Portazo al gobierno

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La oposición, esta vez en su conjunto, ha dado un portazo al gobierno, rechazando el pasado lunes la idea de legislar dos proyectos de ley, el que reforma el sistema de pensiones y el denominado “admisión justa”. Se trata de un duro revés para los propósitos del Ejecutivo, al tiempo que una señal respecto a qué podría deparar el futuro en la relación entre ambas partes. El conflicto pareciera estar comenzando a doblegar al acuerdo. El escenario político se ensombrece gradualmente y no resulta claro cuál de los dos bandos en disputa, si es que alguno, puede alentar expectativas halagüeñas.

No es fácil de entender cabalmente qué persiguen las “oposiciones unidas” al adoptar estas decisiones. Tal vez, intentar sumar a la prácticamente inexistente unidad interna. O, quizás, ofrecer una suerte de demostración de fuerza ante su adversario. O, simplemente, darse un gusto. No es descartable que la motivación sea fruto de una combinación de las tres causas anteriores. Lo concreto, sin embargo, es que ellas aparecen embarcadas en un obstruccionismo sin mayor sentido y bastante estéril, al menos para sus intereses. Obligan al gobierno a poner en evidencia, comunicacionalmente ante la ciudadanía, el costo social de tales conductas opositoras y esperar que la cuenta les sea endosada directamente por los electores en las próximas contiendas electorales. Queda la impresión que, de persistir en este empeño, al Presidente y su equipo no les restará mucho más que hacer. Un desenlace de esta naturaleza no alcanzaría a representar ni siquiera un premio de consuelo para el gobierno, al tiempo que se traduciría en una francamente negativa cosecha para la oposición. En fin, un juego de suma negativa: “todos pierden”.

En lo que va corrido de su mandato el Ejecutivo ha cometido errores de manejo. Probablemente el más palmario, aunque no único, ha sido apurarse en hacer concesiones a las demandas de sus contrarios, al punto de casi desdibujar la esencia de sus proyectos. Todo ello a cambio de prácticamente nada. Sus reformas han sido largamente “tramitadas” en el Congreso. El tiempo pasa y se avanza poco en convertir en logros el programa presidencial. Mejor hubiese sido haber hecho el intento con mayor convicción en las ideas propias (votadas favorablemente por la población) y, consiguientemente, haber desnudado tempranamente el tipo de oposición que se estaba enfrentando. Probablemente así se habría perdido menos meses inútilmente y generado una mayor (y legítima) presión popular que hubiese permitido mejores resultados. Dosis excesivas de debilidad y de zigzagueo táctico han facilitado la tarea de unas fuerzas opositoras que parecen tener como máximo ancho de banda “decir que no”.

Eso sí, quien más pierde con toda esta penosa trama es de sobra nítido: Chile, sus ciudadanos, las personas de a pie. Hecho que, casi con seguridad y con razón, contribuirá a seguir ahondando la visión duramente crítica que la opinión pública tiene de los políticos, el Congreso y los partidos.

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