Museotitis

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Por donde se la mire, la idea de un museo de la democracia es pésima. De todo lo que ha trascendido (unas cuantas reuniones, una comisión, un par de nombres) no queda claro en qué se está pensando y cómo se abordará. Con semejante improvisación precipitada no se arma ni siquiera una exposición o seminario, menos un museo.
La oportunidad para lanzar la idea fue inadecuada. Produjo la impresión de que se trataría de una alternativa al Museo de la Memoria tras el “affaire Rojas” en que el gobierno quedó mal parado. Que la memoria corresponda a la izquierda, y la historia a la derecha -así dio a entender una impulsora de la iniciativa- es no comprender la memoria ni la historia. En estricto rigor, esta última no es de nadie en específico; y la primera no es fiable, sea de quien sea.

Tampoco se entiende por qué se obvió al Museo Histórico si el propósito era abordar el quiebre de 1973 y la “transición” posterior. Que en Palacio estén por querer reeditar el consensualismo no desmiente que éste viniera fallando desde los años 90, como muchos lo argumentamos, y luego se confirmara al colapsar la Concertación en 2010. Dicho de otro modo, que un gobierno pretenda montar un museo que reafirme su orientación política resulta impresentable.

Está, además, lo del tema, la democracia, que algunos insisten en confundir con el republicanismo, cuando se puede sostener que éste, en su versión liberal, es su opuesto; en el siglo XIX de todas maneras. En cuanto al XX, el lío más lo que enreda que lo que resuelve. Los socialismos reales (e.g. la RDA), que tuvieron seguidores locales, se decían de sí mismos democráticos; China aún se autodenomina “república popular”. Y si nos atenemos a la regla de la mayoría, hasta nuestra dictadura militar podría pasar por “la voz de los que no tienen voz”, como dijera Pinochet; Rousseau y el jacobinismo -vigentes hoy como nunca- no pudieron haberlo dicho mejor. Por último, sostener que “prácticas políticas”, de hecho liberales, no democráticas per se (e.g. elecciones), revelarían una fe democrática, es tan válido como afirmar que porque se va a misa y comulga se es espiritual.

Obviamente, un museo que pretenda hacerse cargo del pasado no sustituye a la historia, de igual modo que la “memoria” incuestionada de un bando no puede erigirse en la de todos. Se queda corto, no agota el tema. La historia es reflexiva, crítica y revisionista. No admite que se consensue o venere. Nadie afirmaría que ésta convoca y congrega como las banderas (gusto de Piñera), o las muestras o montajes (el término es correcto) referidos a abusos a derechos humanos ONU consagrados. No consuela ni alecciona. No es rabiosa ni entusiasta. Es seria.

 

Fuente:

Museotitis

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