Rasgando vestiduras

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La semana pasada nos referíamos al informe de los jesuitas condenando y disociándose de Renato Poblete para salvar la orden religiosa. Una defensa cerrada, corporativa, se vuelve a apreciar en la respuesta de autoridades de la Universidad de Chile, con ocasión de la golpiza ejercida por encapuchados en el Campus Juan Gómez Millas (JGM) a un hijo de una diputada de izquierda, quien se hallaba en el lugar haciendo nada, salvo esperar a su polola y jugar con su celular. Según su madre, sacándose una “selfie”, lo que habría desatado la ira de los atacantes a rostro descubierto creyendo que los grababa (el hijo habría identificado a uno de ellos como de la universidad horas después). Por supuesto, la conexión política y parentesco de la víctima fue lo destacado de la noticia (hubo otras víctimas que, amedrentadas, no volverían a clases, pero ese dato pasó a segundo plano).

Más extraño fue lo que siguió. Entran en escena autoridades quienes insisten que “esta es una violencia distinta”: los encapuchados ya no harían barricadas solo afuera del campus, también adentro, y se enfrentarían con estudiantes. El rector Vivaldi ratificará lo dicho. Estudiantes de Ciencias habrían encarado a encapuchados resueltos en querer acabar con la biblioteca y, agregará: “estas personas desconocidas (sic) querían destruir la universidad”. La universidad estaría “bajo ataque y nuestro deber es defenderla”, asimismo de Carabineros cada vez que ingresa al campus, y de quienes desprestigiándola, estigmatizan JGM y ahuyentan a buenos postulantes.

Según Vivaldi, las universidades reflejarían problemas y conflictos a nivel social. No cabría reprimir, ni recurrir a nada parecido a Aula Segura. Sí, instruir sumarios, encargar la investigación a abogadas de Casa Central expertas en abuso y discriminación de género (sic), fomentar la “salud mental” y proporcionar “acompañamiento académico” a alumnos agredidos. En fin, el rector propone reafirmar la autonomía universitaria y que sigamos confiando en su buena voluntad.

Es mucho pedir. La situación lleva más de diez años. No es cierto que la violencia haya cambiado. Ataques a personas no son novedad: a un profesor, Kamal Cumsille, en 2013 casi lo matan en JGM. Se han denunciado actos feroces, algunos criminales: quema de libros de la biblioteca, amenazas de muerte a autoridades de JGM, funas y sesgos en contra de profesores que objetan estas prácticas. Así y todo, oficialmente se ha negado de forma sistemática la participación de alumnos en actos de violencia, y nadie ha sido expulsado por ellos. En ningún momento Vivaldi, además, admite que la politización activista, abierta o solapada, al interior de la UCH, de público conocimiento, pueda estar contribuyendo a un escenario como el actual. Eso lo obligaría a desistirse de ejercer como hasta ahora.

 

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