Renuncie, hágalo por Chile

0 193

Cristián Valenzuela

Abogado.

El 10 de septiembre de 1973, un diario titulaba de manera muy categórica “Renuncie, hágalo por Chile”, en un llamado explícito al Presidente Salvador Allende para que dejara su cargo en el contexto de la crisis política, social y económica que vivía el país. Luego de 1.000 días y una legitimidad severamente cuestionada, el gobierno de la Unidad Popular llegaría a su fin producto de un país que iba en picada: una economía estaba en el suelo, la inflación por las nubes y el estado de tensión social era insoportable.

46 años después, Chile vive una nueva crisis. Pero no es tan solo una crisis política, crecientemente social y más que probablemente económica; sino que, más allá de cada una de estas categorías, es una crisis de violencia. Durante los últimos 25 días, Chile ha sido asolado por actos vandálicos graves que buscan alterar significativamente la marcha del país. A la quema intencional de estaciones de metro y el saqueos de supermercados y tiendas, se han sumado centenas de negocios, bancos, farmacias e iglesias. Hoy el país amanece tomado por pequeños grupos que se imponen en avenidas principales y carreteras, que mediante el fuego o a la amenaza, buscan que millones de chilenos no puedan llegar a su trabajo o que, previo pago de una donación “voluntaria” o una performance artística, tengan que humillarse frente a la delincuencia para poder circular por las vías.

Es una crisis política, porque nuestra actual clase política ha sido incapaz de responder a las verdaderas demandas de la gente y ha priorizado su propia agenda personal, por sobre los intereses de los ciudadanos. Un gobierno sin rumbo, que cual montaña rusa de decisiones, avanza tres pasos y retrocede veinte en la correcta interpretación del fenómeno que se presenta en la calle. Una oposición inconexa, que en la búsqueda de un relato común para poder volver a conquistar el poder, se exculpa de todos los males del vilipendiado modelo chileno y se mimetiza con los agitadores y violentistas para imponer sus propias agendas programáticas. Una izquierda radical que, capturada por la agenda de activistas y vándalos, vuelve a sus orígenes y renuncia a la democracia representativa como el camino para resolver las diferencias, seducida por el atajo inaceptable de la rebelión civil y de la violencia como mecanismo de usurpación del poder.

Es también, crecientemente, una crisis social. No por los miles que están marchando en las calles o concentrándose en los sitios icónicos, sino que por esos millones que, con legítimas demandas y portadores de graves injusticias, siguen tratando de hacer sus vidas, con cargas aún más pesadas que hace 4 semanas. Día a día, millones de chilenos hemos visto nuestras vidas interrumpidas y cual olla de presión, vamos acumulando frustraciones y desesperanza, al ver que ni el gobierno ni los actores políticos son capaces de devolvernos la normalidad.

Es, finalmente, la siembra de una crisis económica evidente, que golpeará con fuerza nuestros índices de crecimiento, aumentará radicalmente el desempleo y dejará a cientos de emprendedores en las calles. Chile despertó -dicen algunos-, pero despertó de su sueño de convertirse en un país desarrollado para ir transitando lentamente hacia una pesadilla. La estabilidad que prometíamos no era tal y el oasis, sólo un espejismo de nuestra soberbia y la falta de capacidad de adaptar un modelo exitoso a las necesidades contemporáneas de la gente más humilde.

Pero ninguna de estas crisis va a tumbar a este Gobierno, porque las medidas adoptadas en materia política, social y económica sí van a la médula de nuestros problemas. Mejor representación política, mayores restricciones al Congreso para aliviar el desprestigio político; ofertones sociales en pensiones, remuneraciones y gastos varios, para aliviar el descontento social; un impulso tributario y un acuerdo presupuestario rápido, para dar una señal de normalidad económica. Todas medidas que han sido tomadas en estos tiempos de emergencia y que, cual liquidaciones de supermercado, han sido imperceptibles para la mayoría de la población e ignoradas por aquellos que solo gozan con la violencia extrema y cuyo único incentivo es el caos permanente.

Por eso, Presidente, y desde esta humilde tribuna le pido: Renuncie, hágalo por Chile. Pero no renuncie al gobierno ni siga resignando sus convicciones; no renuncie a su programa de gobierno ni a las promesas que llevaron a millones de chilenos a apoyarlo; no renuncie a su compromiso de defender a Chile y de garantizar la paz y la seguridad de todos los chilenos. Al contrario, renuncie a seguir tolerando que el vandalismo se tome nuestras calles y destruya nuestras ciudades; renuncie a soportar que unos pocos anti-ciudadanos se crean en el derecho de coartar nuestro libre tránsito o la libertad de la que tanto nos jactábamos hace solo un mes; renuncie a dejar que en Chile la cobardía de una capucha, sea más poderosa que la legitimidad del deber que cumplen nuestros Carabineros.

Escribió Vicente Huidobro en medio de la crisis de 1925, “En Chile necesitamos un alma, necesitamos un hombre en cuya garganta vengan a condensarse los clamores de tres millones y medio de hombres, en cuyo brazo vengan a condensarse las energías de todo un pueblo y cuyo corazón tome desde Tacna hasta el Cabo de Hornos el ritmo de todos los corazones del país”. Ya no somos 3,5 sino más de 18 millones de chilenos que necesitamos un alma y un hombre (o una mujer), que sea capaz de condensar las energías del verdadero pueblo y conducir el país hacia el destino que hemos forjado y que nos merecemos. ¿Es usted, Presidente? Si es así, renuncie a todo lo que hoy le está impidiendo gobernar y asuma el desafío histórico que en esta hora se le presenta.

Déjanos tu opinión

Leave A Reply

Your email address will not be published.