Proyecto de ley Machuca: un testimonio personal

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Estudié en el Saint George (SG) donde conocí y disfruté de la amistad de muchos compañeros, que entonces les llamaban “integrados” y hoy “Machuca”. Para nosotros eran César, Lucho y el guatón, tenían nombre y apellido. Eran personas de carne y hueso con su dignidad e individualidad, no eran un grupo y cada uno tiene una historia única y distinta. Amigos entrañables, buenos para el fútbol unos y para los combos otros, pero ninguno muy bueno para estudiar. Las mujeres destacaron más académicamente y llegaron hasta el final; los hombres fueron quedando en el camino.

¿Valió la pena?; por supuesto. ¿Nos integramos? En general, solo de lunes a viernes en horario escolar; ¿nos quisimos y respetamos?, de todas maneras. Todavía recuerdo la sorpresa de mis niños cuando echando bencina me abrazo con uno de los bomberos, que ellos no conocían pero yo sí porque compartí mi vida escolar con él. Nuestra integración más que social y económica fue afectiva y emocional.

Yo pienso que la experiencia nos hizo a todos mejores personas. Era un Chile más pobre en que los “ricos”, habríamos sido clase media en cualquier lado. Vivíamos en una ley Pereira (las casitas del barrio alto a las que le cantaba Víctor Jara y que hoy pueblan La Florida, Maipú y Quilicura), jugábamos en la calle y el único viaje que hacíamos era a las Cuevas a comprar chicles “Bazooka”. Convivíamos con la miseria, de hecho la atravesábamos todos los días a orillas del Mapocho para ir al SG.

Recuerdo haber invitado a un par a jugar a mi casa; nunca vinieron. Ellos nunca me invitaron; ignoro las razones pero me las imagino. Me acuerdo de “Lucho”, que estaba en el curso del lado mío, hijo de un carabinero y que el papá lo llevaba en cuca a las fiestas de curso. La entretención era hacer sonar la sirena. Falta ahondar en la historia humana de Machuca. Siempre vende más el contraste con la de Infante, el otro protagonista de la película. La experiencia nos enseña que para que un proyecto de integración sea exitoso hay que trabajar con las familias, si no se corre el riesgo que conocimos en que a una “Machuca” que se integró bien, lo criticaban en su familia por agrandarse.

Algunos simplifican la escala socioeconómica tratándola como una dicotomía en que hay 2 escalones; ricos y pobres; pero la vida nos enseña que esa escala es un continuo de miles de escalones y que se sube de a poco, con estudio, trabajo y algo de suerte. El experimento del SG sirvió a los más para subir un par de escalones y solo a los menos para llegar a lo más alto.

Integrar niños vulnerables a colegios privados es una buena idea pero hay que hacerlo delicadamente, partiendo desde abajo, trabajando con las familias y con respeto para todos. En particular para los “Machuca” que serán minoría. En ellos se debe pensar, cómo integrarlos sin someterlos a un estrés inhumano. Yo recuerdo la cara de mis compañeros cuando recién aprendían a leer y entraron a una clase donde todo era en inglés, escena muy bien retratada en la película de Wood. Y eso que en mi colegio la comunidad los acogió con respeto.

No quiero imaginarme el sufrimiento y ansiedad para un niño de 5 años o un adolescente de 12, sometido al experimento de meterlo a un colegio donde nadie le da la bienvenida. Si esta iniciativa de “ley Machuca” ha de prosperar, debe ser siempre amistosa con el colegio y la comunidad escolar que lo recibe, eso excluye la obligatoriedad y la gratuidad. El costo de la educación de esos niños lo debemos financiar todos los chilenos y no el colegio que lo recibe y menos la comunidad de padres que con esfuerzo paga sus impuestos y además la colegiatura de sus hijos.

Es inaceptable usar niños como peones en el ajedrez de la política y menos como instrumentos; ¡son personas! Son niños de carne y hueso con nombre, dignidad y derechos que deben estar al centro de toda política pública. Esta iniciativa media apurada, busca provocar más que integrar. No es una iniciativa pedagógica, sino política, en que algunos quieren usar la fuerza del Estado, para experimentar con niños ajenos, en colegios de otros y pagados por terceros.

Esta iniciativa media apurada, busca provocar más que integrar. No es una iniciativa pedagógica, sino política, en que algunos quieren usar la fuerza del Estado, para experimentar con niños ajenos, en colegios de otros y pagados por terceros.

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