Más que un nombre

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Por Gonzalo Cordero, abogado

La vida organizada en sociedad es muy difícil y mucho más precaria de lo que se piensa; el ideal del mundo desarrollado cubre una parte bastante pequeña del planeta y se puede ubicar apenas en el período que se inicia después de la Segunda Guerra Mundial.

Esta escasez de civilización y prosperidad se debe a que son muchos los factores que deben conjugarse para que ello sea una realidad, al punto que la discusión acerca de la crisis de la modernidad es un hito esencial de cualquier análisis serio de la política actual en Occidente. La modernidad es una forma de civilización basada en reglas, procedimientos fundados en la racionalidad que legitiman las pretensiones sociales.

Así, el estado de derecho y la democracia delimitan los ámbitos en que los seres humanos arbitramos nuestras diferencias, en algunos casos las discrepancias se entregan al debate, para que las personas libremente diriman entre distintos puntos de vista, allí están las diferencias sobre la interpretación de la historia, la política e incluso la religión. Pero hay otras áreas que, por su efecto sobre la dignidad del individuo o su libertad, quedan reguladas con la fuerza coercitiva del Estado.

 Allí donde estos planos se confunden y lo que es propio del debate, aceptándose como legítimas las distintas posiciones, se zanja mediante la fuerza obligatoria del Estado, se pierde la libertad y finalmente la fuerza reemplaza a la racionalidad. Son las sociedades en que existen verdades oficiales, interpretaciones obligatorias de la historia, religiones únicas, son estados que se inundan de categorías como las de los negacionistas, los infieles o los subversivos. Esto -no podemos olvidarlo- ocurre y ha ocurrido así para la mayoría de las personas en la mayor parte del tiempo.

Ante el anuncio de Carabineros de denominar uno de sus planteles de formación con el nombre del General Stange, el diputado Boric dijo que el ministro del Interior “debiera rechazar inmediatamente el homenaje a un integrante de una dictadura militar asesina. Pero Víctor Pérez fue parte y defensor de esa dictadura”. Lo que el diputado nos dice es que Víctor Pérez tampoco es un ciudadano pleno, y no lo es porque, para el diputado, su interpretación de la historia es definitiva, produce efectos civiles.

En el fondo, nos está diciendo que él y los que piensan como él tienen la capacidad de discernir quiénes, de los que pensamos diferente, podemos ser reconocidos como ciudadanos o probablemente excluidos mañana como “negacionistas”; es solo cuestión de tener el poder suficiente. Por eso, cuando desde esa visión de la política nos invitan a construir la casa común, en realidad están pensando en “su” casa, porque es su historia y solo puede ser su sociedad. Claro, todo a costa de mi libertad.

https://www.latercera.com/opinion/noticia/mas-que-un-nombre/XDOFCX22RFB47GY44U7A3374VY/

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