RD y su eclipse

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¿Qué explica el espectáculo que ha estado dando Revolución Democrática con su exigua votación (8% del padrón interno, 0,012% del universo nacional posible)? Es bueno confirmarlo con datos duros, pero no se ha producido nada que no supiéramos. RD se reduce a un clique, un aparato directivo (Jackson-Crispi et al.) que maneja este movimiento desde antes de que se fundara en 2012, sobre todo táctico, especialista en crear focos y producir efectos.

Espectáculos anteriores -el aprovechamiento de cargos en la Municipalidad de Providencia y en el Mineduc con una lealtad no ejemplar- muestra cómo lo suyo, tarde o temprano, desemboca en una máquina de poder reacia a pactar con otros grupos, incluso de izquierda. Lo que más importaba en esta elección, al parecer, era ratificar a su oficialismo.

En realidad, viene sucediendo en RD algo muy sintomático, crónico, coincidente con el izquierdismo en general. Y, ahí, lo afirmado por Mark Lilla de la U. de Columbia, desde la izquierda norteamericana clásica espantada con el radicalismo adolescente actual, cobra relevancia. Calza con lo de RD: que nos estaríamos moviendo a “una democracia sin demócratas”, aunque se desgasten predicando democracia. En la izquierda activista predominan fuerzas centrífugas dedicadas a marcar diferencias (“alientan facciones cada vez más pequeñas, obsesionadas con un solo asunto”, mediante alardes de superioridad ideológica). En cuatro corrientes se dividiría RD hoy (Jackson y Crispi liderando dos de ellas). Convocan, pero circunstancialmente, y, cuánto más puristas, no a muchos.

Y está, además, lo del narcisismo, el estar permanentemente autocontemplándose. Cuando recién montaron el partido escribí en una columna que semejaban ser voluntaristas tautológicos, hare krishna obsesos con repetir “oms”, sin que se les conociera idea original alguna; tampoco a los autónomos, sus aliados en matrimonio de conveniencia, que actualmente hace aguas (la expresión es de Lilla). El ensimismamiento ha recrudecido: se muestran agotados en el Congreso, sienten que la institucionalidad frustra sus logros, manifiestan dudas existenciales para con la política, se hacen acompañar con muñecos de trapo para despertar empatía hacia su “yo” dañado, falto de sueños, proyectando los peores vicios de la política universitaria a la nacional. Igual, al país le cuesta trimestralmente más de $90 millones para que voten solo tres mil personas de posibles 42 mil.

Según Mark Lilla, en The Once and Future Liberal (2018), “la época de la política de movimientos ha terminado, al menos por ahora”. Como todo eclipse, fenómeno predecible, volverán a producirse, aunque sin variaciones. Un grupo que en su inauguración el año 2012 eran 400, y asciende hoy a tres mil personas divididas, es porque no han crecido mucho en todo sentido.

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