La derecha y la historia reciente

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Los aniversarios del plebiscito de 1988 y del golpe de Estado de 1973 expusieron una vez más la precariedad del relato histórico de la derecha chilena, un sector que no es capaz de ofrecer una explicación cabal desde su propia perspectiva acerca de los hechos ocurridos en el país durante el último medio siglo.

En materia histórica, en la derecha prima el sálvese quien pueda: una mayoría cada vez más numerosa arranca para no ser afectada por lo que ha llegado a ser la versión dominante de la historia reciente. Así, el travestismo histórico es la moda de hoy en el sector: parlamentarios, funcionarios de gobierno y dirigentes intentan, por ejemplo, convencernos de que en realidad ellos siempre estuvieron por el No, pese a que en 1988 parecían inconfundiblemente identificados con el Sí. Mientras, el Presidente Sebastián Piñera no pierde oportunidad para ensalzar la figura de Patricio Aylwin, quizás olvidando que en 1989 él fue jefe de campaña de Hernán Büchi.

Por supuesto que en política se puede cambiar de opinión. Pero antes del perdón deben venir la contrición y el examen de conciencia, que a menudo son dolorosos. Cuando, como en este caso, el cambio de postura es súbito y conveniente, uno puede sospechar que lo que prima en realidad es un oportunismo destinado a un reposicionamiento que busca de la ventaja coyuntural, ya sea para salir del paso y evitar preguntas incómodas o para atraer a sectores descolgados de la antigua Nueva Mayoría. En cualquier caso, se trata de un ejercicio de evasión –no de contrición— en el cual personeros de la derecha han ido más allá del revisionismo histórico creando una realidad paralela: pretende inventar un pasado que no fue.

El vacío histórico de la derecha no es casual. El sector que produjo historiadores de nota como Mario Góngora, Jaime Eyzaguirre o Gonzalo Vial ha abandonado el campo de la cultura y se ha concentrado en la economía. Antes los héroes intelectuales de la derecha eran los historiadores, pero desde hace un tiempo ya largo ese lugar lo ocupan los economistas. La derecha abandonó la disputa espiritual, abrazó un materialismo muy concreto y dejó el campo despejado al progresismo en diversas variantes, que ha sido muy activo para ocupar el espacio libre.

Lo que hay detrás es una doble actitud: por un lado, la indiferencia de quienes no logran entender que detrás de cada líder que se dice práctico hay un intelectual muerto; por otro, un gran temor a la búsqueda de definiciones y a dejar de manifiesto la falta de ideas de un sector que se ha concentrado por demasiado tiempo en la economía y dejó de lado la cultura.

Para comprobarlo basta entrar a una librería y consultar la sección de historia. Abundan allí los títulos de autores como Julio Pinto, Leonardo León o, principalmente, Gabriel Salazar, quien ha dejado por escrito su intención de “refundar desde sus raíces la historia de Chile”, pues ésta operaría “al servicio del oficialismo sistémico” y no para preservar y cultivar “el derecho y el poder históricos de las grandes masas ciudadanas”. O advertir que el principal intelectual público hoy en Chile es Carlos Peña, un liberal-progresista que ha confesado que “no hay nada que me provoque más placer que molestar a los grupos conservadores”. Lo paradójico no es ese deseo, sino que lo cumpla desde una tribuna que a menudo es descrita como el reducto tradicional de la derecha chilena: El Mercurio. Quizás no haya imagen más potente que esa para ilustrar la bancarrota intelectual del sector.

Las volteretas históricas que hemos presenciado en las últimas semanas son la última manifestación de un problema de fondo que se arrastra sin solución desde hace décadas. La derecha juega con la historia porque vive una crisis de identidad. En la administración anterior de Piñera se discutió mucho acerca del “relato”, sin que se llegara a alguna conclusión clara. Ahora, en cambio, ese debate ha sido postergado y se celebra la “diversidad” de la coalición de gobierno, donde conviven conservadores, liberales, socialcristianos y varios híbridos. Lo que hay detrás es una doble actitud: por un lado, la indiferencia de quienes no logran entender que detrás de cada líder que se dice práctico hay un intelectual muerto; por otro, un gran temor a la búsqueda de definiciones y a dejar de manifiesto la falta de ideas de un sector que se ha concentrado por demasiado tiempo en la economía y dejó de lado la cultura.

Aunque han surgido grupos e intelectuales de mayor o menor espesor intelectual que están conscientes del vacío cultural en el que se mueve la derecha y hacen aportes para dejarlo atrás, todavía no han conseguido calar con profundidad en la praxis política concreta de un sector que se muestra muy satisfecho con haber vuelto a La Moneda, pero que no parece tener claro qué hacer con el gobierno que legítimamente ganó en las urnas.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Líbero, www.ellibero.cl

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