la reciente entrevista en la que el cardenal Burke afirmó que estamos viviendo una situación intolerable, y que es lícito criticar al Papa cuando difunde errores y herejías. A mí me parece que se ajusta a la línea de la corrección filial que muchos todavía esperan, pero no debemos pensar que este gesto en sí resolverá la crisis de la Iglesia. La causa de dicha crisis no está en el papa Francisco. Es el producto de un proceso de autodemolición que tiene sus raíces en el modernismo, en la Nouvelle théologie, en el Concilio Vaticano II y en la era posconciliar. Sólo un análisis serio de la naturaleza de esta crisis nos permitirá encontrar la situación adecuada, sin olvidar que la situación es tan grave que únicamente una intervención extraordinaria de la Gracia divina la puede remediar.

 

Muchos creen que ya no se puede hacer nada más que esperar esa intervención divina…

Desde luego, es Dios, y nadie más que Dios, quien guía la historia y efectúa transformaciones en ella. Ahora bien, Dios exige la cooperación de los hombres, y si los hombres dejan de actuar, la Gracia divina también cesará. En este sentido, considero que uno de los mayores peligros es cierta actitud de catacumbismo que se está extendiendo en círculos católicos.

 

¿Qué quiere decir con eso de catacumbismo?

Como expliqué hoy en mi conferencia Tu es Petrus: la verdadera devoción a la cátedra de San Pedro,el catacumbismo es la actitud de quienes se retiran del campo de batalla y se esconden creyendo engañados que podrán sobrevivir sin luchar. El catacumbismo consiste en rechazar un concepto combativo del cristianismo.  Rechazar este concepto combativo es aceptar el principio de irreversibilidad del proceso histórico. Mediante el catacumbismo se pasa inevitablemente al progresismo y el modernismo. Los catacumbistas oponen la Iglesia constantiniana a la Iglesia minoritaria y perseguida de los primeros siglos. Pero Pío XII, en su discurso a Acción Católica del 8 de diciembre de 1947, rechaza esa teoría, y explica que los católicos de los tres primeros siglos no eran catacumbistas sino vencedores.

Existen vocaciones al silencio, como las de los numerosos monjes y monjas contemplativos. Pero los católicos, desde los pastores hasta el último de los fieles, tienen el deber de dar testimonio de la Fe con sus palabras y con su ejemplo. San Atanasio y San Hilario no se quedaron callados ante los arrianos, ni San Pedro Damián guardó silencio ante los corruptos prelados de su tiempo. Santa Catalina de Siena no calló ante los papas de su época. En tiempos recientes hemos visto ejemplos de otros que hablaron y no guardaron silencio, como Clemens August von Galen, obispo de Münster , ante el nazismo, o el cardenal Josef Mindszenty, primado de Hungría, ante el comunismo.

 

Usted también ha hablado de la estrategia del silencio…

Hoy en día existe una estrategia del silencio como alternativa a la lucha. Un silencio que nos predispone al disimulo, la hipocresía y la rendición final. Día tras día, mes tras mes, año tras año, ala política del silencio se convierte en una cárcel que encierra a muchos conservadores. En este sentido, el silencio no es sólo un pecado de hoy sino también un castigo por los pecados de ayer. Actualmente, los que han callado durante muchos años son prisioneros del silencio. Mientras que los libres son quienes a lo largo de los últimos cincuenta años han hablado sin pelos en la lengua negándose a transigir, porque la verdad nos hace libres (Jn. 8,32).

 

Entonces, ¿cuándo debemos hablar?

Hablar significa, ante todo, dar testimonio público de la propia fidelidad al Evangelio y a las inmutables verdades católicas, denunciar los errores que se les oponen. En tiempos de crisis, la regla a seguir es la propuso Benedicto XV contra los modernistas en la encíclica Ad Beatíssimi Apostolorum Principis, del 1º de noviembre de  1914: «Nada se innove sino lo que se ha transmitido»: nihil innovetur nisi quod traditum est. La Sagrada Tradición sigue siendo el criterio para discernir lo católico de lo que no es católico y poner    de manifiesto las notas visibles de la Iglesia. La Tradición es la Fe de la Iglesia que los pontífices han mantenido y transmitido a lo largo de los siglos. Pero la Tradición tiene preeminencia sobre el Papa, y no el Papa sobre la Tradición.

Por tanto, no basta con hacer una denuncia genérica de los errores que se oponen a la Tradición de la Iglesia. Es preciso que demos a conocer el nombre de quienes en el seno de la Iglesia profesan una teología, una filosofía, una moral o una espiritualidad que se opongan al Magisterio perenne de la Iglesia, sea cual sea el cargo que ocupen. Y hoy en día debemos reconocer que el propio Papa promueve y difunda errores y herejías dentro de la Iglesia. Necesitamos el valor para decirlo, con toda la veneración debida al Sumo Pontífice. La verdadera devoción al Papado se manifiesta en una actitud de resistencia filial, como la de la Corrección filial que se elevó al papa Francisco en 2017.

