La historia es algo muy repentino

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Ascanio Cavallo

Periodista

La crisis de la izquierda cumple unos 20 años, si se cuenta desde el momento en que el sector hegemónico, el que estaba en la Concertación, empezó a dudar de sí mismo. En 1997, la Concertación perdió un millón de votos en las elecciones municipales, y desde entonces su flanco izquierdo no ha cesado de preguntarse por los motivos del malestar social, como si este fuese un fenómeno finito y se pudiera contener metiéndole rellenos a la pirámide de Maslow.
Es razonable presumir que el millón de votos no volvió nunca, pero después gobernaron Ricardo Lagos, Michelle Bachelet y de nuevo Bachelet, épocas de frondosas ocupaciones funcionarias que impidieron un debate profundo en esa izquierda. Más tarde, como se sabe, se abrió una nueva izquierda -el Frente Amplio- y el reciente anuncio del PC de que buscará una alianza por ahí convierte el cambio de hegemonía en un soplido en la nuca, un aliento que de repente puede cambiarlo todo.

Dos debates han quedado pendientes desde entonces. El primero: ¿La “renovación” socialista terminó? Esa intuición movilizada desde Europa por Carlos Altamirano significó dejar atrás los fardos del PS -los congresos de Chillán y La Serena, el predominio del ultrismo, el abandono de Allende- para recuperar el énfasis en la libertad y la democracia. Aunque no llegó a abjurar del marxismo, sí dejó atrás a Lenin. Sus modelos pasaron a ser las socialdemocracias europeas, no los “socialismos reales”.

La “renovación” dirigió al PS en todos los 90, pero en los 2000 fue desplazada por su principal adversario, la “nueva izquierda”, que contaba en sus filas con la figura desequilibrante de Michelle Bachelet. No es que la “nueva izquierda” quisiera borrar a la “renovación”. Simplemente, sus líderes pasaron a segunda línea y no hubo más discusión. Fue un enigmático fenómeno de evanescencia dentro del éter de los gobiernos.

El segundo debate inconcluso es: ¿Cuál es el modelo de sociedad que promueve esa izquierda con la experiencia histórica acumulada? Para muchos zurdos de corazón, la socialdemocracia ha sido siempre una idea intragable, condenada personalmente por Marx, pequeñoburguesa, opulenta, germánica. Peor todavía sus intentos de profundizarla: ¿Crecimiento antes que distribución? Ni a misa. Hay quienes sostienen, con total convicción, que la “tercera vía” de Tony Blair fue la variante “neoliberal” de la socialdemocracia, un insultillo que le cae como de refilón a Ricardo Lagos.

Pero hasta ahora nadie de ese grupo ha dado el paso de defender el modelo de la Unión Soviética, que es la alternativa de verdad. Por lo menos a estas alturas de la historia, ya no hay razones para creer que, después del Muro de Berlín, el comandante eterno fundó de veras una tercera alternativa, un “socialismo del siglo XXI”. Hasta los franceses dejaron de creerlo, después de que un candidato inflamado propuso integrar a París en el Alba.

Esa es la única diferencia intelectual entre los socialistas y el PC: los comunistas nunca han dejado de creer en el modelo soviético, cuyo derrumbe no atribuyen a una incapacidad de fondo, sino al triunfo de una gran conspiración capitalista. Gorbachov, que fue la esperanza de la renovación de la promesa comunista, es hoy el gran traidor que desarmó el andamio más sólido del planeta.

En esto no incurre nadie del PS, ni aun aquellos que se esfuerzan por diferenciar a los Castro, Chávez y Ortega. Pero hay una parte emocional en los socialistas que sigue creyendo -o que nunca dejó de creer- que solo el Estado, centralizado y planificador, puede enfrentar el malestar social y que para eso debe administrar todos los recursos que sea posible.

El jueves, el PS se sumó al acuerdo para la ley de pensiones, pero con la condición de que la cotización adicional pase por un órgano estatal, aunque los cotizantes paguen dos veces. La tesis del “estado de garantías”, que se parece a esto, es un subsidio de la utopía fallida. Es una parte que nunca ha dejado de desconfiar de la empresa privada, excepto si es pyme y siempre que no deje nunca de ser pyme (este retruécano pertenece a un socialista histórico, que, dicho sea de paso, son los que tienen el mejor humor cortopunzante).

El problema es que nada de esto ha sido debatido estructuralmente, sino solo a jirones. El gobierno de Lagos, ¿fue socialista? La mayoría del PS respondió de manera oblicua, rechazando que Lagos volviera a ser candidato en 2017.

¿Y el de Bachelet 1? ¿O el de Bachelet 2? Aquí las opiniones se dispersan, y entonces empieza a parecer que el llamado malestar social se confunde con el malestar socialista, la impotencia de interpretar lo que ha venido sucediendo en Chile en los últimos 30 años, y desde luego la dificultad de explicar por qué la derecha ha ganado dos veces el gobierno.

La situación actual del PS no nace primordialmente de estos debates pendientes -¿terminó la “renovación”, cuál es el modelo post soviético?-, pero no está del todo privada de ellos. Cualquier partido se enfanga en las rencillas personales cuando sus proyectos están asfixiados en un laberinto de palabras que suplanta a las ideas. El apoyo a la reforma de pensiones ¿es una inflexión o una excepción? El PS se llevó una paliza digital por parte del PC y el Frente Amplio, pero su verdadero objetivo es succionarlo hacia un polo de identidad izquierdista, y ahí se verá qué sigue después. El primer instante dramático de ese proceso no está muy lejano: el próximo año, las municipales.

Hace un tiempo ya tan remoto como 1946, George Orwell escribió que “deberíamos reconocer que el actual caos político guarda relación con la decadencia del lenguaje”. Se refería a decir sin decir, discutir sin discutir, no llamar las cosas por su nombre. A no entenderse ni dejar entender.

Columna de Ascanio Cavallo: La historia es algo muy repentino

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