La eutanasia no es la única alternativa

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En la discusión sobre el proyecto de ley de la eutanasia hay un contexto médico epidemiológico que debemos considerar. Existe un aumento de la esperanza de vida en el mundo y, específicamente, en nuestro país (en 1970: 63,6 y en 2017: 79,7), y relacionado con esto, el aumento de la prevalencia de enfermedades crónicas, neuro-degenerativa y oncológicas.

Si en los años 60, las prioridades en salud pública eran la salud materna infantil, hoy, el gran desafío son estas patologías que se presentan con mayor frecuencia en personas de más de 65 años.

Hay también hoy un contexto socio cultural complejo y cambiante, marcado por el rápido avance de la ciencia-tecnología y las comunicaciones, así como por interrogantes sobre los valores que en este entorno puedan llevar a una vida floreciente y plena. Nos envuelve una cultura emergente en que se destacan los derechos de las personas, con una particular concepción de la autonomía.

Las relaciones de afecto, respeto, apoyo y protección, que se aprendían especialmente en la familia, tienden a desvanecerse; hay una tensión entre un individualismo extremo y una solidaridad universal. Especial relevancia tiene la realidad de las interrelaciones entre los seres humanos y el medio ambiente que hoy marcan nuestro desarrollo. El ser humano tiene la capacidad única de modificar estas relaciones para bien o para mal.

En este contexto podemos reflexionar sobre el tema de la eutanasia. Hay confusión en cuanto a su significado preciso. Se confunde, incluso, en el ámbito médico; una limitación moralmente válida de un tratamiento, con un acto de eutanasia.

Se confunde el no prolongar la vida a cualquier costo, con tratamientos que ya no son proporcionados para la realidad del paciente y su familia, con una acción en que la intención y el medio utilizado para ello son terminar con la vida del paciente, como sería una inyección de cloruro de potasio.

Otro error es creer que todavía hay dolores intratables para justificar la eutanasia; pero hoy, con el avance de la medicina, no se puede afirmar esto. Esta confusión puede inclinar a algunas personas a favorecer la eutanasia, en forma análoga a cuando se presentaba el aborto como una acción para salvar la vida de la madre.

Distinto al dolor físico es el sufrimiento de muchas personas que están solas, sin nadie que las acompañe, con una sensación de que nadie los valora, que no solo no pueden aportar a la sociedad, sino que son un peso para la sociedad y la familia.

Entonces, la tentación de que se termine con su vida es grande. En mi opinión y experiencia, aquí está el centro del problema. ¿Qué respuesta tiene la medicina y la sociedad?

Primero, medicina paliativa, la cual en nuestro país está muy poco desarrollada. Al respecto, un estudio en un hospicio holandés donde no se practicaba eutanasia, pero sí excelentes cuidados paliativos, mostró que, al ingreso, 25% de los pacientes querían eutanasia cuando el sufrimiento se hiciera insoportable. Sin embargo, en el curso de cuatro años, solo 2/571 pacientes (0,35%) persistieron en su requerimiento.

Segundo, en la sociedad es necesario un avance cultural en la solidaridad y generosidad con los que están en las situaciones vulnerables arriba mencionadas. Este es un desafío mayor. Porque es simple colocar una inyección mortal y terminar con el asunto; lo que es más difícil es comprometerse con los que están solos y faltos de cariño, respeto y estima… ¡Más difícil, pero más hermoso y esperanzador!

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