Leyes ideológicas

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Dice Kierkegaard que “El hombre no hace uso casi nunca de sus verdaderas libertades, por ejemplo de la libertad de pensamiento; en cambio como compensación, exige la libertad de palabra.”

Y probablemente tiene razón. Pero no se había enfrentado las leyes ideológicas que ahora nos acechan. Ciertamente las leyes ideológicas no se dirigen contra una expresión, nisiquiera contra la manifestación de esa expresión en un homicidio, por ejemplo.

La ley ideológica no lucha contra un delito sino contra cualquier forma de pensamiento que no acepte la ideología. Por ello comienza por el cambio del lenguaje, pues es la palabra como pensamos, tal como describe Orwell con la neolengua.

Pero la norma ideológica busca algo más, en su afán transformador quiere utilizar la ley para cambiar no sólo el pensamiento, sino también las actitudes. Aplicando el principio revolucionario eso construye sujetos irrecuperables, enemigos. Por eso la norma ideológica muestra una ferocidad donde las diferencias entre moral y derecho se evaporan, y donde hasta la actitud delinque. No se trata de que hayan cruzado la barrera de que el pensamiento no delinque sino que hay capas completas de la población que son delincuentes y deben estar sometidos a los efectos de la nueva ley.

En este punto los actos que se toman como motivo de la supuesta ideología, los actos objetivamente delictivos, no son considerados como el principal objetivo a reducir sino un síntoma que puede invocarse en la acción ideológica. El objetivo está más allá. No se puede invocar la presunción de inocencia frente a la ley ideológica porque no hay nadie inocente. No hay proporción entre el hecho y la represión que se ejerce para reducirlo, si es que las leyes sirvieran para reducir hechos. El objetivo está más allá, es la transformación social, más aún, la construcción de un sujeto nuevo.

Por ello quien se enfrenta a la imposición ideológica comprando la ideología “en lo que pudiese tener razón” se equivoca  profundamente. El síntoma que debemos observar es la brutal reducción de la libertad de expresión, la limitación radical de lo que se puede decir. Todo esto se muestra en la revisión no sólo de lo que se dice sino de lo que se ha dicho, en la brutal expurgación de obras literarias e incluso del habla mas extendida.

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