Lavín y la gente

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Gonzalo Rojas
Joaquín Lavín ha sido siempre hombre de ideas fuerza o, más bien, de ideas chispa.

Desde aquellos años en que alababa al gobierno del Presidente Pinochet difundiendo su “revolución silenciosa”, hasta el presente, cuando explica sus brigadas y sus albergues, gran parte de su gestión ha consistido en comunicar de modo creativo lo que hace. En sus iniciativas parece que hay originalidad, pero muchas veces, en realidad, solo hay chispeza (sic dixit Medel) en el modo en que las presenta ante la opinión pública. Cuando se analiza su actuación, siempre hay un objetivo: el intento de sintonizar con el ciudadano.

Sintonía: yo transmito lo que tú quieres oír. Sintonizar, ese ha sido el gran objetivo de Lavín a lo largo de su vida política. Por eso, no debe sorprender que haya formulado, pocos días atrás, esta máxima, que es, en realidad, un mínimo: “Gobernar hoy no es tomar medidas, es conversar con la gente”.

Suena lindo, ¿no?

Suena lindo, pero esa afirmación es una enorme falacia, es una de esas frases que buscan sintonía, pero que en realidad provocan un cortocircuito.

En efecto, oír a la gente está muy bien, pero lo primero que un verdadero líder debe decirles a las personas, con honradez, es que el político también tiene una preparación que lo habilita para contrastar lo que la gente pide con lo que él propone, con sus proyectos. Porque si Lavín solo quiere oír y nada tiene que decir, entonces dan lo mismo Lavín, y… Pérez y Soto y Rojas… Si un político no quiere tomar medidas, que jubile y se dedique a la pintura en el garaje de su casa.

Por otra parte, ¿existe algo así como “la gente”, un grupo cerrado y con opinión única? Obviamente no, por lo que caracterizarlo como un bloque compacto es simplemente un recurso comunicacional, algo que resulte agradable de oír a unos y a otros, pero que en la práctica es imposible de practicar, justamente porque unos y otros piensan de modos muy diferentes. Cualquiera que converse de verdad con las personas sabe que “la gente” son más bien unos tres o cuatro tipos de gentes distintos. Y, justamente por eso, cualquier político auténtico tendrá que decirles a unos lo que les gusta oír y, a otros, lo que les molesta escuchar.

Pero Lavín va incluso más allá. Cree que “la gente valora la moderación y la prudencia”. Perplejidad en el lector: o para Lavín los gravísimos índices de endeudamiento (nuevo máximo histórico en 2018, al representar el 73,3% de los ingresos disponibles en los hogares chilenos), las altas tasas de aceptación del divorcio y del aborto ilimitado, los crecientes índices de consumo de drogas, son señales de moderación y prudencia, o estas son materias que no importan para nada y, por lo tanto, la moderación y la prudencia se expresarían en otras dimensiones más importantes de la vida de los chilenos. ¿En cuáles?

A veces se dice “sospecho que lo que está detrás de…”. Pero en el caso de Joaquín Lavín, ya no hay sospechas que valgan. Su sinceridad, su transparencia son tales que solo cabe actuar sobre evidencias.

Y la evidencia son sus carencias. Su carencia de principios intransables, su alejamiento progresivo de los bienes fundamentales. Justamente, lo que más se echa de menos en Lavín es esa convicción que llevó a Vaclav Havel a afirmar que creía “tener una responsabilidad de trabajar por las cosas que considero buenas y correctas”. Por supuesto, cuando Lavín afirma que le ha tocado “cambiar con la sociedad”, sin que haga comentario alguno respecto de si esos cambios son para bien o para mal, solo está transmitiendo una idea, llena de chispeza y sin ninguna consistencia: siga favoreciéndome en las encuestas que yo no soy una amenaza para nadie. ¿Quién dijo que existen las cosas buenas y correctas?

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