Memoria de un asesino

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La entrevista a Ricardo Palma Salamanca -condenado por el asesinato de Jaime Guzmán y el secuestro de Cristián Edwards, entre otros- publicada en el semanario The Clinic merece un comentario por lo que enseña acerca de la responsabilidad y la memoria.

En la entrevista -realizada por Patricio Fernández y en la que el silencio acerca de los crímenes los subraya con rara elocuencia- Palma Salamanca explica su trayectoria como un fruto de las circunstancias:

“Hubo una determinación por el tiempo histórico que nos tocó vivir y, por otra parte, una determinación familiar. Madre comunista, dos hermanas comunistas. Se almorzaba -cuenta a Fernández- materialismo histórico y se cenaba materialismo dialéctico. Eso hoy me da un poco de molestia. No tuvieron la capacidad emotiva de enseñarme otros caminos posibles”.

Durante toda la conversación, Palma Salamanca esgrime una y otra vez circunstancias, contextos, trayectorias familiares, para concluir confesando que la cultura comunista lo tiene harto por lo intolerante y autoritaria.

¿Es razonable la manera en que Palma Salamanca presenta su propia trayectoria -una hoja movida por el viento de la historia- o hay en eso algo de impostura?

Es obvio, desde luego, que toda vida humana es hija de su tiempo y en algún sentido modelada por las circunstancias. La literatura lo subraya una y otra vez. Sartre dijo que se vive “en situación”; Ortega, que el yo estaba atado a “la circunstancia”; Heidegger, que ser era “ser-en-el-mundo”. Todos los seres humanos, enseñan esos autores, están arrojados a un mundo que no eligieron, que no pudieron deliberar, cuya fisonomía no dependía de su voluntad. Como nadie es su propio fundamento, nadie escoge el mundo en el que le tocará desenvolver su existencia; pero que lo acompañará como una red invisible de la que no será posible escapar. Pero todo esto -que de algún modo dice Palma Salamanca de sí mismo- puede decirse también de quienes fueron sus víctimas.

No se requiere, como se ve, ser marxista para estar de acuerdo con eso.

Sin embargo, del hecho que el ser humano (Palma Salamanca o cualquier otro) desenvuelva su quehacer en un mundo que no puede sacudir de sí y cuya fisonomía no ha elegido, no se sigue que carezca de responsabilidad por sus actos. Si los seres humanos fueran hojas movidas por el viento de la historia, simples marionetas movidas por un hilo invisible, entonces la responsabilidad no existiría. Palma Salamanca no sería responsable de sus crímenes, Jaime Guzmán tampoco lo sería de las ideas que esparció. Víctima y victimario serían peones inconscientes; objetos, no sujetos; pobres actores de un guion que no conocieron, sombras que caminan.

Salta a la vista que ese modo de ver las cosas con que Palma Salamanca quiere justificar su trayectoria no solo lo hermana con los criminales de la dictadura que esgrimen similares argucias conceptuales (y por estos días el mismo argumento para sostener que no han tenido debido proceso por haber sido juzgados en base al sistema inquisitorial), sino que conduce a suprimir la misma idea de individuo cuya dignidad, sin embargo, se dice proteger.

Porque la noción de individuo (de la que emanan los derechos humanos) supone que cada uno tiene siempre la posibilidad de discernir cuál es el curso que su vida habrá de seguir. Es verdad que a veces las circunstancias, la situación, la facticidad constriñen; pero aun así siempre hay una posibilidad de elección antes de apretar el gatillo. A ese magnífico factor de incertidumbre se le llama libertad.

Sartre, quien enseñaba en los mismos cafés y calles por donde hoy transita Palma Salamanca, dijo alguna vez que no importa tanto lo que han hecho del hombre; lo que importa, subrayó, es lo que él hace con lo que han hecho de él (y olvidar esto, dijo, se llama mala fe). Y Ortega llamó la atención sobre que en el español cuando se quiere decir que no hay elección, se dice que se está entre la espada y la pared, o sea, que siempre queda escoger entre la primera y la segunda. Y saber todo eso, opinó Heidegger, es lo que hace auténtica a una existencia.

Por eso, cuando Palma Salamanca recurre a las circunstancias para describir su trayectoria (aunque lo que él hace no parece destinado a justificarse ante los demás, sino ante su propia memoria, que es siempre un testigo insobornable), está, a pesar del agobio que le causa la cultura comunista, esgrimiendo una explicación que ni los peores manuales del materialismo histórico endosarían: la de que las circunstancias históricas son las que aprietan el gatillo del crimen o manejan el cerrojo del secuestro.

Ricardo Palma Salamanca esgrime, en su única entrevista, la peor de las coartadas: el determinismo de las circunstancias. Al hacerlo -además de coincidir con los criminales de la dictadura-, en vez de excusarse, se acusa, puesto que revela una concepción para la cual la libertad y la dignidad humana finalmente no existen.

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