Estallido y educación: mirada desde la escuela

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Ernesto Tironi B.

La relación que puede tener el estallido social de 2019 con el sistema educacional chileno, me parece a mí, es mucho más estrecha y profunda que lo observado hasta ahora. Aquí me limitaré a contarla desde la experiencia de múltiples colegios subvencionados en comunas vulnerables de Santiago, como Puente Alto, Quilicura, Maipú y varias otras. No hubo un caso, sino varios centenares que vivieron los avatares del Instituto Nacional en 2019.

 

¿Qué pasó? ¿Cómo llegó a pasar? ¿Qué cabe esperar para 2020 y después? Pocos parecen enterados de que la mayoría de los colegios públicos prácticamente no funcionaron desde mediados de octubre. Los no completamente en huelga, por el paro de profesores, pasaron operativos solo un par de horas al día, las veces que no tuvieron que cerrar. Abrían a su hora normal con entre el 40% y 60% de asistencia y mandaban los niños a la casa tipo 11:00 a 12:00 horas, para evitar tomas y otras amenazas. Solo se quedaban los estudiantes para el almuerzo de la Junaeb.

 

Los colegios fueron obligados a cerrar ya sea por tomas de sus propios alumnos, o por amenazas de tomárselos por parte de turbas de 200 a 300 estudiantes muy exaltados que se apostaron frente a las entradas de ellos y exigían que se dejara salir a los alumnos de media. Los directores debían obedecer ante el riesgo de que ingresaran al lugar destruyendo equipos, mobiliario o sufriendo incendios, como ocurrió en no pocos casos. El propósito de los manifestantes era múltiple. Principalmente mostrar su poder y además aumentar el contingente de estudiantes que se iban a realizar manifestaciones, cortar el tránsito, cerrar otro colegio, etcétera.

 

La mayoría de los directores de escuelas, sus colaboradores y docentes vivieron un tiempo de gran miedo. Se vieron completamente sobrepasados por la violencia. Día a día debían decidir si mejor cerrar o cuándo abrir de nuevo. Algunos clamaban al ministerio que les dejaran cerrar el año escolar para evitar males mayores.

 

Al final, la mayoría de los colegios públicos fueron salvados porque los apoderados decidieron defenderlos. A veces por madres con armas de fuego en las poblaciones más dominadas por el narcotráfico. Hacían turnos, incluso en la noche. Se comunicaban sobre movimientos sospechosos por WhatsApp o megáfono. Por eso, es probable que hubiera más destrucción en establecimientos donde los apoderados estaban divididos y se había perdido más el afecto por el colegio, como en el Instituto Nacional.

 

¿Qué impulsaría a tantos estudiantes a tan inusitada violencia? Quienes vivieron esta experiencia estiman difícil no pensar que detrás de esos actos, consciente o inconscientemente, estuvieron los padres y profesores de esos niños y niñas. No por la enseñanza de ideologías marxistas o eslóganes de la UP. Lo que esos niños han aprendido, quizás, es la emocionalidad de frustración y resentimiento atribuido “al sistema” que viven sus referentes adultos, tanto apoderados como profesores con quienes conviven. Y esto, expresado con los modos propios de la era de violencia en que nacieron y con la poca madurez emocional propia de sus edades de adelantada adolescencia. Los estudiantes más activos y violentos eran de 8º básico (14 años); los de 4º medio participaron mucho menos. Finalmente, habría fuertes indicios de coordinaciones muy efectivas entre estudiantes vía redes sociales, con indicios de participación de adultos en ellas.

 

¿Qué pasará en 2020 y qué hacer? Es un tema para otra ocasión. Aquí, un esbozo. Si las diversas manifestaciones continúan a nivel nacional, anticipo que los estudiantes escolares tendrán nuevamente un rol destacado. Pero no serían los iniciadores. Las escuelas y directivos pueden hacer mucho por encauzar mejor ese proceso si aprendieron de la experiencia de 2019.

 

Primero, que es más necesaria que nunca la cercanía con los estudiantes y el diálogo con ellos, a pesar de sus arrebatos, insolencias, irracionalidades y violencia. No cejar. Segundo, los directivos tendrían que enfrentar a los profesores que van a hacer proselitismo ideológico más que a ser formadores de jóvenes verdaderamente autónomos, libres y responsables. Sus estudiantes no son la vía por la cual expresar sus propias frustraciones con el sistema. Y tercero, redoblar la cercanía de escuelas con los apoderados. Son los que más podrían ayudar a salidas pacíficas y positivas.

 

Ernesto Tironi B.

https://www.elmercurio.com/blogs/2019/12/29/75126/Estallido-y-educacion-mirada-desde-la-escuela.aspx

 

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