No es machi

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En su obra Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt dice que “todo juicio público se parece a una representación dramática, por cuanto uno y otra se inician y terminan basándose en el sujeto activo, no en el sujeto pasivo o víctima”. Es verdad, muchas veces sucede que la víctima, o más precisamente su recuerdo, se convierte en un eco lejano y el castigo al criminal deja de ser percibido como parte del acto reparador de la justicia.

Es que la ley y el proceso penal son expresión de los límites valóricos que una sociedad y su cultura determina, a partir de su noción del bien y del mal, tanto sus hechos punibles como las penas que se les asocian. La justicia es instrumento principal de la política -no de los políticos, como algunos parecen creer- en cuanto hace exigible las bases del orden social que esta configura.

Víctima y victimario asumen así los roles principales en la representación de la que nos habla Arendt, encarnan determinados valores y aunque siempre la justicia se imparte a casos particulares en razón de su mérito específico, el tratamiento que la sociedad da a cada uno de esos casos concretos determina la vigencia de los valores que nos animan a vivir de cierta manera.

Nunca podemos olvidar a las víctimas, ni menos permitir que se relativice la agresión que ellos sufrieron y, a través suyo, nuestra manera de vivir.  El delito confiere a sus participantes un rol que los redefine en cuanto miembros de nuestra comunidad; por eso, desde que una sentencia judicial pronunciada en un proceso legalmente tramitado así lo determinó, el matrimonio conformado por don Werner Luchsinger y doña Vivianne Mackay son las víctimas de un homicidio y Celestino Córdova es un criminal.

Para nuestra sociedad, o al menos para la sociedad en la que yo creo, eso es lo que son y no hay menoscabo para los primeros, ni agravio injusto para el segundo, pues esa es la denominación que nuestros valores, la ley y el estado de derecho les han conferido. Por el contrario, olvidar o ignorar a las víctimas, así como conferirle al criminal un estatus social distinto, agrede a los que padecieron el crimen, deslegitima la justicia y relativiza nuestra noción de lo bueno y de lo malo; en este caso, peor aún, relativiza el valor inviolable de la vida.

Para efectos de nuestro orden social quien está en huelga de hambre no es un mapuche, ni un machi, ni menos un “colega” de los médicos, por la sencilla razón que ni los mapuche, ni los machis, ni los médicos tienen la posición social de delincuentes y Celestino Córdova sí.

Espero que el señor Córdova cumpla su condena y no vuelva a delinquir, para que así nuevamente sea socialmente reconocido y tratado como machi, derecho que perdió la madrugada del 4 de enero del 2013 cuando decidió quitar la vida a sus víctimas.

https://www.latercera.com/opinion/noticia/no-es-machi/GFQ672EKAZHLTFJVFGBMBEWJDI/

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