Jugar a la guerra (II)

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Iván Poduje

Arquitecto y director Espacio Público

En este espacio lamenté la naturalización de la violencia en el Instituto Nacional (IN), y afirmé que escondía una gran paradoja, ya que se estaba destruyendo el mejor liceo de Chile a nombre de una educación pública de calidad y por políticos ABC1 que “jugaban a la guerra” con niños y apoderados de clase media.

Algo parecido ha ocurrido con la ola de violencia extrema que azota el país desde que se llamó a evadir masivamente el Metro, un acto que nunca fue pacífico, ya que partió golpeando a guardias y desencadenó la destrucción de una veintena de estaciones. Y tal como en el IN, los políticos que prendieron la mecha no sufren las consecuencias. Hoy teorizan sobre el malestar y celebran acuerdos desde barrios acomodados con salarios millonarios, mientras miles de chilenos deben caminar kilómetros para pillar una micro y perderán sus empleos por el saqueo y los incendios.

La destrucción del Metro es el atentado más grande contra la equidad territorial en la historia reciente, y todo a nombre de la “igualdad”, tal como ocurrió con las molotov que quemaron el IN. Una paradoja tan brutal, solo se explica por la desconexión entre la clase política que naturaliza la violencia y los sectores sociales que la sufren y que apoyaron el movimiento social por sus bajas pensiones y salarios, pero que hoy viven en barrios más pobres e inseguros.

Esta desconexión también aplica a periodistas y líderes de opinión. No pueden eludir su responsabilidad en naturalizar la violencia bajo el argumento de la “libertad de prensa”, cuando han celebrado, casi con emoción, que barras bravas hagan banderazos en la Plaza Baquedano e insisten en calificar de acciones “pacíficas” vándalos rayando monumentos, tirando peñascos a carabineros o interrumpiendo el tráfico de trabajadores, que son humillados obligándolos a bailar para no ser golpeados.

¿Quiénes ganan con este drama nacional? Las bandas de narcos, barras bravas y anarquistas que mandan en la calle, y que fueron “empoderadas” por una clase política irresponsable y oportunista, que vio en estos delincuentes, un atajo para impulsar cambios que fueron incapaces de generar desde las urnas.

Hoy se celebra un acuerdo político para diseñar una nueva Constitución que se haga cargo del Chile que emergió de la crisis. Pero este esfuerzo no servirá de nada sin una condena absoluta y sin matices contra la violencia que ha destruido centros y barrios en más de 15 ciudades del país.

Acá hay políticos del Partido Comunista y el Frente Amplio que le deben una disculpa al país y que no pueden seguir jugando a la guerra con los más pobres a nombre “de la equidad” como lo hicieron con el IN o la evasión masiva del Metro. Lo que está en juego es mucho más serio y puede generar un daño social irreversible para nuestro país.

Jugar a la guerra (II)

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