En la actual crisis, a toda profesión de fe y declaración de fidelidad que no tenga en cuenta la responsabilidad del papa Francisco le falta fuerza, claridad y sinceridad. Necesitamos el valor para decir: Santo Padre, vuestra santidad es responsable de la confusión que reina hoy en la Iglesia; Santo Padre, vuestra santidad es el primer responsable de las herejías que circulan actualmente en la Iglesia. El mayor, pero no el único responsable. La responsabilidad hay que ampliarla aplicándola a quien se engalana con el título de Papa emérito, que declara la continuidad entre este pontificado y el anterior, en aquel quien es la causa de este pontificado: Benedicto XVI.

 

¿Qué piensa del Papa Emérito?

Tenemos que dar las gracias a Sandro Magister y otros vaticanistas por haber desenmascarado la manipulación mediática llevada a cabo por monseñor Dario Viganò dando crédito a una inexistente apoyo del papa Francisco por parte de Benedicto XVI. Un enredo en el que la víctima (Benedicto XVI) es presentada por algunos comentaristas ultraprogres como culpable de interferir en asuntos pontificios. Más grave aún que el asunto de la famosa carta es que la opinión pública y los medios que la moldean vean como algo normal la existencia simultánea de dos papas. A mi modo de ver, la mayor responsabilidad de esta situación sin precedentes cabe a Josef Ratzinger que, como señaló el cardenal Brandmüller tras el anuncio de la renuncia, debería haber abandonado el nombre de Benedicto XVI y la sotana blanca y haberse ido del Vaticano. Su presencia en éste ha dado lugar a una confusión objetiva, haciendo creer que es posible la coexistencia de dos pontífices, cuando sólo uno puede ser el Vicario de Cristo en la Tierra.

La decisión de Benedicto fue consecuencia de las raíces progresistas de su eclesiología, que recalca la potestad de orden, en sí indeleble, sobre la de jurisdicción, que es en cambio revocable. En realidad, el papado no es un cuarto nivel del sacramento de las órdenes mayores (por encima del diaconado, el sacerdocio y el obispado), sino un cargo de gobierno, cuya naturaleza unitaria definió el propio Jesucristo. ¿Qué tiene de sorprendente que en semejante situación Francisco no reivindique firmemente su munusobligando a Benedicto a abandonar el Vaticano, cosa que fácilmente podría haber hecho? Si esto no sucede, la explicación no está en la necesidad de que Francisco tenga el respaldo de Benedicto, sino en que la eclesiología bergogliana va un paso más allá de la ratzingeriana, porque quiere la existencia de un colegio pontificio formado por dos papas, quién sabe si tres o cuatro en el futuro, que dialécticamente ejercerían funciones diversas. La consecuencia inevitable sería la desaparición del primado petrino. Temo que sea esa la conversión del Papado deseada por el papa Francisco.

 

¿Qué cree que debemos hacer en esta coyuntura?

Como dije en mi conferencia, creo que debemos reducir al mínimo indispensable la cohabitación eclesiástica de los pastores que demuelen la Iglesia o contribuyen a su demolición. Puse el ejemplo de una separación conyugal. Si un padre contraviene la ley ejerciendo violencia física contra su mujer y sus hijos, la esposa, aunque reconozca la validez del matrimonio y no pida la anulación, puede solicitar la separación a fin de protegerse y proteger a sus hijos. La Iglesia lo permite. Dejar de vivir juntos habitualmente significa en este caso distanciarse de las enseñanzas y prácticas de los malos pastores, negarse a participar en los programas y actividades que promueven.

Pero no debemos olvidar que la Iglesia no puede desaparecer. Por consiguiente, es necesario apoyar el apostolado de los pastores que se mantengan fieles a las enseñanzas tradicionales de la Iglesia, participar en sus iniciativas y animarlos a hablar, actuar, y guiar a la desorientada grey.

Es hora de apartarnos de los malos pastores y asociarnos a los buenos, dentro de la única Iglesia en la que también conviven, en un mismo terreno, el trigo y la cizaña (Mt. 13,24-30). Y tener presente que la Iglesia es visible y no se puede salvar sola apartada de sus legítimos pastores.

Y si aun así el Vicario de Cristo es infiel a su misión, el Espíritu Santo no dejará de asistir ni por un momento a su Iglesia, en la que, en momentos de apartamiento de la Fe, un resto, aunque pequeño, de pastores y fieles seguirá siempre observando y transmitiendo la Tradición, confiando en la divina promesa: «Yo con vosotros estoy todos los días, hasta la consumación del mundo (Mt. 28,20).

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