Escándalo farisaico

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El Mercurio                                                            5 de agosto de 2020

“La mejor forma de que los padres asuman la coparentalidad y se hagan cargo de sus hijos es que vivan con ellos y su madre”.

Hernán Corral

“…sin perjuicio de las deudas originadas por obligaciones alimentarias”: esta es la frase de la reforma constitucional del retiro del 10% de los fondos previsionales, que puso al desnudo una realidad dramática: miles de mujeres con hijos bajo su cuidado cuyos padres no pagan pensiones de alimentos vieron aquí una oportunidad. Aumentaron exponencialmente las solicitudes de liquidación de deudas alimentarias y de retención del 10% de los deudores afiliados a AFP. El Poder Judicial tuvo que habilitar su sitio web para facilitar el trámite y establecer orientaciones para los jueces de familia. El Ministerio de Justicia envió un proyecto de ley para modificar la Ley de Tribunales de Familia y reforzar sus atribuciones para lograr esta retención.

Tememos, sin embargo, que el escándalo por el número de “papitos-corazón” que no pagan alimentos tiene ribetes de hipocresía farisaica.

Primero, porque era un secreto a voces la angustiosa realidad de estas madres que peregrinan por los tribunales para lograr que se les paguen alimentos a sus hijos. La Comisión de Familia del Colegio de Abogados ya en abril constataba que más del 60% de los alimentos estaban impagos y que la pandemia incrementaría esa cifra. Se sabe que todas las medidas que cada cierto tiempo se adoptan: retención del sueldo por el empleador o de la devolución de impuestos, suspensión de licencia de conducir, arresto nocturno, arraigo nacional, arresto total, etc., no consiguen aminorar la morosidad. El Gobierno presentó un proyecto de ley para que las deudas alimentarias ingresen al Boletín Comercial (Dicom), con lo que se mantiene la estrategia punitiva, que ha probado ser infructuosa.

Hay fariseísmo también en un segundo sentido: a través de leyes y otras formas de difusión cultural, hemos ido cultivando un individualismo anómico e irresponsable cuya principal víctima es la familia. ¿Por qué nos sorprendemos de que no se cumplan los deberes paternos si la constitución estable de la familia no solo no ha sido protegida, sino que ha sido tachada de retrógrada y opresiva?

A veces se hace mofa de que ninguna de estas leyes “anti familia”, comenzando por la de divorcio, trajo el desastre social que sus críticos vaticinaban. No se ve —o no se quiere ver— el panorama desolador de nuestra realidad familiar. Entre los países de la OCDE tenemos el dudoso honor de ser los primeros en porcentaje de niños que nacen fuera del matrimonio (75%); en América, ostentamos altísimos índices de escolares que consumen marihuana, cocaína y pasta base; cada vez hay más divorcios y violencia de género; más parejas que optan por no casarse o por “casarse” con derechos y sin deberes (acuerdo de unión civil). Ahora vemos la proliferación de hogares monoparentales dirigidos por mujeres sin padres presentes, y la consiguiente feminización de la pobreza.

Muchos tópicos del discurso posmoderno sobre la familia promueven su inestabilidad. La idea de que todas las formas de familia son iguales incentiva a que padres separados “rehagan su vida” con una nueva pareja, y engendren hijos con ella. Y, claro, un sueldo con suerte alcanza para financiar una familia, pero para ¿dos o tres?… Lo mismo sucede con la “voluntad procreativa” que pretende fundar la filiación en querer ser padre o madre: si un varón ya no quiere ser padre, ¿por qué se le impondrá pagar alimentos a hijos meramente biológicos?

Esta situación no cambiará aunque se presenten proyectos para hacer obligatorio el retiro del 10% o se diseñen nuevas medidas coercitivas contra los deudores. Hay que ir a las causas del problema e implementar políticas públicas de apoyo a la buena constitución del hogar, la estabilidad de las familias y la solidez de los compromisos conyugales, junto con la promoción de una cultura que valore los vínculos familiares, con sus deberes y responsabilidades.

La mejor forma de que los padres se hagan cargo de sus hijos, y asuman la coparentalidad, es que vivan con ellos y su madre. Si dejamos que el hogar se desintegre y que el conflicto llegue a tribunales, los niños quedarán sin alimentos y —lo que es peor— sin una figura paterna que les brinde contención y cariño.

https://www.elmercurio.com/blogs/2020/08/05/80870/Escandalo-farisaico.aspx

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