Escucha, pueblo de Chile

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Pablo Ortúzar
Antropólogo social e investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES).

Hay pocas cosas más peligrosas que la gente convencida, al mismo tiempo, de que hay que hacer el bien, de que hacerlo es fácil y de que lo único que lo impide es el mal de otros.

A mediados del primer siglo de nuestra era, el pueblo judío se levantó en contra de los abusos de un gobernador romano. Había pasado antes, pero nunca con tanta fuerza. El emperador, Gessius Florus, era un inepto y un sanguinario. El malestar cundía y, en medio de las protestas, un aristocrático sacerdote del templo de Jerusalén –el lugar más sagrado, donde lo humano y lo divino se tocaban- decidió dejar de hacer ofrendas para rogar por el bien del emperador, como se acostumbraba desde la época de Julio César. Esto equivalía a una declaración de guerra.

El pueblo se arrojó a las calles y comenzaron los saqueos y la trifulca. El propio padre del sacerdote que dio inicio a la revuelta fue asesinado por la turba. Un destacamento romano cuyo cuartel se ubicaba a un lado del templo intentó contenerla, pero sin éxito. Terminaron encerrados en su propio fortín. Los soldados, al verse rodeados, negociaron su rendición. Se hicieron juramentos solemnes al respecto: debían dejar sus armas en el suelo y salir caminando en paz. Así lo hicieron, pero luego de deponer las armas y dar unos cuantos pasos, un grupo de zelotes, los extremistas de la época, se arrojaron sobre ellos y los masacraron.

Un par de años pasaron entre estos hechos y el desastre. Movimientos militares romanos, disturbios y cambios de emperador en Roma. Todo este tiempo Agripa II, el último heredero de Herodes “el grande”, trató de conversar con los grupos moderados –saduceos y fariseos- para evitar llegar a un punto sin retorno. El pueblo israelita, sin embargo, se sentía empoderado. Estaba seguro de que Dios, YHWH, estaba de su lado en esto. Habían sido capaces de repeler unos cuantos ataques romanos, y se sentían grandes, dignos, soberanos. No hubo caso con estas negociaciones de paz. La mayoría de los moderados tuvieron que dejar la ciudad.

Vespasiano, que se había hecho del poder recién en Roma, decidió que debía comenzar su régimen haciendo una muestra de poderío militar. Junto con su hijo Tito reunieron uno de los ejércitos más grandes que haya utilizado el imperio y lo dirigieron, arrasando con todo a su paso, hacia las puertas de Jerusalén. Agripa II envió a unos últimos emisarios buscando un acuerdo de paz. Fueron asesinados por la turba. Y comenzó el sitio de la ciudad.

La última imagen de Jerusalén con su templo en pie es descrita por Flavio Josefo en su libro “La guerra de los judíos”. Luego de semanas de sitio, la comida se había acabado en la ciudad hace rato. La gente comía pasto, cuero, cualquier cosa. Una madre fue descubierta cocinando y comiéndose a su hijo. Cuando los romanos entraron, una masa famélica los recibió. Pero esto no reblandeció el duro corazón pagano: comenzaron a masacrar y a incendiar todo lo que había. Al final, sólo quedaba el templo. Los últimos rebeldes zelotes, todavía convencidos de que Dios aparecería y arrasaría a los ejércitos de Roma, pidieron a los militares que los dejaran huir al desierto, para poder esperarlo. Fueron rápidamente pasados por la espada.

Entonces, algunos dicen que por error, el templo comenzó a arder. El templo donde una vez había estado el arca de la alianza. El espacio que era la sutura misma del pacto entre YHWH y el pueblo de Israel comenzó a quemarse. Lo que nos dice Josefo en este punto es escalofriante: mientras las llamas consumían la estructura, un grito cansado, constante y agónico comenzó a emerger desde las ruinas de la ciudad. Todos los moribundos famélicos que lograron notar lo que ocurría emitían un gemido agudo, que el historiador jamás pudo olvidar. En medio de ese gemido, el santuario de David y de Salomón, la magnífica obra de Herodes, se vino abajo.

Hay pocas cosas más peligrosas que la gente convencida, al mismo tiempo, de que hay que hacer el bien, de que hacerlo es fácil y de que lo único que lo impide es el mal de otros. La historia del fin de Jerusalén nos muestra cómo la incapacidad para buscar acuerdos e imponer la moderación, bajo el convencimiento de la justicia absoluta de la propia causa, puede terminar en desastres brutales. También nos muestra que los pueblos, bajo condiciones de angustia y rabia, pueden arrojarse por caminos suicidas, y por último, que a veces es el fanatismo de unos pocos el que termina haciendo que todo salga mal.

Chile se encuentra hoy, ahora, en este minuto, colocado en un tránsito histórico. Es el momento en que pueden imponerse las fuerzas de la moderación o bien podemos irnos por el despeñadero. Es el momento en que la violencia todavía puede ser detenida, el orden recuperado y puesta en marcha una agenda de transformaciones que nos convierta en un país mejor para todos. Pero esta ventana, este frágil puente, no durará para siempre. Si asesinamos a los últimos emisarios, lo que vendrá será la guerra, la destrucción y el hambre.

Lograr un acuerdo nacional está en manos de los políticos de todas las facciones que se han enfrentado duramente y sin misericordia durante todos los últimos años. La paz de nuestra patria está en sus manos. Cuánto me gustaría que el tiempo se detuviera y cada chileno –incluyendo a todos los políticos- fuera trasladado por un momento en el tiempo y el espacio hacia la ciudad sagrada de Jerusalén, a mediados del primer siglo de nuestra era. Para que viéramos a dónde conduce el fanatismo. Para que viéramos cómo trata Dios a los altaneros y orgullosos. Para que ese gemido agudo, emitido en sus últimos momentos por quienes habían creído estar tomando el cielo por asalto, quedara alojado para siempre en nuestros corazones.

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