La democracia disfuncional

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¿Dónde está la democracia modelo hoy? Ciertamente no en Estados Unidos, atrapado en una disputa cada vez más polarizada entre la gran ciudad cosmopolita-progresista y el campo provinciano-conservador; tampoco en Francia, consumida por el conflicto social y con un presidente que representa el ejemplo vivo de lo que ocurre cuando una promesa no llena las expectativas que creó. Menos en Gran Bretaña o España, cuyos liderazgos débiles y clases políticas fraccionadas tienen a sus respectivos países al borde del quiebre. Por supuesto, no en América Latina, donde una sola empresa inescrupulosa corrompió a presidentes, parlamentarios y autoridades de casi toda la región. Y tampoco en Chile, que pasó sin escalas de la “transición ejemplar” a la “nueva mediocridad” económica y la imposibilidad práctica de abordar reformas cruciales a raíz de la anulación mutua entre un gobierno y un Congreso de signos opuestos e impopulares.

Muchos hablan del daño institucional, de la pérdida de confianza, de crisis; denuncian el auge de movimientos y liderazgos populistas como si estos fueran causa y no consecuencia de un desgaste crónico. Son menos, sin embargo, los que reconocen al elefante en medio de la habitación: el problema es que la democracia como la conocemos no está siendo capaz de responder a los complejos desafíos de la sociedad actual.

La democracia está enferma: hay que reconocer que el cáncer hace metástasis en el corazón mismo del sistema. Que democracia y disfuncionalidad hoy parecen sinónimos.

Cada país enfrenta desafíos diferentes: separatismo, inmigración, estancamiento económico, polarización política, corrupción, desigualdad, delincuencia, violencia… Los problemas son distintos, pero el diagnóstico general resulta similar: una significativa mayoría de la población percibe con desencanto y crispación que las élites democráticas no se interesan por resolver problemas graves que se arrastran por décadas. Por todas partes, las democracias parecen estar en un punto muerto. Les resulta imposible desatar nudos ciegos que amenazan la convivencia y se multiplican.

El éxito de una democracia descansa, en última instancia, en las buenas intenciones de quienes la lideran. Cuando estas desaparecen y son ahogadas por los intereses particulares, la sobreideologización y la búsqueda de ventajas propias, el modelo naufraga junto con sus instituciones. Eso es lo que ha venido ocurriendo en Chile y el mundo democrático, donde la descomposición ética de las élites a cargo está provocando un descalabro mayúsculo que nos tiene cabreados a todos y genera cuestionamientos y reacciones adversas. Sin una renovación pronta, las democracias pasarán luego de la disfuncionalidad a la agonía.

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