Expectativas de desarrollo

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Este gobierno de Sebastián Piñera ha sido hasta ahora muy bueno. Esto incluso lo reconoce una fracción de la oposición. En efecto, la administración ha aglutinado a sus partidarios, tiene control de la agenda, impone orden, busca el diálogo para resolver los problemas, es flexible para responder a nuevas circunstancias, y tiene capacidad de decisión.

No obstante, una buena parte de la población no está contenta con el comportamiento de la economía en general y con la generación de nuevos empleos en especial. El fenómeno tiene mucho que ver con expectativas, a veces exageradas y otras erradas.

Bajo el statu quo institucional, nuestro país debiera crecer en los próximos años a una tasa cercana al 4 por ciento anual, en un proceso de convergencia al PIB per cápita de los hoy países desarrollados. Sin embargo, la probable desaceleración de la economía mundial ha reducido de facto la tasa esperada de crecimiento de nuestro PIB a una cercana al 3,5 por ciento anual. A pesar de que ésta última duplica aquella de 2014-2017, es menor a la media mundial y a las expectativas generadas en la campaña presidencial.

Pero Chile puede crecer en el mediano plazo al 4 por ciento por año e incluso más, si es que a partir de ahora -en una actitud más proactiva- va adoptando las instituciones que lo hagan posible y cambien las expectativas correspondientes.

Al respecto, la mesa de trabajo sobre desarrollo integral -constituida por una veintena transversal de los mejores economistas del país- emitió recién un sabio informe en que lista medidas que, de implementarse, tendrían un gran impacto positivo sobre la economía chilena. No obstante, el informe no parece haber dejado mayor huella en las expectativas de crecimiento del país.

La explicación más probable es que los agentes juzgan que en general los cambios más significativos propuestos no se pueden, al menos por ahora y por motivos políticos, implementar tal cual se sugieren. En una economía como la chilena, que es relativamente eficiente, quizás convenga, en vez, enfatizar la apertura de nuevas posibilidades de inversión. Este tipo de acción, con menos implicancias redistributivas, desplaza igualmente la función de producción, y aumenta la productividad de los factores.

Nuevas oportunidades de inversión en energía eléctrica, telecomunicaciones, obras públicas (concesiones), educación, salud y pensiones, por mencionar sólo algunas, hechas posibles por cambios legales y reglamentarios ad hoc, cambiaron expectativas y jugaron un rol clave en el así llamado milagro económico chileno. ¿Por qué no intentar algo parecido en materia de agua de riego, transporte de bienes, y otros sectores relevantes por identificar?

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