La democracia en el laberinto

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Sergio Muñoz: “La Convención no es dueña del futuro, y es hora de que miles de voces lo hagan sentir. Eso implica apostar por la sensatez y contra el delirio. Tenemos que mejorar la democracia, no empujarla a la crisis”.

Hace 32 años, los chilenos iniciamos una etapa de superación de las dolorosas divisiones del pasado y de reorganización de la vida nacional en torno a los principios de la democracia representativa. Así, se abrió un período de estabilidad institucional que fue clave para que Chile progresara de un modo que es difícil comparar con otras etapas de su historia.

Nuestra democracia puede aprobar hoy cualquier evaluación internacional de solvencia. Las libertades fundamentales están garantizadas. La división de poderes es, pese a los conflictos, un principio central. Las elecciones libres y periódicas no han sufrido interrupción desde 1989. El pluralismo cultural, ideológico y político es un dato rotundo. No está en duda la libertad de culto. Ningún gobernante ha intentado cambiar las reglas para quedarse más tiempo en el cargo. La certeza jurídica le ha ganado a Chile un gran respeto en el mundo.

Todo lo conseguido no puede disociarse de las características específicas de la transición, cuyo punto de partida fue el plebiscito de octubre de 1988, efectuado en el marco de la Constitución del 80. Aunque dicho texto tenía el pecado de origen de haber surgido en las circunstancias de la falta de libertades, terminó siendo la base del pacto de pacificación y democratización que comprometió a las FF.AA. a y las principales fuerzas políticas.

En julio de 1989, otro plebiscito aprobó 54 reformas constitucionales, lo que permitió realizar las primeras elecciones presidencial y parlamentaria, en diciembre de ese año, con plenas garantías para todos. Entre 1990 y 2020, el Congreso aprobó 51 leyes de reforma al texto constitucional. Las enmiendas de mayor trascendencia se efectuaron en 2005, por iniciativa del presidente Lagos, quien dijo entonces: “Tenemos hoy, por fin, una Constitución democrática, acorde con el espíritu de Chile, del alma permanente de Chile”. ¿Qué faltó aquella vez? Un plebiscito, que seguramente habría ratificado lo resuelto por el Congreso, pero el Presidente carecía de facultades para convocarlo.

La experiencia demostró que la historia puede ser caprichosa, e incluso burlarse de quienes reclaman soluciones puras para problemas impuros. Avanzamos hacia la paz, la libertad y el derecho de un modo singular, cuyo mayor mérito fue evitar nuevos desgarramientos y neutralizar los riesgos de involución autoritaria. La vía de los avances graduales fue ampliamente fructífera.

¿Qué pasó, entonces, que nuestra democracia se disparó a los pies? ¿Por qué todo se volvió incierto? El origen fue la revuelta antidemocrática de 2019, frente a la cual muchos líderes políticos abdicaron de su responsabilidad. Quienes tenían razones para defender la acumulación de reformas, terminaron acumulando complejos y disculpas. Quienes querían seguir combatiendo contra el dictador muerto encontraron la bandera populista ideal. Y quienes observan la dirección de los vientos antes de actuar optaron por el acomodo. La violencia, la desidia y el oportunismo hicieron lo suyo.

Cuando el Congreso cedió su potestad constitucional a un segundo parlamento, abrió las compuertas al frenesí refundacional, ilustrado por los acuerdos de las comisiones de la Convención en las últimas semanas. ¿Hace falta demostrar hacia dónde van las cosas si hasta el principio de unidad de la nación chilena está en duda?

La Convención no es dueña del futuro, y es hora de que miles de voces lo hagan sentir. Eso implica apostar por la sensatez y contra el delirio. Tenemos que mejorar la democracia, no empujarla a la crisis. Necesitamos cambiar no pocas cosas, pero conservar muchas otras. Chile no necesita ser refundado. Incluso más: ¡no aceptará ser refundado!

Si el texto que proponga la Convención es rechazado en el plebiscito de salida, el país no quedará en tierra de nadie. Será el momento de que el Congreso recupere su potestad constitucional, además del autorrespeto. El nuevo Presidente, elegido de acuerdo con las normas del orden legal vigente, tiene la obligación de sostener el Estado de Derecho.

Sergio Muñoz Riveros

https://www.elmercurio.com/blogs/2022/02/05/95366/la-democracia-en-el-laberinto.aspx

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