La izquierda en bancarrota

0 115

Uno de los problemas dignos de examinar que plantea la encuesta del CEP es la situación de la izquierda.

Hace poco menos de dos años, la Nueva Mayoría estaba en el gobierno y presumía haber llevado adelante un programa de transformación social que cambiaría la cultura pública de Chile. Si algún problema había, si algún tropiezo se preveía, si una dificultad se avizoraba, sería producto, decían algunos de sus miembros, de la timidez que le impedía moverse más a la izquierda.

Pero en un breve lapso —poco menos de dos años— la izquierda, la Nueva Mayoría, está a ras de suelo (y el Frente Amplio se empina apenas).

Es verdad que, según lo acredita la encuesta, casi dos tercios de los ciudadanos declara no poseer identidad política y también es cierto que el tercio restante que declara adhesión política se lo reparten por mitades la izquierda y la derecha. Pero cuando se mira la lista de los personajes mejor evaluados se descubre, con amarga sorpresa, que los primeros lugares de la lista están ocupados por políticos y políticas de derecha y encabezada por Lavín. Y cuando se repara en quiénes han mejorado su posición y quiénes la han empeorado, esa imagen es aún más sombría: mejoran personajes de derecha y decrecen los de izquierda. Es obvio que la evaluación positiva de un personaje no es lo mismo que adhesión política, pero es un indicador indirecto —una variable proxy diría un estadístico— de esta última.

Así las cosas, solo cabe preguntar qué pudo ocurrir para que la Nueva Mayoría, hasta ayer ocupada de la transformación estructural del país, deba ahora ocuparse de algo más modesto: su propia sobrevivencia.

Hay, desde luego —todo hay que decirlo—, un asunto de atributos. En política o se tiene talento o se tiene carisma o se tienen ambas cosas. Pero sin talento y sin carisma no hay caso.

Y en la Nueva Mayoría sobran los nombres de los hijos que traen resonancias brillantes a la memoria —Allende, Lagos— y otros que traen resonancias —Guillier—, pero no hay, o si los hay la timidez les obliga a ocultarlo, ni talento, ni carisma. Esta es una primera razón a la que podría llamársela el factor humano.

Pero es probable que no todo se reduzca a ese factor. Como casi todo en la condición humana, hay también un asunto intelectual.

La Nueva Mayoría elaboró un diagnóstico de la sociedad chilena, y sobre él un discurso que demostraba más apego a su propia identidad histórica o, por llamarla de algún modo, valórica, que a la realidad que tenía ante los ojos. Mientras la sociedad chilena se llenaba de grupos medios, poseídos por la confianza en sí mismos y anhelantes de diferencia, y cada vez más despreocupados de la política (algo que la encuesta del CEP confirma), algunos intelectuales de la Nueva Mayoría pensaron que era deseable politizar la vida y se dejaron llevar por lo que pudiera llamarse la concupiscencia de los conceptos: un concepto (desigualdad) llevaba rápidamente a otro (lucro) y este a otro (capitalismo) y así por delante hasta alejarse de las modestas orillas de la realidad cotidiana de esos miles y miles de chilenos y chilenas que no se reconocían en ese Chile al que se retrataba fracturado, amenazado por la pérdida de cohesión social.

Olvidó así la Nueva Mayoría que la política de veras no tiene por objeto salvar la identidad o los sueños redentores que cada militante lleva a cuestas en su imaginación, sino lograr que la realidad social se encamine tras los propios ideales. Pero para lograr eso hay que ser capaz de mirarla como es. Sin entender la realidad que se tiene ante los ojos —aunque no haya posibilidad de imaginar un papel heroico en ella—, no se puede actuar racional y eficientemente en política. Y esto es lo que ha ocurrido a la Nueva Mayoría y ocurrirá, si no reacciona, al Frente Amplio, que arriesga aburrir con esa adolescencia suya que ya se sostiene solo a punta de la ropa y de los gestos.

Una comparación con Lavín, el mejor evaluado, ayuda a entender las carencias de la izquierda.

Joaquín Lavín tiene una capacidad camaleónica de adoptarse a los tiempos. Alguien dirá que es un simulador y un embustero, pero eso sería no comprender la astucia secreta de la política: comprender el propio tiempo para así infectarlo con las propias convicciones. Porque no es que Lavín haya dejado de creer en lo que siempre ha creído; él cree lo mismo, sigue siendo conservador de misa diaria y sigue siendo de derecha (y aún ha de guardar como reliquia alguna foto junto a Pinochet), solo que es capaz de darse cuenta de que para que sus creencias y convicciones se expandan es imprescindible la mímesis, el esfuerzo por imitar los tiempos. Imitarlos no en el sentido de ser dócil a ellos, sino en el sentido de aceptar al sujeto que los tiempos han configurado, descubrir los ideales que hay en él y, a partir de allí, poco a poco, modificarlo.

Y es que el político quiere trasformar la realidad (si no, ¿por qué se habría dedicado a la política?), pero para lograr hacerlo debe, paradójicamente, comenzar por comprenderla y aceptarla. 

https://www.elmercurio.com/blogs/2019/06/16/70143/La-izquierda-en-bancarrota.aspx

Déjanos tu opinión

Leave A Reply

Your email address will not be published.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.