Lagos, otra vez

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Alfredo Jocelyn-Holt

Historiador

Con Lagos es siempre un penúltimo bis. Desde el 2006 está tratando de “volver”, pero la sala no se viene abajo cuando lo aplauden. Típica suya, su más reciente aparición: cuando le responde a Mansuy que no es que se lave las manos de su versión 2005 de la Constitución del 80, hoy en veremos, sometida a plebiscito en abril (se supone), sino que cada día tiene su afán y él ahora está en franca campaña “humilde”, preocupado del futuro, no del pasado (dicho en “visita de Estado” al CEP, como en los viejos tiempos).

Para nada solo. Es que aparece Lagos y el infaltable coro nupcial hace su entrada. Alguien anuncia que es la hora de los acuerdos (lo del 15-N habiendo avanzado, ¿cuánto?). Salta el ex asesor cultural de su segundo piso para denunciar la autocomplacencia (la del gobierno de Piñera, ninguna antes). Se asoma un sociólogo ex Mapu que pretende calmarnos porque, según la bola de cristal de “la CEP”, el país estaría por reformas socialdemócratas, no una revolución. Otro “ex” de cuanto cargo de gobierno existe agrega que debemos unirnos para seguir en desacuerdo (¿aunque en una bolsa de gatos como la nuestra servirá la “amistad cívica”?). Por último, no falta el que nos recuerda las “bienaventuranzas” en son de prédica. En suma, se hace acompañar por una corte de sacristanes que le llevan el amén, presumiendo ser “moderados”.

Formidable estereofonía si no fuera que no se hacen cargo de lo que ellos mismos, en parte, produjeron. Al contrario, el 18-O los sorprende (nadie les advirtió). La democracia habría funcionado hasta Lagos y la Concertación, “luego se desvaneció”, fenómeno atmosférico, colérico, cosas que pasan. Lo siento, no convence ese cuento; el fracaso de Lagos y su gobierno es muy posible que generara los 20 últimos años. Tanto coqueteo entre ser y no ser de izquierda o de derecha, hace rato que dejó de fascinar. Armando Uribe ya mostró lo absurda y frívola que era “la medida de lo posible”. El concertacionismo consensuado se desfondó por una serie de razones, todas ellas registradas por escrito; si las personas dedicaran un poco de esfuerzo en ilustrarse, lo entenderían. Más aún, teniendo como telón de fondo lo que pasa en Chile, en que no cabe sino resistir a una banda de dementes que tiene fanatizado a este país.

Lagos representa a la típica autoridad hoy obsoleta, cuya orden del día es hacer creer que ésta sigue existiendo aun cuando emite señales cada vez más débiles de vida. Esta fórmula publicitaria funcionó por un tiempo (su gobierno, recordemos, casi no terminó). Con Bachelet que no era laguista y Piñera que es autista, la fórmula no solo no sirvió, capotó. Ubiquémonos, en contextos de evidente polarización se precisa convicción y firmeza. Lagos más que firme ha sido equilibrista, pragmático y acomodaticio, nada que resulte eficaz hoy día.

Lagos, otra vez

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