Lecciones de una toma

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El pasado lunes, antes de ayer, hice mi clase regular de Historia del Derecho en una sala distinta de la habitual: la mía estaba tomada; el viernes anterior perdí dos clases en Viña, ya que decidí quedarme hasta media tarde en mi Facultad, a raíz de la toma que había comenzado esa mañana; el domingo, suspendí mi descanso para acudir al edificio de Derecho de la PUC, amagado por una eventual extensión de la toma. ¿Y el sábado, entre medio? El sábado fue el día de verdadera vida universitaria: junto a dieciséis alumnos recorrimos los cerros de Valparaíso y después almorzamos en una sencilla picada: observaciones, aprendizaje, convivencia.

Así es la universidad, el vaivén es lo suyo. Pero detrás de los vaivenes están las lecciones. ¿Cuáles?

La toma de la Casa Central de la PUC ha ofrecido varias.

En primer lugar, no fueron las mujeres las que invadieron nuestros espacios comunes. Sí, había féminas, pero todos los que pudimos observar lo que pasaba en la toma, vimos también a numerosos y muy barbudos personajes. La toma no fue femenina ni masculina. Ni siquiera una de las voceras sabía lo que era, porque se corregía a cada rato, intentando neutralizar los géneros con un jocoso “nosotres”. Y dicen que estudia Comunicaciones.

A continuación, quedó en claro que nada tuvo que ver la toma con la democracia. Fue acordada de madrugada y en otra universidad -sí, en la tolerante Universidad de Chile-, saltándose con leninista agilidad todas las instancias de representación: a la FEUC del NAU (triste papel), a los centros de alumnos y a los movimientos estudiantiles. Ya está bien: nunca, nunca más, que vengan estos sujetos (sujetas o sujetes) a invocar la democracia.

En tercer lugar, la toma que ha terminado el lunes a mediodía ha sido fuertemente contradicha por profesores y alumnos. En Derecho, decenas han dormido durante tres noches para resguardar su Facultad, ante una inminente agresión; en toda la Universidad, miles han firmado cartas de protesta por la violación de sus derechos. Se ha visto, por fin, un resurgimiento del sentido común y de la fortaleza que lo debe acompañar.

No es menor la convicción generalizada de que no estamos frente a un problema de relaciones entre mujeres y hombres, sino a una auténtica agresión ideológica de naturaleza contracultural impulsada por el Frente Amplio, en alianza con sectores liberales. El agresivo petitorio de quienes se tomaron la Casa Central así lo demuestra. Y a eso se suman las declaraciones de la diputada Orsini, tan elegante ella con su polera de encapuchadas-despechugadas.

También ha quedado como una verdad incontrastable que la autoridad de la Universidad Católica vive sus momentos más críticos desde 1967. El rector ha intentado, con inteligencia y energía, enfrentar una situación grave, pero somos muchos los que consideramos que al no pedir un desalojo inmediato, al anunciar que no habrá sumarios y al llegar a acuerdos con los violentistas en aspectos muy delicados, ha puesto en grave riesgo la vigencia del principio de autoridad en la universidad. Así se lo hemos manifestado.

Finalmente, se ha extendido la convicción de que el Gobierno no entiende nada de nada de lo que ya está en marcha, ni menos de lo que viene. No ha comprendido en lo más mínimo que estamos en un punto de quiebre en la cultura nacional -uno más- y que sumarse globalmente a las demandas feministas o resulta ingenuo o es abiertamente colaboracionista (sí, ese término que se usaba cuando se ayudaba a los nazis). De eso tendrán que dar cuenta Blume, Plá y Recabarren en estos temas específicos y en otros análogos.

Y una última lección: se ha abierto una gran oportunidad para la sensatez, porque estamos tocando fondo.

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