Reaccionarios

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En tiempos como los que corren, suele hablarse de reaccionarios, pero a modo de diatriba, sin comprender qué función cumplen. Y eso que surgen, no porque sean aberraciones, sino por la misma razón que la tercera ley de Newton entra a operar independientemente de si contraría o no nuestras expectativas sobre cómo funciona cualquier movimiento que altere equilibrios previos (“A toda acción se opone siempre una reacción contraria e igual”). Es decir, llega a producirse una revolución, y no tendrían por qué no aparecer quienes la cuestionan y resisten, habiendo motivos suficientes. Es de toda lógica.

Ahora bien, que se les califique de retrógrados, opuestos a todo progreso, evolución o reformas, es histérico. La Inglaterra de Burke fue cuna de la reacción después de 1789. La misma Francia posterior a 1815, y ya antes con Bonaparte, enmendó su rumbo evitando el despeñadero, gracias a que a maximalismos y a ultristas desbocados se les contuvo. Así y todo, el curso histórico moderno no cesó. Los anti-modernos son también modernos (hay un excelente libro de Antoine Compagnon al respecto por si hubiese dudas). Reaccionarios fueron Chateaubriand, Balzac, Baudelaire, Nietzsche, Eliot, Pound… Es más, el mundo que Metternich diseñara permitió cierta paz en Europa durante cien años. Nada que avergüence a reaccionarios.

Hasta progresistas, como Albert O. Hirschman, reconocen un trasfondo sensato en la manera de pensar de reaccionarios. Tres serían las tesis que esgrimen: (1) Las mejoras sirven, pero, perversamente, en dirección opuesta a lo que se desea cambiar. (2) Intentos de transformación simplemente fracasan, no producen el efecto propuesto. (3) El costo en cambiar es demasiado alto, puede que haga peligrar logros alcanzados. El análisis que hace Hirschman (The Rhetoric of Reaction, 1991) tiene el mérito de que los toma en serio, no los tilda de simples fanáticos, ciegos o fóbicos.

¿A qué voy con este alcance? Bien simple. La historia es más compleja. Los progresistas y revolucionarios suelen caer en posibilismos que el curso posterior desmiente. Un estado revolucionario permanente no es concebible. Tarde o temprano entran a operar fuerzas de reacción y represión, incluso de mano de liberales, para poder contener y reestablecer un orden mínimo. Sea que las revoluciones fallan, se negocia, debe consolidarse lo obtenido, o cierta necesidad de equilibrio es inevitable. Esto siempre y cuando no se trate de una civilización que se desintegra, escenario apocalíptico que no ocurre a causa de meras revoluciones. Lo otro que me interesa resaltar es su realismo y sentido común. Haga el siguiente ejercicio: use el término reaccionar como verbo, derivado de accionar, y evite su uso como sustantivo (reacción) o adjetivo (reaccionario), y verá que el fenómeno se entiende mucho mejor.

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