Nuevas beaterías

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No hay caso, la gente no puede no creer en algo. ¿Aunque signifique contentarse con patrañas, prefiriéndolas por encima de devociones que durante dos mil años han levantado catedrales, inspirado tratados teológicos u obras magistrales del arte y del espíritu (e.g. el Stabat Mater de Pergolesi)? En Chile, sí. Según la encuesta CEP, el “mal de ojo”, una superstición a la medida de infelices aterrados con miedos persecutorios, concitaría entre nosotros una convicción “religiosa” más extendida que la creencia en la Virgen. Insólito. Y es que, me perdonarán, pero se echa de menos la Iglesia, la auténtica. Podrá haber generado su cuota de santurronerías, pero sumando y restando, civilizaba; lo que es nuestros baluartes de secularización, que han tomado su lugar, están puro aprovechándose del vacío dejado.

Botón de muestra: el saludo navideño del Archivo Central de la Universidad de Chile, tarjeta postal con foto de 1950 titulada “Niña Mestiza”, niña pobre, acompañada del siguiente mensaje fingidamente enaltecedor: “En estas fechas recordemos que el sentido de la Navidad cristiana fue celebrar el nacimiento de un hijo de inmigrantes buscando un refugio para vivir dignamente. Por un 2019 con justicia y respeto a los derechos humanos”. Fingido, porque es tal el sesgo, la apelación al sentimiento fácil, y falta de rigor histórico que, si no indignaran, habría que obviarlos. Toda Judea se movía por lo del censo decretado, y sus habitantes tuvieron que volver a su lugar de origen (Lucas 2:1-5). No es que María y José migraran en el sentido que se da a entender, lo que a los historiadores del Archivo pareciera darles lo mismo.

Lo agresivo de la postal es que pretendan servirse del credo cristiano burdamente, lo más probable que no creyendo en él (lo digo no siendo cristiano), para forzar un “mensaje”, no que éste se imponga por la sola humanidad invocada. Un tipo de fariseísmo parecido a cuando el Tartufo de Moliere manda guardar su cilicio y disciplinas haciendo galas de ser la personificación de la recta doctrina.

Igual de beato es impedir discursos negacionistas. Es que se parte del supuesto de que es ocioso discutir: se sabría la única versión posible, o estaría ya fijada y amparada por ley, además que por historiadores como los de la postal. Seamos francos, la izquierda no es ninguna fuente de virtud intachable, es famosa por congelar la historia.

Convertirla en seudoreligión, por tanto, es tentarse con posibles nuevas inquisiciones que ya se practican (escraches, troleos, funas, asesinatos de imagen), y en un país, además, en que se le atribuyen poderes al “mal de ojo”. Ahora, que esto sea regresión histórica, ¿alguien lo duda?

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