La falacia de la violencia rural

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Cualquier persona que investigue con rigor el problema de la macrozona sur concluirá que ahí existe terrorismo y que ya dejó de ser exclusivamente rural. Como veremos en esta columna, los ataques se han desplazado hacia centros poblados y están comprometiendo la conectividad nacional en una extensión territorial de magnitud. Para llegar a estas conclusiones analicé 1.012 hechos de violencia ocurridos entre 2019 y 2022 consultando reportes de prensa, documentos de organismos públicos y el “Mapa de Conflicto de la Macrozona Sur”.

Partamos despejando el mito que asocia toda la violencia con robos de madera o tráfico de drogas. ¿Qué necesidad tendrían estos grupos de tomarse siete municipios y prenderle fuego a tres, como lo hicieron en Ercilla, Traiguén y Panguipulli? ¿Por qué querrían quemar diecinueve escuelas y diez iglesias católicas y evangélicas? Esto se parece mucho más una “actuación criminal de bandas organizadas que… pretende crear alarma social con fines políticos”, que es como la Real Academia Española define terrorismo.

De hecho, la existencia de bandas está acreditada por investigaciones judiciales y periodísticas y se habla de cinco organizaciones, además de la Coordinadora Arauco Malleco (CAM). ¿Persiguen un fin político? Héctor Llaitul lo dejó claro cuando llamó a una resistencia armada contra el Estado de Chile, y los hechos le dan la razón. Entre 2020 y 2022 se perpetraron 68 atentados contra infraestructura crítica que incluyeron el derribo de antenas de comunicaciones, el descarrilamiento de trenes en zonas urbanas y un intento por hacer volar el Viaducto del Malleco con una bomba que afortunadamente falló.

La frecuencia de los ataques ha comprometido la conectividad estratégica del país en un tramo de 180 kilómetros de la Panamericana Sur y en 130 kilómetros de la Ruta 160, que conecta el golfo de Arauco con los puertos e industrias del Gran Concepción. Existen otros 805 kilómetros donde la circulación es prácticamente imposible, como el “triángulo rojo” formado por los caminos que conectan Cañete, Tirúa y Traiguén. Si consideramos todas las vías afectadas, la red suma 2.600 kilómetros, lo que explica que la violencia se extienda entre la costa de Arauco y la cordillera de los Andes y los ríos Biobío y Toltén. Un cuadrante de 350 kilómetros de largo por 200 kilómetros de ancho.

¿Existe intención de generar terror? Sin lugar a dudas. Además de los atentados a escuelas o municipios, existen ataques selectivos a personas. Los agricultores Orwal Casanova y Joel Ovalle recibieron amenazas por liderar la oposición civil al terrorismo y terminaron asesinados. También sufrieron ataques personas de origen mapuche que dialogan con el Estado o trabajan con forestales. Al lonco José Cariqueo le mataron dos hijos y el trabajador César Millahual fue asesinado cuando se negó a abandonar su máquina en Cañete. Más recientemente trabajadores del contratista Santo Reinao fueron emboscados en Lumaco, donde perdió la vida Segundo Catril. Como si esto fuera poco, las bandas terroristas han quemado casas de carabineros, jueces, fiscales y del alcalde de Collipulli.

El 25% de los ataques se produjo en ciudades y pueblos, lo que eleva la población potencialmente afectada. La situación más compleja se vive en Victoria, Ercilla, Cañete y Collipulli, y en la periferia del Gran Temuco, que incluye Labranza, Nueva Imperial y Cajón, donde contabilicé 52 ataques. Los terroristas se han ensañado con pequeños pueblos como Quidico y Pidima, ejecutando 60 ataques que han dejado a cuatro personas fallecidas. Además liquidaron el turismo de los lagos Lleulleu y Lanalhue y ahora se desplazan peligrosamente hacia Villarrica y Calafquén.

¿Por qué un drama de tal magnitud no tiene la prioridad política que merece? Cuesta explicarlo, aunque no es algo nuevo en Chile. Antes vimos la misma indiferencia con el avance narco en las poblaciones, la destrucción de liceos o la masificación del comercio informal. ¿El factor común? Estos hechos ocurren fuera de las comunas donde viven las élites capitalinas que definen la agenda nacional, lo que ha permitido que sigamos hablando de “violencia rural” para referirnos a hechos brutales de terrorismo, que ya golpean ciudades y que tienen a un millón de chilenos en la más completa indefensión.

Iván Poduje

https://www.elmercurio.com/blogs/2022/06/02/98508/la-falacia-de-la-violencia.aspx

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