Herencia: factor de robustecimiento y continuidad familiar

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Para el perfeccionamiento de una sociedad, es necesario que sus miembros, bajo el influjo de la gracia divina y de la moral católica, unan sus cualidades personales a las dotes y caracteres recibidos por herencia

Pío XII define la herencia como “el paso a lo largo de una estirpe, perpetuándose de generación en generación, de un rico conjunto de bienes materiales y espirituales, la continuidad de un mismo tipo físico y moral que se conserva de padre a hijo, la tradición que a través de los siglos une a los miembros de una misma familia” (Alocución del 5 de enero de 1941).

Por lo tanto, la familia no es apenas un grupo de personas que está reunido en determinada época, pero que tiene una continuidad histórica, perpetuándose de padres a hijos. Es necesario que esa continuidad de la familia se manifieste y produzca sus efectos, no apenas en el espacio, sino también en el tiempo.

Pío XII también señala que esa herencia es algo grande y misterioso. Pero no por el hecho de ser misteriosa y compleja deja de existir. Es necesario tomarla en consideración, pues, de lo contrario ella se venga, por así decir, produciendo efectos nocivos y no los beneficios que normalmente debe originar.

Así, cuando una familia tiene una responsabilidad que debe desempeñar correctamente según las leyes de la herencia, y ella no toma debidamente en cuenta esas leyes, educando mal a sus hijos culpablemente, la propia herencia se venga, haciendo con que ciertas taras y ciertos vicios se vuelvan hereditarios. Dios retrae las gracias extraordinarias y exuberantes que a aquella familia le daría, en caso de que cumpliera bien su vocación, dejando que la herencia prolongue sus defectos.

Actualmente los gobiernos y la sociedad casi no toman en consideración la herencia. Así, el legado de los patrimonios está siendo cada vez más combatido. Esto se hace por medio de pesados impuestos a la transmisión de la propiedad, no sólo por herencia sino también entre personas vivas.

Por otra parte, Pío XII declara que de nada sirve combatir la transmisión de caracteres hereditarios de padre a hijo. Pues existe un legado de talentos, de índole personal, de aptitudes que se transmiten independientemente de la legislación civil.

Lo cual hace que, por ejemplo, una familia produzca una serie de diplomáticos, otra una serie de almirantes y otra una serie de administradores. Para una nación es un bien que exista un rico acervo de cualidades materiales y espirituales, de dones y talentos, que pueden pasar de padres a hijos, de generación en generación.

Esa fusión es un trabajo que la persona, bajo el soplo de la gracia de Dios y de la moral católica, realiza instintivamente muy bien, aumentando la riqueza espiritual y cultural de su familia. Pues quien hace esto como debe, transmite a sus hijos en grado mayor aquello que él mismo recibió de sus padres. Así es como una familia puede ir creciendo, a lo largo de los siglos, en virtudes y aptitudes naturales.

Cuando la institución de la familia anda mal, ello puede ser un factor de perdición para toda la sociedad. En una época en que las familias están profundamente impregnadas de espíritu revolucionario, cada generación transmite a la siguiente una carga revolucionaria aún mayor que la recibida, lo que convierte a la familia en un poderoso factor de progreso del mal. Y la familia se transforma en una esclava de la moda, obedeciendo a la tiranía de aquellos que la dictan.

Transmisión hereditaria de las cualidades y del mérito como patrimonio familiar

La transmisión hereditaria del estatus social a través de la familia es un hecho constatado y estudiado por muchos sociólogos.

Además del estatus, las cualidades también pueden ser transmitidas por la familia. Cada generación transmite a la siguiente sus propios valores morales y culturales, lo que convierte a cada una de las generaciones en apta para imponerse por su propia capacidad.

La transmisión hereditaria del mérito, no obstante, aunque está íntimamente relacionada con la de las cualidades, ha recibido escasa atención y a muchos les puede parecer extraña.

Para una mentalidad democrática, que sólo reconoce la recompensa debida al mérito personal, la transmisión hereditaria del mérito sería una de las grandes injusticias de un régimen aristocrático, en que muchos nacen ya en una situación ventajosa, o sea, con un estatus social y económico heredado de sus antepasados.

Sin embargo, si muchos niegan que el mérito pueda ser heredado, muchos también juzgan razonable que la gratitud pueda manifestarse, no apenas directamente en la persona del benefactor sino también en sus descendientes.

Así, cuando alguien recibe de otro un gran favor, puede retribuirlo a modo de beneficio al hijo del benefactor. Por ejemplo, si un hombre recibe de otro un auxilio para ayudarlo a salir de una situación difícil, una vez que ésta haya sido superada, el beneficiado puede perfectamente manifestar su gratitud en la persona del hijo del benefactor. Y nadie, o casi nadie, juzgaría extraña o injusta esta forma de manifestar la gratitud.

Por lo tanto, según el sentido común de todas las épocas, se puede retribuir en la persona del hijo una gratitud debida al padre.

Esto se debe al principio de que todo el patrimonio del padre es hereditario, incluso el patrimonio moral, o sea, la gratitud a la que tiene derecho debido a los favores y atenciones que hizo a diversas personas o al Estado.

El padre ama en el hijo lo que sería la proyección de su propia personalidad. De manera que él considera como un bien hecho a sí mismo el bien hecho al hijo. Así, manifestar la gratitud debida al padre en la persona del hijo es reconocer en éste un prolongamiento del padre, una continuidad hereditaria entre padre e hijo.

Esto que sucede entre dos personas, puede darse también entre un individuo y el Estado, siendo éste el beneficiario de la acción meritoria y aquél el benefactor. Por ejemplo, un padre que prestó insignes servicios a un rey, quedó como acreedor del afecto de ese rey, por lo tanto de un bien puramente moral, no cuantificable en términos materiales. Pero como quedó acreedor del afecto, lo quedó también del beneficio que el rey debe conceder a los hijos a falta del padre.

Debemos añadir que la legitimidad de que los descendientes sean acreedores del mérito o de la gratitud debida a sus antepasados es sancionada por el propio Dios, en diversos trechos de la Sagrada Escritura. Pues es sabido que muchas veces Él perdonó castigos o concedió favores al pueblo elegido, en atención a los méritos de sus grandes figuras, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y otros (cf. Ecli 44, 1, 13, 20-24).

Papas y santos constataron y ratificaron también la transmisión de los méritos y de las cualidades de los antepasados a sus descendientes. En sus alocuciones al Patriciado y a la Nobleza romana, o a la Guardia Noble Pontificia, más de una vez Pío XII se refiere a ello.

 

Fuente:

https://www.pliniocorreadeoliveira.info/ES_SD_921118_Herencia_fator_de_robustecimiento.htm#.W3GwBegzaUl

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